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Cuando el arte ya no se habla con el sentido común

Marchel Duchamp fountain sculpture, SFMOMA
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El arte es libertad de expresión, pero también es - debería ser - comunicación entre las personas

Es bastante conocida la historia del urinario que Marcel Duchamp presentó para una exposición neoyorquina en 1917 y que bautizó como “La fuente”. Bajo el emblema de que el arte es simplemente aquello a lo que queremos llamar arte, el artista francés le dio la vuelta a un urinario y lo presentó como tal.

El revuelo fue bastante considerable, pero también fue la certificación y el inicio de lo que hoy entendemos por arte: arte es lo que nosotros decimos que es arte, lo que a uno le gusta, o lo que la mirada de cada uno cree que es artístico.

Esta idea es coetánea y deudora de aquella otra que afirma que ante y sobre cualquier situación siempre ha de haber una primacía de la libertad del sujeto. En cualquier contexto posible el ser humano puede imprimir el significado que más le convenga o crea pertinente. De ahí que el arte pueda ser todo aquello que queramos llamar arte. En esas, se tiene por bueno que la libertad siempre es el primer valor de la realidad. Somos totalmente libres de entender las cosas como queramos entenderlas.

Y, dicho así, y atendiendo a la experiencia cotidiana, parece cierto. El precio que se paga por este absolutismo de la libertad es poder llamar arte a un urinario boca abajo y un posterior cierto alboroto. Tras ese primer desconcierto de 1917 parece que los hombres hemos asumido esa primacía de la libertad con cierta normalidad hasta el punto que así es como entendemos la creación artística: “para mí esto es arte, puede que para otro no lo sea, pero para mí lo es”.

En esa matriz del “para mí” convive el valor inesquivable de la libertad humana y que no puede ser arrebatado por otros agentes. Ese valor de la libertad, también en la tradición cristiana, no puede ser abordado ni desbaratado por el mismo Dios. Y, en ese sentido, el valor de la libertad es invaluable porque es de suyo invencible e inconquistable incluso por el mismo Dios. Somos libres y responsables de nuestros actos.

Esa autoafirmación subrayada de la libertad que el siglo XX pregonó en instituciones y formas de vida, se creyó que también germinaba la relación más profundamente humana: la relación entre hombres libres. Pero parece que, como ha sucedido con el arte, no se ha dado ese camino que prometía la libre relación de las personas.

Para que pueda haber una relación entre personas, y una relación libre, ha de darse el segundo principio propio del ser humano, a saber, la comunicación (o si se quiere llamar en términos clásicos “la razón”, la “inteligencia” o el “sentido”). En cualquier ámbito posible, no se puede relacionar nada si no hay una comunicación entre las cosas que buscan relacionarse, o no se puede comunicar nada si no se saber relacionar.

El problema es que la autoafirmación artística de Duchamp si bien lograba una sobresaliente exclamación de la libertad, clausuraba toda posible comunicación, pues hacía del significado y la razonabilidad algo sólo y exclusivamente subjetivo. “Esto es arte… para mí”. La mayusculización de la libertad cerraba cualquier cauce de comprensión común más allá de una pura adhesión ciega y también subjetiva.”Esto es arte para ti, también lo es para mí”.

Es más, aún en la afirmación conjunta de que un espectador pudiera decir que, junto con Duchamp, también para él ese urinario es arte, no dejaría de ser sino una afirmación solitaria sólo válida para el propio espectador, ni siquiera válida para Duchamp. Cada uno a lo suyo, y una soledad de individuos arrejuntados que antes que poder comunicarse (es decir, dar, recibir y poseer cosas en común: comunicar) sólo están con su propio discurso solitario, unos al lado de los otros sin tocarse.

Las trastiendas históricas de Duchamp, fueron uno de los muchos síntomas que señalaron a la libertad como punto fundamental de las democracias modernas, tal vez porque la sola razón, sin decisión o voluntad, no generó el bienestar esperado a la luz de las dos guerras mundiales.

Sin embargo, estamos en un momento en el que de igual manera que, parafraseando a un Goya profético, nos dimos cuenta que los sueños de la [sola] razón producen monstruos, empezamos a sospechar que la sola libertad más que reunir a los hombres, los dispersa y los vuelve o bien manadas de seres solitarios o subjetivamente intolerantes.

Para entender por qué Duchamp no podía tener razón del todo, aún teniéndola, hay que percatarse de que el arte es un concepto que sólo se da respecto de las realidades que el hombre previamente controla. Antes que la libertad arbitraria de un mirada artística sobre un urinario, o sobre cualquier objeto, hay que poder entenderlo (aunque sea haberlo hecho en una fontanería), la libertad no puede ser declarada por sí misma como primer valor único sobre el mundo, porque el mundo, dicho a lo pronto, ya existía antes que la libertad.

O mejor: si no hay primero un mundo sobre el que ser libre, la libertad será “libre” pero bastante ciega y pobre. Esa autoridad del mundo que imposibilita la libertad como único valor se ve claramente en las realidades que menos controlamos y que son parte constitutiva de nuestra cotidianidad más real: la muerte y la enfermedad.

Por otro lado, ese subjetivismo libertario queda muy devaluado por aquellos que buscan entender antes que elegir sin criterio. En el caso de la historia de Duchamp, se cuenta pocas veces que el comité de la exposición neoyorquina, tras muchas discusiones internas y aun habiendo prometido exponer todas la obras del concurso, decidió no exhibir públicamente el urinario aún pese a sus propias normas. La obra fue expuesta escondidamente en una esquina con el consiguiente enfado del artista francés.

Pero no sólo eso, sino que se dice pocas veces que el propio Duchamp no se atrevió a firmar su urinario con su propio nombre, dejando su pseudónimo como metáfora de una libertad anónima y solo visible para el propio autor. Tal vez la misma polémica de su no exposición ayudó a realzar la leyenda del urinario, pero también es verdad que la historia real del comité mostraba un intento de comprender que ese urinario aportaba más bien poco a lo que es el arte.

Parece entonces que la libertad ha de constituirse desde o al mismo tiempo que su comprensión, y que sin ella, aquella queda mermada por mucho que uno sea artista, sea francés y sea famoso. La prueba de esa necesidad de comprensión e inteligencia se hizo más real y banal si cabe en la historia de una escultura moderna llamada “Monograma” de Robert Rauschenberg y expuesta en el museo de arte moderno de Estocolmo treinta años después del famoso urinario. “Monograma” es la escultura bastante realista de una cabra nórdica con un neumático alrededor del torso.

 

monogram

Cuando se expuso por primera vez en el museo, los operarios suecos que la desembalaron y, al ver el neumático alrededor de la cabra, decidieron quitarlo creyendo que era parte del embalaje que protegía la cabra y no parte de la obra artística. Por supuesto, las autoridades del museo lo impidieron rápidamente.

Pero al igual que comité neoyorquino con Duchamp, la mirada de los operarios del servicio de embalajes y transporte del museo sueco, es el reclamo constante y subrayado de la necesidad de comprensión y sentido común para poder llamar arte a algo. Si arte es lo que Duchamp, y solo Duchamp, o lo que Rauschenberg y solo Rauschenberg, decide que es arte, pueden ahorrarse el exponerlo a los demás, o bien los operarios suecos tienen el mismo derecho a pensar que tal vez la cabra pase, pero que el neumático a su alrededor no lo es de ningún modo.

Pero más que eso, los operarios simplemente fueron el ejemplo involuntario de que la necesidad de comunicación y significado ha de formar parte de aquello que se hace llamar arte. Casi del mismo modo que lo fue la esquina tapada en la que el comité neoyorquino dejó el urinario. Ambas narraciones son hechos de la historia que nos hacen recordar que debemos comunicarnos libremente a través del arte, pero comunicarnos.

El arte contiene la dificultad que todo lo nuevo y creativo posee por el hecho de ser nuevo y creativo, y por lo mismo la necesidad del esfuerzo de una nueva comprensión, pero eso es un cosa y otra muy distinta es hacer del arte una cárcel solitaria de significado aun pintada de mil colores.

Si alguien hace arte para sí mismo y sólo para sí mismo, puede evitarnos el esfuerzo de querer exponerlo, o darnos el mismo derecho a decidir no exponerlo porque no creemos que sea arte (no se enfade señor Duchamp) o decir que es un arte malo malísimo. Siguiendo sus reglas, los artistas no podrían decirnos nada, pero de nada, en nuestra contra: somos libres.

 

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