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¿Por qué los católicos no saben ser buenos compañeros?

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Cuando Cristo instituyó la Iglesia, dejó claro que no estamos hechos para navegar solos

Hace poco me pidieron que diera una charla en un grupo católico local de mujeres. Hacía poco que había empezado a labrar mis habilidades como oradora y estaba sinceramente entusiasmada. Bueno, hasta que me dieron el tema de la charla. Hermandad, me dijeron. ¿Hermandad? No pude evitar un gesto de decepción. ¿Y no sufrimiento? ¿Oración? ¿Desavenencias familiares? ¿Mantener la fe durante las crisis? ¿¿No?? Pues no, hermandad.

Fue difícil no pensar en convivios con ollas de cocción lenta llenas de comida irreconocible, o actos de café y pastelitos donde una persona incómoda, menuda suerte, recibe desde la entrada a todos los que llegan a la parroquia, mientras los presentes ya apresuran los bocados para irse cuanto antes. O en cuando una iglesia muy muy progresista pide a la congregación que se saluden entre ellos antes de la misa (uf…) y la gente empieza a hacerse la despistada rebuscando entre sus bolsos o de repente leen con absorto interés el misal.

Sin duda, un tema común entre los católicos descarriados que ahora están felizmente establecidos en las animadas comunidades protestantes es que no se sentían cómodos en sus parroquias porque faltaba hermandad. Así que, ¿qué es hermandad y por qué a nosotros, como católicos, se nos da tan notoriamente mal?

Hermandad, por definición, es simplemente una asociación amistosa y una reunión de personas con una mentalidad afín. ¿Cómo puede ser tan difícil algo así? Pero el caso es que el mismo concepto despierta el desdén de algunos católicos.

En un grupo de chat en el que debatíamos sobre este asunto había un tema recurrente: no necesitamos hermandad; vamos a misa por la Eucaristía. Alguien comentaba incluso que “la diferencia es que los protestantes necesitan a la gente; nosotros no necesitamos a la gente, nosotros tenemos a Jesús”.

¿En serio? ¿Los católicos no necesitamos personas? Cierto que tenemos a Jesús en la Eucaristía, pero es una falacia aclamar una supuesta espiritualidad sin comunidad. Somos la Iglesia y eso, en su misma esencia, significa que somos un pueblo.

El concepto de hermandad es esencial en nuestro viaje como cristianos; Jesucristo en persona nos lo enseñó.

Cuando estableció la Iglesia, Jesús dejó claro que no teníamos que recorrer la travesía cristiana a solas; que necesitamos el amor y el apoyo de personas afines para ayudarnos a seguir por el buen camino, ya sea en tiempos de bonanza o cuando las aguas se ponen revueltas.

Sí, voy a misa para recibir a Cristo en la Eucaristía, pero eso no quiere decir que mi experiencia de la Iglesia debería limitarse a mi momento de Comunión.

Hace algunos años me pidieron —varias veces— que asistiera a un estudio de la Biblia con mujeres católicas. Llegó un momento en que me quedé sin excusas válidas para evitar ir y no pude esquivar la invitación. Así que fui. Y aunque había algunas mujeres de mi estilo, otras no se me parecían tanto. Pero todas estábamos unidas en nuestra fe católica. Todas y cada una de nosotras quería vivir en el mundo, pero no del mundo, y todas sabíamos que no podíamos salvar este obstáculo solas. Necesitábamos apoyo.

A pesar de que nunca nos encontrarías en los mismos actos sociales, los miembros de este grupo hicimos piña, caminábamos arduamente a través de acontecimientos vitales tanto mundanos como devastadores, incluso cuando las lecciones del grupo de estudio ya estaban completadas.

Y además tardé poco en descubrir por qué el Espíritu Santo me instaba incansable por entonces a que mi camino confluyera con el de estas mujeres.

Una radiante mañana de octubre, estaba dejando a mis hijos en casa de mi madre como siempre hago. Pero aquella mañana descubrí a mi madre en la cama, inmóvil y sin vida. Entonces fui yo la que me beneficié de la hermandad de estudio de la Biblia.

Aquel mismo día, incluso, en mi vigilia junto a la cama de mi madre, empezó una cadena de oración. Y no quedó ahí la cosa. Me llegaron platos de papel, pañales y comida para semanas.

Y, sabiendo que yo debía volver a un trabajo de jornada completa al cabo de una semana y sin cuidado infantil, una amiga se ofreció para cuidar de mis hijos. Y lo sigue haciendo, tres años más tarde.

Todos los miedos que tenía recibieron su atención. Y esta comunidad, esta hermandad de mujeres católicas, cargó conmigo a través de uno de los episodios más sombríos de mi vida.

Quizás el mayor error que cometemos los católicos, y uno por el que seremos juzgados, sin duda, es nuestra falta de interés por las personas a nuestro alrededor en los bancos del domingo.

La Iglesia es un cuerpo de creyentes, pero ¿qué tipo de cuerpo somos si no somos conscientes de nuestra obligación y misión de aliviar los sufrimientos de los demás y de guiar a nuestros hermanos y hermanas en la experiencia de Jesucristo?

De hecho, la misa es más hermosa y enormemente más poderosa cuando se experimenta con su propósito completo: extraer energía espiritual de la Eucaristía y fuerza temporal de la experiencia de permanecer unidos con otras personas en la creencia compartida en que Cristo está presente con nosotros.

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