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Cómo no agobiarte cuando decepcionas

©Borysevych.com/Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 18/10/16

Lo único que me queda es ser feliz con mis límites

Siempre puedo hacer más de lo que hago. Lo sé. Puedo dar más, puedo cuidar a más personas. Puedo ser más generoso con lo mío y atender a todos los que llegan a mi puerta. Lo sé, pero no lo logro.

Sé también que siempre, haga lo que haga, habrá alguien insatisfecho junto a mí. Tal vez habré dejado de hacer algo importante o no habré llegado a la expectativa que alguien tenía con mi vida. Es la realidad. No puedo cambiarla.

Quizás puedo luchar por dar más. Exigirme más cada día y tratar de hacer más cosas. Puedo intentarlo. Lo sé. Me esfuerzo con la gracia de Dios. En la fuerza del Espíritu. Pero aun así siempre va a haber lagunas. Siempre omisiones. No podré hacer todo el bien que se puede hacer.

Por eso, lo único que me queda, es ser feliz con mis límites. Aceptarlos, quererlos, besarlos. Y ser feliz sabiendo que habrá personas descontentas conmigo, insatisfechas, molestas. No habré amado todo lo que puedo amar. No habré dado todo lo que puedo dar.

Es verdad que necesito encontrar personas que me muestren, en medio de mis límites, el respeto y la paciencia infinita de Dios.

Una persona hablaba así de su marido: Me empeño en esforzarme por hacerlo feliz y como no llego, me derrumbo. Sin embargo, él sigue ahí, aceptándolo todo, con paciencia, aguantando mis malos momentos y asumiendo que hay muchos planes que no podemos hacer. Insisto en que haga él mil cosas, pero no, se queda a mi lado. Es completamente reflejo del amor de Dios, porque no me abandona, me quiere siempre tal y como soy. A pesar de los momentos de desesperación, tira del carro. Supongo que desde arriba le tienen que estar dando paciencia, porque si no, no me lo explico”.

Así me mira Dios. Así me espera y aguarda. Con paciencia infinita. Necesito personas así en mi vida. Que no exijan. Que esperen y acepten mi vida como lo hace Dios. Así quiero ser también yo. No quiero dejar de amar nunca.

No quiero vivir exigiendo, pidiendo que me amen, que me den, que me cuiden. No quiero cansarme de amar nunca. Como decía san Juan de la Cruz: “El alma que anda el amor, ni cansa ni se cansa”. Si amo, si vivo en el amor, no me canso y no canso. Me gusta esa esperanza.

Quiero darme amando. Quiero amar sin pedir, sin esperar, sin buscar amor como contrapartida. Quiero dar al que no me pide. Quiero estar ahí aunque no me busquen. Y no quiero responder sólo por cansancio cuando alguien insiste y me pide sin descanso.

No me gusta imaginar un Dios que me atiende sólo por cansancio. Dios siempre supera, siempre desborda lo que sueño, lo que doy yo, lo que espero. Su medida es sin medida. Siempre da más. En Dios sólo hay máximos.

Dios regala gratis, sin contrapartida ni medida, más de lo que pido, más de lo que espero. ¿Cómo no va a hacer justicia Dios que me ama con ternura y me lleva en su mano? Me lleva en su corazón y sólo desea que sea feliz y pleno.

Pienso que la única forma de vivir es con generosidad, dando más, regalando sin medir cuánto me han dado, cuanto recibiré después. Siempre puedo dar más. Siempre puedo dar el primer paso en el amor aunque el otro no lo haya dado.

Dios es así, da el primer paso y no espera nada. Se conmueve al verme pobre, al verme pequeño, cuando le imploro. Entonces me lo da todo. Por eso sé que Dios no me da lo que le pido sólo para que lo deje tranquilo. No creo en ese Dios.

Y tampoco quiero yo atender a otros para que me dejen tranquilo. No quiero dar sólo para que no me pidan más. A veces lo hago. Doy por cansancio. Por rutina, por obligación. Me entrego para que no me molesten más. Escucho para que no me insistan.

Sé que Dios da por amor. Se parte por amor sin esperar nada. Sin recibir nada. Creo en mí mismo cuando me parto amando. Cuando no me canso de amar aunque no reciba nada en mi entrega.

Quiero vivir en amor para no cansar con mi vida, para no cansarme de dar hasta que duela. En eso consiste seguir el camino de Jesús. En eso consiste mi vida cuando quiere ser un pálido reflejo de la suya.

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