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¿Quieres saber cómo el cáncer me acercó a Dios?

© Rob Bayor - Shutterstock
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Aceptar el diagnóstico fue el primer paso hacia la libertad

Aparentemente, he vencido al cáncer. Mi dolor ya se ha acabado. Pero esta no es la parte más interesante de la historia.

Lo más fascinante, al menos para mí, no es haber derrotado al cáncer, sino haberlo aceptado antes de machacarlo.

Superar una enfermedad de tal envergadura supone un alivio. Aceptarla y aceptar las decisiones de Dios hacen posible un acercamiento a Él. Es un premio mucho mayor que el alivio.

Enferma emocionalmente

Retrocedamos un poco en el tiempo. Durante varias semanas, luché contra el simple hecho de saber que tenía cáncer. No podía comprender que podría estar realmente enferma y que podría morir. Me parecía indignante. Las personas como yo no tenían cáncer. Yo estaba por encima de todo eso. Luchaba, era terca.

Luchar contra la realidad de mi enfermedad me hizo estar enferma emocionalmente. Estaba muerta de miedo, nerviosa y tensa. Al final conseguí deprimirme: la muerte ocupaba todos mis pensamientos.

Acepté el cáncer

De repente, algo cambió, algo necesario. Una noche, le dije a Dios: “De acuerdo, Señor. Si este es el camino que deseas que tome, lo tomaré. Acepto el cáncer. Acepto que permitas que tenga cáncer”.

Después de eso, me sentí como liberada de un gran peso, libre. Incluso sabiendo que mi vida podía terminar en cualquier momento, disfrutaba del amor de Dios y de sus proyectos para mí. Aproximadamente dos semanas después de que aceptara mi suerte, me comunicaron que los resultados de todas las pruebas eran normales: me había curado.

¿Coincidencia? Solo Dios lo sabe.

“Ahora debes dar testimonio de ello”

El vigilante de seguridad de la mediateca municipal de mi ciudad hizo un seguimiento de toda mi historia con el cáncer. Toda su parroquia rezó por mí. Cuando lo vi la semana pasada, le conté mi recuperación. Inmediatamente me felicitó y me dijo: “Ahora debes dar testimonio de ello”. Y le respondí: “Lo haré”.

Este es por tanto mi testimonio. El Señor Jesucristo me ha regalado más tiempo en la tierra con mi hijo, mi marido, mi familia y mis amigos. Me ha dado más tiempo para enseñar, escribir y difundir la Buena Nueva de su poder salvador.

Sí, me siento aliviada, ¿cómo no podría estarlo? Pero, lo que es más importante, me he acercado a Dios.

En esta vida, debemos aceptar los obstáculos que el Señor nos pone en el camino. Si luchamos contra ellos, seremos desgraciados y seguiremos estando lejos de Dios.

Gracias a Dios, esta historia tiene un final hermoso.

En mi casa, todo vuelve a la normalidad. He vuelto a cocinar, a hacer las tareas domésticas, a hacer deporte y a ir de compras (debo admitir que ir de compras es la mejor parte, lo he echado mucho de menos). Me ocupo de mi familia, de la misma forma que ellos se ocuparon de mí cuando estaba enferma. Mi hijo es mucho más feliz: tener una mamá enferma no es divertido.

Y mi marido sonríe de nuevo.

Ahora sonreímos todos al presente.

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