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Bosque y montaña: Actúa y contempla, las dos cosas

Jeff Ashton-cc/Jabi Artaraz-cc

Carlos Padilla Esteban - publicado el 14/10/16

Soy yo cuando lucho y cuando miro

Hay veces en las que veo las cosas desde dentro. En presente. En el instante que vivo sin levantar la cabeza. Camino entre los árboles del bosque. Y me conmueve la intensidad de lo que vivo. Vivo cada segundo en profundidad. Cada minuto con toda el alma. Me ato a la vida que me rodea.

A veces me agobian tantos árboles, o no ver el final del bosque, o no lograr levantar la cabeza. Me agobia la ausencia de un espacio ancho, de una paz infinita, de una vida que no abarco. Y me abruman las sombras de los árboles, los ruidos del bosque que apenas distingo.

Sigo caminando como puedo. Paso a paso, día a día. Ya no recuerdo bien los árboles pasados. Ni guardo en la retina la forma de sus hojas. Tal vez mis ojos se han acostumbrado a un presente tan fútil que no lo guarda porque no puede guardar tantos instantes.

Hay momentos de ese viaje en los que temo y dudo. Es como si viviera solucionando enigmas en presente, de cara a un futuro incierto. Y me asusta desviarme de un camino marcado en el bosque donde las hojas caídas apenas me dejan ver.

Pero es verdad que no siempre vivo así mi vida. Hay momentos en los que me detengo en lo alto del monte. Subo hasta la cima. Escalo por las rocas. Voy dejando atrás los altos troncos, los arbustos cargados, las flores del camino. Y me afano en subir las rocas desnudas que me llevan a la cima. Allí donde los troncos no me quitan más la vista del horizonte.

Allí arriba todo es diferente. Puedo respirar con paz, con más calma. Se llena el alma. Observo la inmensidad del paisaje. Los bosques espesos que antes ignoraba. El horizonte tan vasto antes desconocido.

Es cierto que no alcanzo a ver con la vista la corteza del árbol, la vida entre sus ramas, las huellas de mis pasos. No logro ver lo que antes me era tan cercano. Aquello que vivía tan intensamente. Pero no importa. Desde arriba la vida tiene otra dimensión.

Los problemas antes tan grandes ahora son pequeños. En lo alto del monte lo miro todo con paz sentado en una roca. No tengo prisa. No hay más árboles que me urjan. No pasa el tiempo. Sólo el ruido suave del viento sobre las rocas se graba en mi pecho. La inmensidad de los bosques. Un cielo abierto lleno de estrellas. Desde el silencio de mi monte no me turbo. Cargo el alma de luz. Me lleno de esperanza.

Me gustan esos dos momentos que se alternan en mi vida. Vivo en presente con una intensidad que hasta a mí mismo me sorprende. Salgo de mi bosque para guardar una pausa. Contemplo. Miro. Espero. Percibo. Callo.

No lo sé, pero me gusta salirme de mi presente para ver mi vida, para descifrar la ruta que sigo. De dónde vengo. A dónde voy. Y también me gusta vivir intensamente mi presente en medio de la vida. Sin pausa. Con pocas palabras. En medio del bosque y en lo alto del monte.

En ambos momentos soy yo el que elijo la vida que vivo. No me angustia la precipitación de los árboles a medida que avanzo. No me desazona la vastedad del paisaje que logran ver mis ojos. Ni uno ni otro sólo. Más bien los dos me llenan.

Necesito pararme. Necesito vivir en presente. Necesito contemplar mis pasos. Necesito pisar con paso firme. En los dos momentos soy yo mismo. En los dos Dios me cuida. Lo sé. Nada temo. Va conmigo.

Me gusta la lucha de la vida. Me gusta la pausa para poder contemplar mi batalla. En los dos soy yo mismo elevando sobre mi cabeza el sueño que me despierta. Soy yo mismo cuando lucho y cuando miro. Cuando actúo y cuando callo. Cuando hablo y cuando rezo. Cuando me canso y cuando descanso. Hay tiempo para los dos.

Si en algún momento soy más bosque que montaña, me altero. Si de repente me repliego en las alturas, me seco. No lo sé. Necesito ambas vidas. Ambos momentos sagrados en los que lo mejor de mí mismo se hace vida. Necesito vivir en presente cuando me muevo. Cuando me detengo.

Leía el otro día sobre la contemplación: “Significa permanecer en el presente. Al pasado y al futuro nos podemos trasladar por medio de pensamientos y deseos. Lo que existe en este momento es el presente. El pasado fue. El futuro todavía no ha llegado. Ser realista significa permanecer en el presente. Dios es accesible a través del presente. Por eso la espiritualidad benedictina describe la meta del camino espiritual como un caminar en la presencia de Dios. Debemos aprender a vivir en el presente. El estar constantemente atentos al presente nos llevará a la presencia de Dios[1].

Quiero aprender a vivir así. Sin querer cambiar necesariamente todo lo que observo. Mirando, sólo percibiendo lo que mis ojos ven. Quiero vivir sin querer volver al lugar del que partí. Sin querer rehacer el camino recorrido, haya cometido o no algunos errores.

Quiero aprender a vivir en presente sin lamentar continuamente lo que no tengo. Lo que he perdido en las huellas del camino. Quiero vivir en presente sin angustiarme por lo que ha de venir, por la ruta aún no encontrada, por el camino desconocido que me turba.

Me asusta lo que pueda suceder. Temo el futuro. Me aferro al presente. Tal vez no sé proyectarme en el infinito. No sé cómo estaré dentro de diez, veinte años. Lo ignoro.

Me siento como ese niño aferrado a sus juguetes que teme no encontrar el camino correcto. Como si la vida dependiera de decisiones fundamentales que no me tomo el tiempo suficiente para tomar con calma. No quiero agobiarme. Quiero confiar más. Creer más. Camino confiado.

[1] Franz Jalics, Ejercicios de contemplación, 30

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