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Respetar atrae, ¡brilla y deja brillar!

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Nadie puede acabar con la libertad más honda que late en mi alma

¡Cuánto poder de atracción tiene el respeto en la vida! ¡Qué atractivas son las personas que respetan! ¡Qué atractivos esos lugares donde reina el respeto! Cuando hay respeto puedo ser yo mismo sin miedo a la imposición. Respetan mis decisiones aunque no las compartan. Me dejan ser como soy sin querer cambiarme.

El respeto salva mi libertad de decisión. Me deja espacio para ser yo mismo. No tengo que caber en un molde para que me acepten.

Pienso que Dios me mira con infinito respeto y me cuida pacientemente. Conoce mis límites. Y le conmueve mi deseo por llegar más lejos, más alto. Le gusta mi deseo de dar la vida. Me muestra el ideal que arde en mi alma. Y me anima a no dejar de luchar en la dirección que marcan mis sueños.

Pero respeta mis decisiones, mis tiempos, mis desvíos. Aguarda a la puerta de la casa esperando mi regreso cuando me he ido por el camino equivocado. Estoy llamado a ser una persona libre, autónoma, capaz de tomar su vida en mis manos y tomar decisiones en Dios.

El otro día leía: Al cuerpo se le puede encerrar, pero nada es capaz de destruir la libertad más profunda del hombre, la libertad del alma, como tampoco la libertad de la inteligencia y la voluntad. Estas son las facultades más excelentes y nobles del hombre, las que hacen que sea la clase de hombre que es, y nada las puede constreñir”[1].

Nadie puede acabar con la libertad más honda que late en mi alma. Podrán quitarme la libertad física, podrán atarme y forzarme a ir por un lugar. Pero seguiré siendo interiormente libre. De mí depende dejar de ser libre y pasar a ser esclavo. De mí y mis ataduras.

Quiero ser libre para educar hombres libres. Quiero ser libre para decidirme, libre para darme. Libre y no depender de lo que los demás esperan de mí.

El primer respeto que tengo que tener es hacia mí mismo. Quiero aprender a reconocer y respetar lo que grita en mi alma. Esa voz que quiere amar y ser amado. Quiero ser libre de tantas ataduras que me esclavizan. Quiero ser esclavo de Dios para ser libre ante los hombres.

El primer respeto es hacia mí mismo. No quiero atarme a los moldes que me imponen. No quiero vivir constreñido en unos límites que yo no deseo.

Quiero darme con libertad. Sin miedo al rechazo o al fracaso. Decir lo que pienso sin miedo a las reacciones. Escribir lo que sueño sin miedo a la desaprobación. Hacer lo que tiene que ver con la voz de mi corazón sin miedo a dejar de lado otras voces.

Lo sé, el mayor respeto es el de Dios hacia mí. Él me mira así, conmovido y se alegra. Me ve en mi pecado y espera. Ve la fuerza interior de mi alma y se emociona. Y me respeta con un amor infinito. Respeta mis decisiones, mi forma de amar y darme y no me deja nunca solo por los caminos.

Cuando descubro cómo me respeta Dios, comienzo a respetar así a los hombres, comienzo a respetarme a mí mismo en mi debilidad. Cuando descubro a Dios que me ama como soy, tal vez comienzo a amarme a mí mismo como soy sin querer ser otro, sin más pretensiones. Le pido a Dios ese respeto a mi vida. Ese respeto a la vida de los otros.

 

[1] Walter Ciszek, Caminando por valles oscuros.

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