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¿Sentirse realizado lavando ropa sucia todos los días?

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Ayudar a que otros tengan una vida mejor es la gran recompensa de esta mujer

Esperanza Amaya no cambia su trabajo por nada. Y esta decisión no pasa por un aspecto económico, sino que tiene que ver con algo más trascendente, con su realización personal.

»Para eso estamos aquí, para ayudarles a que tengan una mejor vida», cuenta Esperanza a El Tiempo de Bogotá.

Esperanza se encarga de lavarles la ropa a las personas que viven las calles de Bogotá en un centro de atención para quienes atraviesan esta situación.

Y si bien cuando comenzó a trabajar con estas personas lo hacía porque lo necesitaba, con el paso del tiempo fue descubriendo que lo que estaba haciendo significaba algo más.

Su testimonio fue recogido por la prensa colombiana y conmueve su determinación y delicadeza a la hora de luchar para que las personas que viven en la calle no pierdan la dignidad.

“Así hayamos limpiado la misma ropa ayer, ya hoy viene igual de sucia. A veces viene sucia de… usted sabe… ¿sí me hago entender?”, explica sobre las personas que llegan.

Es que lidiar con estas situaciones no siempre es fácil. Ropa sucia, malos olores, una y otra vez.

Esperanza no está sola en la tarea ya que está acompañada de otras personas que persiguen los mismos fines. Entre todos suelen lavar de forma diaria más de mil prendas que llegan cargadas de barro, manchas, sangre, entre otras.

“A ninguno se le dice que no’’, agrega.

Pero Esperanza no siempre lavó ropa en el centro Oasis, nombre de este lugar perteneciente al Instituto Distrital para la Protección de la Niñez y Juventud, sino que al principio estaba en la parte de la cocina.

“Cuando entregué el primer plato de comida fue algo muy lindo porque ellos le agradecen a uno”, cuenta.

Y el agradecimiento para con Esperanza permanece intacto desde el primer momento.

Robin Candelo, uno de los habitantes de la calle que frecuentan el lugar, explicó a El Tiempo cómo tener a diario ropa limpia le cambia de alguna manera la perspectiva de la cotidianeidad.

Las personas son recogidas en las calles y llevadas al lugar para asegurarse al menos por un día aseo y comida. Durante la estadía en el centro además aprovechan para algún momento de recreación e incluso para entablar conversaciones con otros.

Como Esperanza, quien después de tanto tiempo ni piensa en cambiar de trabajo, hay muchas mujeres en Bogotá y en diferentes países que gracias a su trabajo ayudan a mejorar la calidad de vida de las personas.

Y esto es posible aún a sabiendas de las condiciones de estas personas que no tienen nada. Servirlas se transforma en un ferviente grito a favor de la dignidad humana.  Y Esperanza se siente realizada.

 

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