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La infidelidad no es un crimen sin víctimas

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Mis hijos perdieron no sólo a su padre con esta ofensa violenta, sino también a su madre

El mes que viene trae un doloroso aniversario. Una cálida y soleada mañana de noviembre hace cuatro años, mi marido William* y yo estábamos sentados en el patio de la cocina mirando unos catálogos. Le estaba mostrando una alfombra que me gustaría poner en la sala de estar cuando, de repente, me miró con una expresión de angustia. Sin previo aviso ni intento alguno de suavizar el golpe, me dijo que estaba teniendo una aventura con alguien… y que su amante se había quedado embarazada.

Gran parte de las conversaciones que tuvimos durante las primeras horas después de la confesión de William ahora están un poco desdibujadas; un caleidoscopio de lágrimas y conmoción, de ira y desesperación, pero hubo una frase que dijo que está grabada a fuego en mi memoria: “Ella no quiere ser una ‘destrozahogares’.

Cuando pronunció aquellas palabras sobre su amante, sentí cómo me hervía la sangre. Hablamos de una mujer que por entonces tenía 30 años, lo bastante adulta como para asumir la responsabilidad de sus acciones, y que empezó a intimar con un hombre que desde su primer encuentro reveló que estaba casado y que tenía dos hijos.

Una aventura ya habría sido suficiente devastación. Nunca sabré si William y yo habríamos podido recuperarnos de su infidelidad y rescatar nuestros 14 años de matrimonio, pero creo que podríamos haber tenido una oportunidad. Sin embargo, el embarazo eliminaba cualquier posibilidad de reconciliación y añadía una capa extra de agonía al ya abrumador dolor que experimentábamos mis hijos y yo.

De hecho, la palabra agonía no consigue aproximarse a la descripción de mi reacción ante la noticia, que empezó con incomprensión. Incomprensión porque mi marido pudiera traicionar a nuestros hijos y a mí de la peor forma posible, incomprensión porque pudiera concebir un hijo con su amante. Y con esto llegó un tipo de ira que nunca había sentido antes: una ira porque una mujer pudiera embarazarse de un hombre casado y luego declarar que no quería ser una destrozahogares.

La infidelidad ha llegado a considerarse como algo “ordinario”. Hemos visto mucha infidelidad en las noticias últimamente, desde la ruptura de Brangelina —una relación supuestamente forjada por encima del adulterio— hasta las recientes declaraciones del antiguo alcalde de Nueva York, Rudy Giuliani, de que “todo el mundo” comete infidelidades. Engañar al cónyuge ha sido redefinido como un hecho ordinario, un “síntoma” de un matrimonio fatigado, en lugar de la ofensa terrible y violenta que es.

No, Rudy, no todo el mundo comete infidelidades, pero en las últimas décadas el adulterio ha pasado de ser algo vergonzante a algo que hasta parece ser celebrado en los medios de comunicación. La pareja adúltera es retratada como unos amantes desafortunados que merecen ser felices, y con demasiada frecuencia el marido o la mujer víctima queda representada como alguien merecedora de semejante traición.

Según una investigación dirigida en 2015 por Associated Press y la revista especializada en terapia familiar Journal of Marital and Family Therapy, en el 41% de los matrimonios, un cónyuge o ambos admitieron haber sido infieles; de entre ellos, aproximadamente la mitad de los matrimonios terminan en divorcio.

El hecho de que la infidelidad esté tan extendida no debería hacerla “normal”, o lo que es peor, aceptable. El impacto que tienen sus efectos sobre la vida de los afectados, en especial los niños, no puede pasar desapercibido. A pesar del tiempo que ha pasado, mis propios hijos siguen sufriendo todos los días las consecuencias de las acciones de su padre. Su sentido de la confianza en sus padres quedó aniquilado en un instante y nunca podrán recuperarlo.

Mis dos hijos (mi hijo tenía 9 y mi hija 12) no sólo perdieron la seguridad de saber que su padre les pondría siempre a ellos primero, también perdieron a la madre que siempre habían conocido. Aunque traté de ser fuerte por ellos, y en el exterior parecía fuerte, me convertí en un zombi andante. En un tiempo en el que mis hijos más me necesitaban, me replegué dentro de mí misma. A duras penas podía funcionar y hacía uso de todas mis energías sólo para salir de la cama y vestirme; simplemente no tenía capacidad mental o emocional para nada más. 

Mis hijos se habían criado con una madre que adoraba preparar comidas familiares, llenar la cocina de galletas y pasteles caseros, coser disfraces de Halloween y, en general, disfrutar del matrimonio y la maternidad. Después de que mi marido me abandonara, todas esas actividades se convirtieron en dolorosos recordatorios de nuestra vida y felicidad anteriores, así que simplemente dejé de hacer todas esas cosas. La pizza se convirtió en nuestra comida habitual y a menudo los tres nos sentábamos a la mesa envueltos en un silencio hermético.

Me costaron dos atroces años el volver a la vida. Dos años en los que mis hijos, en particular mi hija, tuvieron que criarse y arreglárselas por sí mismos. Es una carga que llevo con vergüenza, y con ira también, porque esos años con mis hijos están perdidos para siempre.

Hay una frase que he escuchado a menudo en relación a mi situación, la de que los niños son resilientes. No le doy ni un ápice de crédito; creo que es algo que dicen los adultos para mitigar su culpa. Los adultos inventan muchas racionalizaciones para excusar un comportamiento que saben en su corazón que es incorrecto.

William ha quitado importancia a sus inadmisibles acciones hacia mí en muchas ocasiones diciendo que no tenía un matrimonio perfecto, y estoy segura de que la amante de William racionalizaba su comportamiento cuando se reafirmaba en que ella no quería ser una destrozahogares, mientras que simultáneamente tomaba decisiones conscientes que destrozaban nuestro hogar, mi matrimonio y la felicidad de mis hijos.

Mi dolor es menos agudo ahora y ha sido reemplazado por una aceptación anestésica y un cinismo en relación al amor y la fidelidad. Mi matrimonio terminó en divorcio y mis hijos ahora crecen en un hogar roto. Su padre viene a verles todos los fines de semana y estoy orgullosa del hecho de que nos tratemos en términos amistosos. A menudo salimos a comer todos juntos y me esfuerzo lo posible por fomentar en mis hijos un sentido de seguridad y de familia —aunque un tipo diferente de familia—.

Puede que un día encuentre de nuevo el amor, pero mis hijos cargarán para siempre con el peso de una familia hecha pedazos. Son las víctimas inocentes de dos adultos que actuaron con inaudito egoísmo y negligencia.

Y existe otra víctima más: la hija nacida de estas dos personas. Hace unos años mi hijo dijo que sentía pena por ella, y yo también.

Así que mientras los candidatos a la presidencia de Estados Unidos usan la infidelidad como un arma arrojadiza y mientras los columnistas sensacionalistas sopesan si Angelina Jolie “merece” ser retratada como una villana, aquellos que quedamos atrás sabemos que el adulterio es un acto con muchas víctimas.

En los primeros días de la revelación de William, escribí una carta a su amante advirtiéndola de que si él era capaz de traicionar a su esposa y a sus hijos, algún día la traicionaría a ella. El año pasado ella me escribió diciéndome que había descubierto que él la engañaba con otra. Me pregunto si la nueva mujer también sostiene que no quiere ser una destrozahogares.

*Nombres cambiados para proteger la intimidad.

 

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