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El Niño Jesús de Praga no me era muy cercano, hasta que un día…

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Cómo un objeto de devoción religiosa se convierte en algo más

Como católico que escribe con frecuencia sobre arte, estoy muy familiarizado con imágenes sagradas que se han convertido en objetos de devoción popular. Un ejemplo famoso es el muy querido Niño Jesús de Praga, que llegó a Bohemia desde España en el siglo XVI.

Aunque siempre he conocido bien esta estatua, no fue hasta un momento de crisis en mi vida que conseguí apreciar de verdad al Niño de Praga como algo más que un objeto de devoción religiosa.

Hace unos cuantos años, un buen amigo mío fue a la República Checa de vacaciones y me trajo a la vuelta una figurita del Niño de Praga de la iglesia carmelita de Santa María de la Victoria, donde se conserva la imagen original.

Esta reproducción es bastante pequeña, de apenas 8 centímetros de alto, y está hecha de porcelana vidriada y dorada. Representa al Niño Jesús con vestiduras verde azuladas y con una corona que recuerda a una tiara papal.

Puse la figurita en el escritorio de mi trabajo, más por un sentimiento de aprecio hacia el regalo de un buen amigo que por un deseo de reflexionar con esta imagen del Cristo niño. Todo esto cambió en un día, durante un momento de crisis.

Por entonces tenía un trabajo en el que la situación estaba bastante deteriorada. El negocio había cambiado de maneras tales que ya no éramos apropiados el uno para el otro.

Yo ya había empezado con el proceso de búsqueda y entrevistas para un nuevo puesto, cuando supe, la mañana de un viernes, que el jefazo quería reunirse conmigo. Me recuerdo mirando a la diminuta figura del Niño de Praga sobre mi mesa y rezándole muy brevemente: “Bueno, Niño Jesús. Si hay alguna manera de que puedas facilitarme un aterrizaje suave, te lo agradecería mucho”.

Una hora más tarde estaba sin trabajo.

Mientras almorzaba con un amigo aquel mismo día, me sorprendió sentirme extrañamente calmado y despreocupado. Acababa de perder mi trabajo y no tenía ni idea de lo que iba a pasar a continuación.

Aun así, por alguna razón, estaba tremendamente contento con lo que había pasado, convencido de que todo iba a salir bien.

Unas horas más tarde, recibí un correo electrónico de una empresa que había escuchado que ahora estaba disponible, y me preguntaban si me interesaría ir a una entrevista el lunes. Así lo hice, y me contrataron al momento. Es difícil imaginar un aterrizaje más suave que este.

Desde entonces, siempre tengo un ojo puesto en el Niño de Praga, sea cual sea la iglesia a la que vaya.

Sin duda, sería fácil señalar otras causas para la ágil resolución de mi crisis. Se podría argumentar que me precedía mi reputación profesional, por ejemplo, o que yo ya estaba en modo búsqueda de trabajo y que los engranajes simplemente empezaron a funcionar en el momento preciso.

Como adulto juicioso y culto, no hay motivo que me llevara a pensar que una escultura del Renacimiento español del Niño Jesús vestido de rey podría tener algo que ver con mi bienestar temporal y espiritual.

Pero Él, que está representado en esa imagen, sin duda estuvo involucrado, y llegué a esta conclusión por dos razones:

Primera, aunque me encontraba sin lugar a dudas en una situación de adulto, busqué una solución infantil a mi problema. Cuando los niños se caen, se recuperan con relativa facilidad y al poco ya están correteando y jugando otra vez.

En mi caso, no pedí al Niño Jesús que evitara mi caída. En vez de eso, le pedí esa gracia infantil de una pronta recuperación tras la caída, que es precisamente lo que sucedió.

Segunda, recibí la gracia de poder mirar mi vida, en un momento de crisis, de la misma forma que un niño mira su vida, sin sentimientos de pánico, culpa o similares.

Los niños no pierden mucho tiempo dándole vueltas en la cabeza a las cosas malas que les han pasado. Más bien viven el aquí y el ahora, y cuando piensan en el futuro, normalmente lo hacen con cierto entusiasmo.

Después de recurrir al Niño de Praga, descubrí lo asombrosamente fácil que es alejarse del pasado, valorar el presente y esperar con alegría cualquier cosa que nos depare el futuro, justo como lo haría un niño.

Durante siglos, muchos cristianos han considerado al Niño de Praga “un niño pequeño [que] los guiará”, según decía el profeta Isaías. Ha sido adoptado como santo patrón de muchos temas y causas, como escuelas, misiones y vocaciones, y con muy buen motivo.

Aunque quizás la mejor razón de todas para recurrir a esta imagen del Niño Jesús es como recordatorio de pedir a Dios que nos conceda una fe más como la de un niño. Ya que, como Cristo en persona nos dice: “Les aseguro que a menos que ustedes cambien y se vuelvan como niños, no entrarán en el reino de los cielos” (Mateo 18:3).

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