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Ghana; el desafío de la Iglesia contra la explotación de la tierra

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El término en inglés que indica el fenómeno es «Land Grabbing». Literalmente significa acapararse la tierra y hacerlo con prepotencia rapaz. Explica con la acepción precisa un proyecto económico en rápido crecimiento en todo el mundo, especialmente en el continente africano (en donde más de 10 millones de hectáreas ya han sido compradas por inversores del Medio Oriente y de Europa), que pretende expropiar con el engaño y chantajes inmensas extensiones de terreno, cambiar radicalmente el tipo de cultivo y administrar la nueva producción con enormes ganancias. El resultado es un dramático empobrecimiento del terreno, la transformación del mercado de trabajo en detrimento de los campesinos y de los ganaderos y la creación de islas, dentro de los Estados, que, en la práctica, pertenecen a otras entidades.

Los protagonistas de esta nueva modalidad de colonialismo económico y de explotación de tierras públicas con ánimo de lucro privado, son las multinacionales (muchas son europeas) que se dirigen con mayor frecuencia a enormes zonas de países en vías de desarrollo para convencer con «bad contracts» de que les otorguen enormes cantidades de terrenos. En Ghana este fenómeno está asumiendo proporciones gigantescas y la Iglesia católica, mediante sus obispos, ha decidido tomar cartas en el asunto.

«Una grandísima porción de nuestros terrenos —explicó monseñor John Kwofie, obispo de Sekondi-Takoradi, la cuarta ciudad de Ghana y un importante centro económico del país— es regularmente expropiada desde hace años y los cultivos anteriores (principalmente alimenticios) ahora producen bio-carburantes. La tierra está sufriendo efectos devastadores, la población no produce la comida que necesitaría para su subsistencia y, además, pierde el trabajo o es contratada en sectores diferentes con contratos terribles».

En el documento «Desenmascarar al Land Grabbing en Ghana, retomar los niveles de subsistencia y favorecer los Objetivos de Desarrollo Sostenible», publicado a finales de agosto de este año por la Conferencia Episcopal de Ghana, la Caritas del país y otros organismos, se denuncia abiertamente el fenómeno y se identifican los mecanismos perversos que lo regulan. «La inadecuada gestión por parte de muchos políticos locales —indica— ha favorecido desta situación que corre el peligro de arruinar la biodiversidad y de obligar a enormes franjas de la población a migrar, además de crear graves daños ambientales y pisotear los derechos humanos fundamentales».

«Los empresarios occidentales — explica monseñor Kwofie— no tienen escrúpulos, nunca consultan a la población local antes de intervenir o, si lo hacen, les proponen contratos que tienen éxito debido a la buena fe de las personas, a las que compran con promesas falsas. Una vez tomada la tierra, se derriban los cultivos que desde siempre garantizaban por lo menos la autosuficiencia alimenticia y los campesinos se vuelven dependientes de los inversores extranjeros».

El informe fue presentado al gobierno nacional y a los gobiernos locales. Parece que el mundo político del país lo ha recibido positivamente. Desde Ghana podría comenzar un movimiento que, se espera, sea mucho más amplio y capaz de involucrar a cada vez más sujetos en África.

El fenómeno del Land Grabbing, de hecho, se está difundiendo como una mancha de aceite en el continente y, además de los daños que acarrea, está provocando conflictos entre las comunidades locales, cuyos espacios físicos se han ido reduciendo. Uno de los casos ejemplares es el que citó la Agencia vaticana Fides, retomando las palabras de Aniedi Okure, director ejecutivo de la Africa Faith and Justice Network. En una zona de la Sierra Leona la venta de terrenos dejó a las comunidades locales sin espacios para sepultar a sus muertos, por lo que tuvieron que invadir zonas de comunidades limítrofes que, evidentemente, reaccionaron con violencia desencadenando tensiones y enfrentamientos.

«Desde la publicación de la encíalica “Laudato si’” —concluyó Kwofie—, nosotros, los obispos, hemos percibido por una parte gran comprensión de nuestros problemas y, por otra, el impulso para actuar. Estaremos muy presentes en esta batalla por la justicia y trataremos de forzar al gobierno para que tome medidas lo antes posible: en algunas zonas del interior la tierra ya está irremediablemente destrozada, hay zonas, como en la región del Volta, en las que es imposible cultivar o producir comida. Quise dedicar el último sínodo de mi diócesis justamente a este problema, y dije con fuerza: “Despertemos y protejamos nuestra tierra”, y llamé a mis fieles a tomar una postura neta en contra de este horrible fenómeno».
 

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