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Ecumenismo y diálogo interreligioso; Francisco y los demás Papas

Vatican Insider - publicado el 05/10/16

El reciente viaje del Papa a Georgia y Azerbaiyán ofreció, una vez más, un ejemplo del camino que Francisco pretende recorrer en ámbito ecuménico y en el diálogo entre las religiones. En el diálogo con los sacerdotes, religiosos y seminaristas en Tiflis, el sábado primero de octubre, Bergoglio respondió de esta manera al testimonio de un seminarista que le contaba las dificultades en las relaciones entre los cristianos de las diferentes confesiones: «¡Nunca pelear! Dejemos que los teólogos estudien las cosas abstractas de la teología. ¿Qué tengo que hacer con un amigo, un vecino, una persona ortodoxa? Ser abierto, ser amigo. Pero ¿tengo que forzarlo para convertirlo? Hay un gran pecado contra el ecumenismo: el proselitismo. Nunca hay que hacer proselitismo con los ortodoxos. Son hermanos y hermanas nuestros, discípulos de Jesucristo, que por las situaciones históricas tan complejas, nos hemos vuelto así. Pero sean ellos o nosotros, creemos en el Padre, en el Hijo, en el Espíritu Santo. Creemos en la Santa Madre de Dios. Y ¿qué tengo que hacer? No condenes, no puedes. Amistad, caminar juntos, rezar unos por otros, rezar, y hacer obras de caridad juntos, cuando se puede. Es este el ecumenismo. Pero nunca condenar a un hermano o a una hermana, nunca dejar de saludarlo porque es ortodoxo».

Desde hace tiempo, la Iglesia considera cerrada la vía del uniatismo. Los últimos Papas, además de promover el diálogo teológico con la ortodoxia (la única, verdadera, profunda diferencia tiene que ver con el ejercicio del primado del Obispo de Roma), han multiplicado los gestos de amistad. Varios encuentros históricos (empezando por el abrazo en Jerusalén entre Pablo VI y Atenágoras, hasta  las visitas de Juan Pablo II a Atenas y Georgia, o las de Benedicto XVI a Estambul) han ayudado a consolidar un camino común. También el diálogo teológico ha dado pasos hacia adelante: a partir del Concilio Vaticano II, la Iglesia católica está recuperando la conciencia de la importancia de la colegialidad y de la sinodalidad. Mientras tanto, las Iglesias ortodoxas comienzan a ver con una mirada diferente el primado y su ejercicio en un mundo cada vez más globalizado. De lo que habla Papa Francisco es de un «ecumenismo de pueblo». Mientras se da la paciente espera de que lleguen los pasos concretos para llegar a compartir el cáliz en el altar, es importante multiplicar las ocasiones para trabajar juntos. La Iglesia georgiana es una de las menos ecuménicas. Sin embargo, los cuatro encuentros del Papa con el Patriarca Elías II se caracterizaron por la amistad, la acogida y la fraternidad verdaderas, no de fachada. Era suficiente verlos antes que escucharlos. ¿A dónde llevará todo esto? No lo sabemos. ¿Habrá efectos positivos? Es difícil afirmarlo. Lo que es cierto es que se ha dado un nuevo paso, con respeto c la última visita de un Papa, la de Juan Pablo II en 1999, que se llevó a cabo en un clima mucho más frío, y no solo debido a las condiciones meteorológicas.

El viaje a Azerbaiyán fue muy significativo también por el diálogo con las demás religiones. En este sentido, fue muy importante el último discurso del Papa, pronunciado en una mezquita, ante la presencia del jeque de los musulmanes del Cáucaso. El diálogo, explicó Francisco, no es «sincretismo conciliador»: no es, pues, anular las diferencias una amalgama. No es la ONU de las religiones, idea contra la que tronaron los críticos de Juan Pablo II, de Benedicto XVI y de Francisco, «culpables» de haber presenciado en varios encuentros con una gran cantidad de líderes de otras religiones. No es tampoco, explicó Papa Bergoglio, «una apertura diplomática que dice sí a todo para evitar los problemas». Es decir refugiarse en las cosas tiritas y acabar ignorando o censurando la realidad. Por el contrario, hay que «dialogar con los demás y rezar por todos: estos son nuestros medios para lograr que surja amor en donde hay odio, perdón en donde hay ofensa».

Las religiones, todas ellas, «en la noche de los conflictos que estamos atravesando», están llamadas a ser «auroras de paz, semillas de renacimiento entre devastaciones de muerte, ecos de diálogo que resuenan sin descanso, caminos de encuentro y reconciliación para llegar allí donde los intentos de mediación oficiales parecen no surtir efecto». Nunca dejarse instrumentalizar ni instrumentalizar el santo nombre de Dios, para convertirlo en una bandera con la que justificar el odio, la violencia, el terrorismo, la guerra. Las religiones, al contrario, explicó el Papa en la gran mezquita de Bakú, «están llamadas a edificar la cultura del encuentro y de la paz, hecha de paciencia, comprensión, pasos humildes y concretos. Así se sirve a la sociedad humana».

Los que promulgan el choque de civilizaciones, los que desearían que la Iglesia tuviera una actitud más guerrera frente al islam en nombre de los valores del Occidente y de una nostalgia de la Cristiandad en declive, para contraponer a Papa Bergoglio frente a sus predecesores, se ven obligados a olvidar todo lo que Juan Pablo II hizo, el primer obispo de Roma que entró a una mezquita (Damasco, 2001). El Papa que después de los atentados del 11 de septiembre quiso reunir en Asís justamente a las religiones apra tratar de desenmascarar cualquier «cobertura» religiosa del abuso del nombre de Dios perpetrado por los terroristas fundamentalistas. Benedicto XVI, sonriente y pacífico, rezó en silencio frente al «mihrab» de la Mezquita azul de Estambul, al lado del imán. El mismo gesto que hizo su sucesor. Cualquier gesto de amistad, por pequeño que sea; cualquier esfuerzo por compartir, cualquier ejemplo de convivencia posible, es un pequeño «pedazo» de esa paz que representa la única respuesta a la «Tercera guerra mundial en pedacitos». 

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