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Cerrado hasta el anochecer. Oleg y las raras artes

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Todavía queda un momento impredecible, una palabra impredecible, una acción impredecible...

Más allá de los clásicos, de Víctor Erice & Compañía, ahora mismo mis dos cineastas españoles favoritos son Sergio Oksman y Andrés Duque. Lo que me gusta de ellos, además de sus películas, es la arrebatadora necesidad de ir a Brasil y Venezuela -donde nacieron respectivamente- cada vez que veo una de sus películas, como si estuviesen dirigiendo mis pasos hacia el lugar adonde siempre he querido ir pero nunca he sabido encontrar, fuera del “laberinto español”.

Trabajan a la manera de los detectives, persiguiendo sombras, conscientes de que a veces no conducen a ninguna certeza y sin embargo nos ponen en movimiento. Son capaces de conmoverme, provocándome extrañas sensaciones e invitándome a reflexionar, sin dejar por ello de invitarme a moverme, proponiendo insólitas asociaciones y dirigiendo mi atención hacia detalles que descomponen la totalidad de las imágenes, quizás para recordarme que cuanto vemos, entendemos o sentimos es tan sólo una pequeña partícula de algo inabarcable porque siempre hay puntos ciegos adonde el ojo no llega y adonde sólo podemos acercarnos si ponemos en funcionamiento nuestros restantes sentidos.

No son simples cineastas, son más bien tigres capaces de oler sus presas y acercarse a ellas aunque al final prefieran no devorarlas pese a sus atractivos, dejándolas ser, en su indefinición, en su extravagancia, en su lejanía…

Ahí se acaban los lazos comunes entre estos dos colosos, porque Sergio Oksman es más asociativo y Andrés Duque más instintivo. El uno prosista y el otro poeta. Dos cineastas con objetivos muy claros y metodologías muy difusas, cuyas películas se escapan a nuestra capacidad intelectiva, para instalarse en una zona menos domesticada donde no resulta fácil tener certezas, más allá de la fascinación, el tedio o el rechazo.

Por supuesto, podemos quedarnos simplemente con las imágenes, su ensamblaje, y decidir si colocar su gramática creativa en nuestro canon o no, aunque eso sería un triste regreso a las viejas cuestiones sobre qué es o qué dice el cine, en lugar de intentar explicarnos qué hace, como sugería Susan Sontag en Contra la interpretación cuando defendía una “erótica del arte” frente a la hermenéutica tradicional.

No se trata, por tanto, de encontrar efectos estéticos sino de estudiar el carácter instigador de las imágenes. ¿Por qué, sin ir más lejos, Oleg y las malas artes me obliga a buscar entrevistas con Andrés Duque, a escuchar unas cuantas melodías del compositor ruso Oleg Karavaychuk o a revisar algunas películas de la portentosa Kira Muratova?

¿Por qué no me conformo con los 70 minutos de metraje y en lugar de eso pretendo prolongarlos, dando a entender que quizás la película me resulta incompleta (cuando no es así y lo único que sucede es que soy yo quien se siente incompleto para poder disfrutarla en toda su complejidad)?

Andrés Duque descubrió a Oleg Karavaychuk a través de Kira Muratova, para quien compuso la banda sonora de sus dos primeras películas: Breves encuentros (Korotkie ustrechi, 1967) y Los largos adioses (Dólgie próvody,1971).

Muratova nació en una zona que antiguamente pertenecía a Rumanía, vivió casi toda su vida en Odessa, una ciudad ucraniana, y, sin embargo, se la considera una cineasta eminentemente rusa, que durante un tiempo residió en Estados Unidos. A diferencia de

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Tags:
cine
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