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Llevar a Dios a los que no lo conocen con un «¡Abracadabra!»

Shutterstock / Fer Gregory

Carlos Padilla Esteban - publicado el 08/10/16

Yo pongo la palabra, la imagen, el camino, la letra, la voz... y Dios hace el resto

En ocasiones me abruma el mundo que veo y me gustaría cambiar tantas cosas. Ese mundo que desconozco en gran parte. El mundo que admiro y temo. El mundo que me fascina y me inquieta. El mundo, mi mundo.

A veces quisiera cambiar la realidad. Pero no siempre encuentro la respuesta adecuada a las necesidades de hoy. No hallo la forma precisa, la solución correcta. El camino más sencillo para llegar a la meta.

No sé bien qué hacer para llevar al que no conoce a ese Dios desconocido del que tantas veces hablo. No sé si logro usar el lenguaje fácil de entender. No lo sé.

Uso mi lenguaje intentando abrir ventanas, mostrar amplios horizontes. Hablo de la misericordia y de ese Dios que espera siempre mi regreso. Y quiero llegar a aquellos que parecen recorrer sendas opuestas.

¿Cómo puedo hacer para hablar en su mismo idioma? ¿Cómo logro que mis imágenes toquen su alma herida? No lo sé. Creo que no depende todo de mí. Yo pongo la palabra, la imagen, el camino, la letra, la voz. Y Dios hace el resto. Hace más todavía de lo que yo creo que puedo hacer. Tengo que confiar en el poder oculto de mi vida en medio de las noches.

No entiendo mucho de magia. Pero el otro día las palabras de Marcos Abollado se me quedaron grabadas: “Todos nacemos magos en potencia, lo que ocurre es que ignoramos las palabras del conjuro”.

No entiendo mucho, pero me gustan esos trucos que no descifro. Me gusta no ver el secreto. No descubrir la mano oculta. No desvelar la carta marcada. No querer entender el misterio escondido. No quiero saberlo todo.

Cuando veo a un mago me gusta conservar mi corazón de niño inocente sorprendido que no busca respuestas. Que se cree todo lo que ve. Que confía en que algo maravilloso saldrá de un sombrero vacío. Y un pañuelo de colores se convertirá en una paloma.

Es la magia de los hombres. Y yo creo en ella. Me gusta creer con la inocencia de los niños. Y si es así con la magia humana, ¡cómo debe ser entonces el poder de Dios para sacar todo de la nada!

Un poder inmenso oculto entre mis manos, en mi voz, en mi vida. Un poder que logra convertir en vida lo que estaba muerto. Y veo así esa presencia salvadora de Dios en una palabra aparentemente vacía.

Me gusta pensar que yo mismo soy un mago en potencia, que aún no ha descubierto las palabras del conjuro.

Quiero creer en los trucos de magia que hacen posible lo imposible entre mis manos. Y hacen real la fantasía. Y recorren un viaje desconocido. Alcanzan una presencia ausente. Logran un milagro de orden en el caos. Una paz real en la guerra. Un perdón inalcanzable en la ofensa. No lo sé.

Quiero hallar respuestas para la vida en mi sombrero de mago. Sé que está vacío. Pero no importa. Seguro que tiene respuestas. Meto la mano y confío.

Muchos vienen buscando recetas. Y yo no las tengo. Sólo tengo un sombrero vacío. Me falta a veces el conjuro.

Surge la magia cuando dejo que sea Dios el que actúe en mi vida. Cuando dejo de poner el acento en mi propia voluntad, en mis fuerzas. ¡Cuánto me cuesta mirar más a Dios cuando actúo y confiar ciegamente!

A veces sólo confío en lo que toco, en lo que me da seguridad humana, en lo que parece que va a dar fruto. Pero me cuesta abismarme en esa posibilidad infinita que Dios me ofrece.

Decía el padre José Kentenich: Quien pronuncie el sí filial será siempre rico en Dios, aunque sea pobre co­mo un mendigo[1]. Me gusta la imagen de esa pobreza que me ata a Dios. De ese vaciarme como mi sombrero de mago para que Dios lo haga todo posible.

Me gusta ser pobre para depender totalmente de Dios. Ser libre de mis seguridades para confiar sólo en Él. Con un sombrero de mago vacío. No quiero saber trucos de magia. Pero quiero que mi vida dé frutos que yo desconozco.

Quiero que mis palabras lleguen donde yo no he calculado. Quiero que Dios me utilice cómo Él quiera, y dónde Él quiera. No pretendo saberlo todo, ni tenerlo todo claro. Controlando todos los entresijos de la vida, todos los caminos posibles.

Controlar no me da paz. Me acaba turbando. No quiero ser rico en bienes terrenales que no me ayuden a abandonarme. Quiero ser pobre para poder confiar, para tener que confiar en Dios y sólo en Él.

[1] J. Kentenich, Niños ante Dios

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