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¿Por qué se avería todo de golpe? ¿Casualidad?

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La obsolescencia programada no es ética, va contra el medio ambiente... pero nadie protesta ante ella

Al cabo de unos años ¿qué hogar está exento de que sus electrodomésticos comiencen a encadenar averías que alteran la rutina y el presupuesto familiar? La terrible coincidencia violenta cualquier consideración atribuible a la casualidad y más cuando al compartir la experiencia con otras familias resulta misión imposible encontrar casos que refuten esa especie de maldición electrónica.

Ante la evidente significatividad estadística de que algo más allá del error azaroso está ocurriendo, brotan las inevitables teorías. Dejando de lado las absurdas posibilidades de poltergeist o conspiraciones de ondas electromagnéticas, se descubre que esos electrodomésticos, que un día fueron vendidos y adquiridos con su A+ de eficiencia energética, tienen fecha de caducidad prevista e inducida. Es la denominada obsolescencia programada.

Hemos aceptado como normal que una bombilla tenga una vida limitada y que debamos pagar una cuantía mayor por asegurarnos no solamente de su eficiencia energética sino de que dure unos pocos años más. Uno se pregunta si existe una tecnología suficiente como para evitar esa corta vida de las bombillas. La humanidad ha sido capaz de diseñar naves para enviar cohetes al espacio, alunizar, mantener estaciones espaciales y satélites ¿y no hemos resuelto algo tan simple como alargar la vida de una bombilla?

No sólo parece inverosímil, sino que además sabemos la respuesta. En la estación de bomberos de Livermore, Califorma desde 1901 sigue encendida la llamada bombilla centenaria. Más de un siglo de vida y ahí está. Por lo tanto, esas bombillas que cada poco hemos de ir cambiando están diseñadas para fallar, para dejar de funcionar en cierto momento. Y es que alargar la vida de una bombilla o de cualquier dispositivo, con la tecnología que disponemos, entraña un aumento de coste mínimo; pero el hecho de que el consumidor no necesite comprar el producto cada poco implica una pérdida de suculentos beneficios para los productores.

Que un ingeniero realice un diseño para que premeditadamente falle violenta cualquier código deontológico para ese campo, no obstante los importantes incentivos de la industria han permitido que esta práctica se considere como normal, y a día de hoy, prácticamente ni se cuestiona.

De hecho, la obsolescencia programada no es algo nuevo. Arranca en la primera mitad del siglo XX. Con el desarrollo de la producción en masa en Estados Unidos, siendo Ford uno de los iconos de la implementación de la Administración Científica del trabajo en las cadenas de montaje, la oferta de productos creció a ritmos impensables. No obstante, el ritmo de la demanda de consumo se contrajo de forma dramática tras el crack del 29, lo que generó grandes excesos de oferta para una demanda que iba a tardar demasiado en remontar.

En 1932, ante la desesperante situación económica, el agente inmobiliario Bernard London con su informe Ending the depression through planned obsolescence, buscó apoyos para impulsar una ley que obligara la reducción de forma intencionada de la vida útil de los productos duraderos. El debate fue muy intenso y no pocos ingenieros mostraron su indignación ética por lo que implicaba diseñar algo que deliberadamente fallase.

Al final, London no consiguió su objetivo pero la idea fue calando en la industria y en el pensamiento del momento. En 1940, la empresa química Dupont inventó y comercializó las medias de nylon irrompibles; al poco tiempo retiraba el producto para seguir produciendo medias rompibles que elevaban la frecuencia de compra de los consumidores.

En 1951, la película “El hombre del traje blanco” de Alexander Mackendrick llevaba a las pantallas este debate escenificando la amenaza económica a toda la sociedad que implicaba la invención de un traje blanco que nunca se manchaba. En 1952, el industrial Stevens Brooks bautizaba en una conferencia definitivamente la obsolescencia programada como normal e inevitable.

Desde entonces, hemos ido asumiendo que los productos van teniendo una vida limitada. Las impresoras dejan de ser operativas al cabo de cierto número de copias previamente programadas a pesar de que el desgaste no le impediría seguir funcionando.

Nos rodean dispositivos como los cepillos eléctricos cuyas baterías recargables integradas limitan su vida al número límite de recargas. Los secadores de pelo y otros electrodomésticos que se calientan disponen de sistemas de seguridad para evitar que se queme, pero los cables se desgastan haciéndolos inservibles al cabo de un tiempo.

Los dispositivos informáticos se quedan obsoletos además por los requerimientos crecientes de capacidad por sistemas operativos cada vez más exigentes aunque sus prestaciones no mejoren. Las lavadoras disponen de piezas que, pudiendo ser más resistentes, se hacen de materiales de corta vida y con un corto stock de repuestos, de tal forma que el coste de la futura reparación incentive a la compra de una nueva.

De igual forma, la vida de los automóviles se ha ido reduciendo de forma progresiva. Y todo esto lo hemos ido asumiendo sin rechistar y sin necesidad de una ley que lo haya impuesto. Bernard estaría orgulloso de nuestra actual docilidad y conformidad.

A diferencia de los infelices años 30, existe una conciencia ecológica con el medioambiente que desde la sociedad civil se ha ido desarrollando en las últimas décadas, además de una urgencia que es central en la encíclica Laudato si del Papa Francisco.

La cuestión es si, incluso habiendo vencido las reticencias éticas de su momento, la obsolescencia programada que genera tanta chatarra y tanta contaminación puede seguir teniendo sustento moral hoy en día en un mundo finito y herido medioambientalmente.

Es más, resulta tremendamente sorprendente e hipócrita que empresas supuestamente responsables con el medio ambiente disfruten de ese marketing y vendan eficiencia energética mientras perpetúan sus ventas imponiendo la obsolescencia programada como estrategia de producción.

De momento, Francia ya se ha organizado social y políticamente para luchar penalmente contra la obsolescencia programada. ¿Asumimos el reto y nuestra responsabilidad o seguiremos enviando chatarra a países del tercer mundo, camuflada como tecnología para el desarrollo, para seguir instalados en la pantomima de que respetamos el medioambiente? Corremos el peligro de que la obsolescencia programada se haya instalado en nuestras conciencias y cada poco tengamos que ir comprando una nueva, adormilada y acomodaticia.

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