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¿Existe alguna relación entre la humildad y la autoestima?

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La sana autoestima pasa por aceptar las propias carencias y limitaciones

Existe hoy en día una abundante oferta de libros de autoayuda y superación personal, autores que plantean el logro de la autoestima de muchas formas y a cualquier precio, con muy escasa o nula eficacia, pues la más de las veces, lo hacen a costa de la verdad de quienes los leen.

Sus propuestas se repiten siempre en una misma línea, tales como: “Lo principal es que seas tú, que te sientas bien contigo mismo, que te sientas libre, que alcances la felicidad, que logres el verdadero amor”; “eres formidable, genial, único, vales mucho aunque otros no se den cuenta o no lo reconozcan”, etc., etc. Todos parecen partir de la premisa: “Ante todo, siéntete siempre bien contigo mismo, nunca olvides, que hagas lo que hagas, eres una persona fabulosa”.

Quienes buscan con afán esas lecturas, deben de saber que en el fondo, uno de los problemas fundamentales consiste en no saber asumir, en disimular o no aceptar las propias carencias. Que lo verdaderamente útil seria reconocerlas y buscar los medios para solucionarlas, siendo ese el único camino seguro para la conquista de una verdadera autoestima, misma que debe fundarse en la consciencia de una profunda dignidad.

Aquí unas experiencias de vida en los que la humildad y la autoestima van de la mano:

  • Mis deseos de placer y confort, más de una vez han vencido mi voluntad. Cuantas veces por haber cedido a los apetitos de mis sentidos, he vivido el sabor amargo del deber de amor incumplido. Debo adquirir el temple de hacer siempre lo que debo por encima de lo que me place, de lo fácil, lo cómodo.
  • Puedo sentir en cualquier momento miedo, ira, envidia, resentimientos, culpa, preocupaciones… pero sentir no es consentir. En todo caso, si he obrado mal dejándome llevar por mis impulsos, me disculpare, pediré perdón y me levantare para ser cada vez un mejor don hacia los demás. No me derrumbare ni quedare desarmado ante mis propias emociones.
  • Mis ilusiones por lograr algunas cosas se truncaron, pero aprendí que el tener, el saber y el hacer, siendo algo bueno, no son esenciales para dar y recibir amor. Lo descubrí cuando viví la mayor quiebra de mi vida que me dejo a la vez la mayor ganancia, pues aprendí sobrellevar los desengaños.
  • Hubo un tiempo en que considere ser mejor de lo que realmente era y no me esforcé por reconocer y superar mis defectos y limitaciones; tampoco por desarrollar mis cualidades y conocer sus límites. Cuando la vida me golpeo pude poner los pies en la tierra y aprendí lo nocivo de la soberbia y la falsa autoestima.
  • Pensaba que ante todo que lo principal era ser reconocido por inteligente, simpático, apuesto, ecuánime, maduro… Perdí tiempo haciendo esfuerzos por tener una buena imagen y contar con una opinión ajena favorable, no me daba cuenta de que las personas suelen juzgar con criterios superficiales: que si somos de un modo o u otro, que si tenemos o sabemos, que si… Finalmente reconocí que solo las personas que nos conocen y nos quieren de verdad, se fijaran más en nuestras virtudes, que en lo que tenemos, sabemos o podemos.
  • Tener un auto, una casa o altos ingresos solo me hacían sentir orgulloso, si ese auto, esa casa y esos ingresos eran superiores a los de los demás. Cuando esto no sucedía, no tenía nada de que sentirme orgulloso. Llegue a considerar que yo era las cosas que tenía, aferrándome a ese orgullo que tanto estorba al amor, y, cuando me llego el momento de perderlo todo, no supe en mi interior, quien era realmente.   Fue así que las penas, el dolor y el duro fracaso me enseñaron a ser autentico, trasparente, sincero; aprendiendo a comunicarme realmente y a confiar en los demás para mejorar la calidad de mis amores.

Finalmente entendí la divina paradoja de que la verdadera riqueza está en la pobreza de espíritu, que consiste no en solo vivir desprendido de las cosas, sino en llegar a poner toda nuestra vida en las manos de Dios encontrando en ellas su verdadero sentido.

La autoestima se ubica en el ámbito de la psicología y hace referencia a un sentimiento positivo sobre uno mismo.

La humildad va más allá de un estado de ánimo, porque cimenta la consciencia de una dignidad en el ser. Se refiere por tanto a una profunda aceptación de la verdad interior, en lo bueno y en lo malo en cuanto que orienta el sentido final de nuestra vida.

La humildad por lo tanto, recuerda a la autoestima que debe estar ligada a la verdad.

Por Orfa Astorga de Lira, Máster en matrimonio y familia, Universidad de Navarra.

Escríbenos a: consultorio@aleteia.org

 

 

 

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