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Cerrado hasta el anochecer. Oleg y las raras artes

Hilario J. Rodríguez - publicado el 10/10/16

Todavía queda un momento impredecible, una palabra impredecible, una acción impredecible...

Más allá de los clásicos, de Víctor Erice & Compañía, ahora mismo mis dos cineastas españoles favoritos son Sergio Oksman y Andrés Duque. Lo que me gusta de ellos, además de sus películas, es la arrebatadora necesidad de ir a Brasil y Venezuela -donde nacieron respectivamente- cada vez que veo una de sus películas, como si estuviesen dirigiendo mis pasos hacia el lugar adonde siempre he querido ir pero nunca he sabido encontrar, fuera del «laberinto español».

Trabajan a la manera de los detectives, persiguiendo sombras, conscientes de que a veces no conducen a ninguna certeza y sin embargo nos ponen en movimiento. Son capaces de conmoverme, provocándome extrañas sensaciones e invitándome a reflexionar, sin dejar por ello de invitarme a moverme, proponiendo insólitas asociaciones y dirigiendo mi atención hacia detalles que descomponen la totalidad de las imágenes, quizás para recordarme que cuanto vemos, entendemos o sentimos es tan sólo una pequeña partícula de algo inabarcable porque siempre hay puntos ciegos adonde el ojo no llega y adonde sólo podemos acercarnos si ponemos en funcionamiento nuestros restantes sentidos.

No son simples cineastas, son más bien tigres capaces de oler sus presas y acercarse a ellas aunque al final prefieran no devorarlas pese a sus atractivos, dejándolas ser, en su indefinición, en su extravagancia, en su lejanía…

Ahí se acaban los lazos comunes entre estos dos colosos, porque Sergio Oksman es más asociativo y Andrés Duque más instintivo. El uno prosista y el otro poeta. Dos cineastas con objetivos muy claros y metodologías muy difusas, cuyas películas se escapan a nuestra capacidad intelectiva, para instalarse en una zona menos domesticada donde no resulta fácil tener certezas, más allá de la fascinación, el tedio o el rechazo.

Por supuesto, podemos quedarnos simplemente con las imágenes, su ensamblaje, y decidir si colocar su gramática creativa en nuestro canon o no, aunque eso sería un triste regreso a las viejas cuestiones sobre qué es o qué dice el cine, en lugar de intentar explicarnos qué hace, como sugería Susan Sontag en Contra la interpretación cuando defendía una «erótica del arte» frente a la hermenéutica tradicional.

No se trata, por tanto, de encontrar efectos estéticos sino de estudiar el carácter instigador de las imágenes. ¿Por qué, sin ir más lejos, Oleg y las malas artes me obliga a buscar entrevistas con Andrés Duque, a escuchar unas cuantas melodías del compositor ruso Oleg Karavaychuk o a revisar algunas películas de la portentosa Kira Muratova?

¿Por qué no me conformo con los 70 minutos de metraje y en lugar de eso pretendo prolongarlos, dando a entender que quizás la película me resulta incompleta (cuando no es así y lo único que sucede es que soy yo quien se siente incompleto para poder disfrutarla en toda su complejidad)?

Andrés Duque descubrió a Oleg Karavaychuk a través de Kira Muratova, para quien compuso la banda sonora de sus dos primeras películas: Breves encuentros (Korotkie ustrechi, 1967) y Los largos adioses (Dólgie próvody,1971).

Muratova nació en una zona que antiguamente pertenecía a Rumanía, vivió casi toda su vida en Odessa, una ciudad ucraniana, y, sin embargo, se la considera una cineasta eminentemente rusa, que durante un tiempo residió en Estados Unidos. A diferencia de Andrei Tarkovski o Larissa Shepitko, ella eligió desde el principio de su carrera la crueldad antes que la delicadeza, la fealdad antes que la belleza, la energía antes que la demora, lo humano antes que lo divino, lo absurdo antes que lo racional, la prosa antes que la poesía…

Algo así le sirvió de poco en sus relaciones con el poder, aterrorizado por su fiereza. Lo que ella pretendía era liberarse de la asfixiante fidelidad y del miedo que coagulaban la cultura rusa. A pesar de eso, no quería optar por la vía de la abstracción, como la que siguieron otros directores con excesiva frecuencia.

Cada una de sus elecciones formales (cortes abruptos en la secuenciación, falta de sincronía entre las imágenes y el sonido, escenarios naturales, primeros planos bastante agresivos o inestabilidad en muchas tomas) tenía como objetivo reflejar el estado emocional de sus personajes, su deriva, su rabia, su impotencia…

Lo cierto es que el carácter de los cineastas rusos siempre ha estado abierto a posturas muy extremas, fruto de profundas diferencias sociales y culturales, además de la enorme indeterminación de aquello que abarca la palabra ruso.

Pero nada de todo eso llamó demasiado la atención de Andrés Duque, que en una brillante conversación con Manu Yáñez[1] recuerda cómo a Muratova la apartaron de la dirección tras su segunda película y en adelante trabajó de jardinera.

La observación podría parecer frívola si no fuese porque en ella se encuentra buena parte de la poética de Duque, a quien le intriga que una cineasta de mirada rebelde pudiera mostrar al mismo tiempo el extremo cuidado de alguien al cuidado de flores y plantas. Ojos furiosos y manos delicadas. Unas manos que bien podrían ser las de un pianista ruso aún desconocido pero capaz de instalar en el cerebro una melodía mucho más minimalista que las de los compositores oficiales, tipo Serguéi Prokófiev, y hacer con ella que una película resonara por encima o por debajo de las imágenes, desviándolas de sí mismas, de su apariencia inmediata.

Y entonces apareció Oleg Karavaychuk. Fue viendo un vídeo en youtube[2]: un pianista tocaba con la funda de un cojín cubriéndole la cabeza, improvisando mientras sus ojos se cerraban al mundo, al presente, y se abrían a otras cosas.

Es difícil saber cuál fue la secuencia a continuación, si Duque sintió al verlo que era alguien dando un salto imprescindible para expresarse desde ese punto en el que el arte se aleja de lo inmediato y nos proyecta más allá, a veces atravesando la línea de demarcación entre la cordura y la locura, entre el talento y el genio; o si se vio movido por la curiosidad y descubrió que detrás de aquel encapuchado estaba el compositor de las bandas sonoras de las primeras películas de Kira Muratova.

Da igual. Lo importante es que estaba ante alguien muy cercano al Ivan Zulueta de Iván Z (2004) o a la Rosemarie de Paralelo 10 (2005), personas a las que «sería muy triste tildar de yonquis o locas sólo porque han dado un salto que tiene que ver con la libertad, con un deseo de no rendir cuentas con nadie y sentirse artista de forma plena. Eso te puede llevar a una cierta marginación, a ser tildado de loco, pero hay algo muy bello en eso, la valentía de no venderse, de no atender a modas, de no atender al dinero. Es un deseo de creatividad incorruptible».

No soy de los que creen que la locura, la adicción o la esquizofrenia siga un único patrón de comportamiento y, por lo tanto, tampoco soy de los que sólo conciben una manera para poder filmarlas. Se puede rodar cámara en mano, dejándose contagiar por el comportamiento convulsivo de quienes las sufren, y se puede simplemente contemplar ese comportamiento sin dejarse arrastrar por él.

Vaya por delante, la primera opción me parece más efectista desde un punto de vista formal y menos fiable conceptualmente (porque una metodología confusa no creo que sea la mejor opción para describir a una persona confusa).

La alternativa más feliz, desde mi punto de vista, sería algo muy parecido a lo que planteó Andrés Duque en Paralelo 10, donde siguió los movimientos de una esquizofrénica que todos los días va a la misma intersección de calles en Barcelona para realizar un ritual que consiste en desplegar sobre el suelo una serie de reglas y escuadras, que no sólo buscan una simetría entre el país de origen de la mujer, que es Filipinas (por donde pasa el Paralelo 10), y ese rincón de la Ciudad Condal (en el que confluyen la calle Entença con la avenida Parallel); sino que además sirven para establecer un portentosa propuesta: describir el comportamiento científico y riguroso de un esquizofrénico, cuyo sentido de esa manera se vuelve menos críptico.

En el suelo se despliega la palabra «MAP», aunque ese «mapa» que parece mostrar la película podría entenderse al mismo tiempo como una especie de diálogo, con el sol o las estrellas, eso poco importa; lo importante es que de algún modo ese diálogo es una forma de reconciliación de alguien «particular» con el mundo.

Visto de esa manera, podríamos decir que la obra de Andrés Duque es una especie de reconciliación del mundo (o del cine) con la locura, la adicción o la esquizofrenia, con cualquier forma de disidencia o introversión, a las que él invita a hablarnos aunque lo hagan utilizando un lenguaje secreto e ininteligible a veces.

Es algo en apariencia fácil, sobre todo cuando lo vemos con la tremenda naturalidad con que lo filma, sin importarle si capta imágenes bellas o no (utilizando un teléfono móvil si es necesario, como en un momento de Oleg y las malas artes). Sin embargo, es algo tremendamente difícil porque antes de esa «naturalidad» es preciso vencer la resistencia de aquellos a quienes se filma, conscientes de su naturaleza anómala, de su extravagante apariencia y el impenetrable monólogo con el que se relacionan con la realidad.

¡Resultaría tan fácil hacer una parodia a partir de ellos, presentarlos como lo que los define desde un punto de vista social: locos, drogadictos, esquizofrénicos, en lugar de presentarlo como lo que podría definirlos el arte cuando se busca la pureza y la libertad absolutas!

Oleg y las malas artes es el resumen del acercamiento al compositor Oleg Karavaychuk, de la tenacidad de un cineasta inmune al desaliento, alguien que primero debe aprender a hablar el íntimo lenguaje de seres disociados de la realidad y, pese a ello, conectados con el mundo a través de sus obras o sus gestos, para luego dejarlos que recuperen ante una cámara mientras los filma la sensación de no estar siendo juzgados sino más bien observados, con ojos fieros y manos delicadas[3].

[1] http://europa.otroscines.com/andres-duque-oleg-karavaychuk-es-alguien-que-me-reconcilia-con-el-mundo/

[2]

https://www.youtube.com/watch?v=a-0LjmJNiWs

[3] Si alguien quiere saber algo sobre Serguéi Karavaychuk, le aconsejo que eche un vistazo a este enlace, donde se dicen muchas cosas interesantes sobre él, que en la película se omiten porque no es un biopic al uso: https://es.wikipedia.org/wiki/Oleg_Karavaichuk

Y por si alguien quería leer una crítica al uso y saber mi opinión sobre Oleg y las malas artes, si me gusta más o menos, si en ella hay travellings morales, si trasciende los anteriores trabajos de Andrés Duque o si se perciben claras referencias intertextuales, lo único que puedo decir al respecto es que ahora mismo vivo en la película (que me parece colosal, C-O-L-O-S-A-L), que he descubierto gracias a ella que Andrés Duque viene de una familia con varios casos de esquizofrenia (que quizás le inviten a interesarse en el tema como si fuera parte de su herencia genética y artística), y que me gusta mucho cómo Manu Yáñez conduce un diálogo con un cineasta, a quien invita a abrirse ante una de sus películas, dejando no obstante que mantenga intactos sus misterios.

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