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“Europa ha descuidado la religiosidad de los migrantes”

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A esta melancólica Europa, herida por una crisis espiritual y moral, asediada por un dilagante individualismo auto referencial y superada por la imponente llegada de migrantes, Papa Francisco le ha recordado que «las raíces de nuestros pueblos, las raíces de Europa se fueron consolidando durante el curso de su historia aprendiendo a integrar en síntesis siempre nuevas a las culturas más diferentes y sin aparente relación entre sí». Esta Europa, expuesta a la tentación de «replegarse sobre los paradigmas unilaterales y de aventurarse en “colonizaciones ideológicas”, debe y puede volver a encontrar su antigua capacidad de integración de las diversidades de los pueblos, que mucho debe al cristianismo».

Pero, ¿los Estados europeos están demostrando ser capaces de construir esta integración? Se lo hemos preguntado al profesor Paolo Branca, islamista, profesor de Lengua y Literatura árabe en la Universidad Católica de Milán, y desde hace 30 años atento observados de las comunidades musulmanas.

¿La noción de integración es comprendida unívocamente en Europa?

No existe una definición unívoca de integración, cada país la comprende de manera diferente, según el propio pasado: la historia tiene un peso relevante, condiciona las decisiones políticas y plasma la vida cotidiana. La noción de integración es semejante a la de laicismo: todos los Estados europeos son laicos, pero existen profundas diferencias en la manera de comprender y de vivir el laicismo: existe la manera francesa, hija de la revolución y del anticlericalismo, y la de la Gran Bretaña, en donde la reina también está a la cabeza de la Iglesia anglicana.

¿Cuáles son los diferentes modelos de integración que han introducido los Estados europeos para gobernar el imponente, constante flujo de migrantes al continente?

Francia siempre ha practicado una política muy asimilacionista, experimentada en la época colonial, cuyo objetivo, en sustancia, es transformar a cada migrante en un ciudadano francés. Esta política, y lo reconocen los mismos franceses, no ha funcionado: es el principal responsable del fenómeno de los «banlieue» en donde los migrantes (incluso de segunda o de tercera generación) viven de hecho como ciudadanos de clase B. Se han creado zonas de marginación, auténticos polvorines que periódicamente explotan: las revueltas en las «banlieu» no tienen nada que ver con la religión, son expresión de un alarmante disgusto social.

Gran Bretaña (que ha tenido un enfoque diferente, también experimentado en sus colonias) ha promovido la política del comunitarismo: cada uno se auto-gestiona, con tal de no infringir las leyes. También esta política ha fracasado: ha determinado el surgimiento de sitios que acaban siendo cuerpos extraños o sociedades paralelas con respecto a las que reciben. Existen barrios e incluso ciudades enteras (por ejemplo Birmingham o Leicester) que son, con todas sus letras, guetos paquistaníes en los que los ingleses son una tímida minoría.

El caso de Alemania es diferente, porque los turcos (la comunidad de migrantes más numerosa) fueron invitados a ir al país cuando la industria alemana necesitaba mano de obra. Los migrantes han sido acompañados y apoyados, incluso desde el punto de vista económico: ha sido una política muy pragmática, que, me parece, ha dado resultados puesto que las relaciones entre las diferentes comunidades no son conflictivas como en Francis o en Bélgica. En la actualidad Alemania continúa con esta política “selectiva”: quiere acoger solo a los migrantes que, en su opinión, necesita.

¿Qué le parecen los procesos de integración promovidos por Bélgica?

El Estado ha querido apostar mucho sobre el respeto de la cultura y de las tradiciones de los migrantes. También esta decisión, por noble y generosa que sea, acabó generando guetos: se crearon sociedades paralelas, comunidades que viven unas al lado de las otras ignorándose y soportándose mal. Desde Bélgica parte un número consistente de “foreign fighters” hacia Siria, signo inequívoco de un malestar profundo. Para que haya verdadera integración, no es suficiente reconocer algunos derechos importantes para los migrantes (como el de mantener la lengua y la cultura de origen), es necesario promover y ocuparse de la formación a los valores y a la cultura del país que los recibe. Bélgica, bajo este punto de vista, no ha hecho casi nada, tal vez por timidez, tal vez por incapacidad para reconocer el patrimonio cultural que puede ofrecer.

Un número elevado de migrantes espera poder llegar a los países del norte de Europa. ¿Por qué?

Porque saben que no serán abandonados por el Estado. En estos países reciben ayuda para buscar trabajo y casa, hay un bienestar muy eficiente que no los deja solos. El obstáculo serio a la integración es el clima, que no fomenta la sociabilidad: muchos africanos confiesan que les gustaría vivir en Italia, en donde el clima, que influye en el estilo de vida, es mucho más parecido al de sus países de origen.

¿Hay algún error común en los modelos que ha expuesto?

En esta Europa que se ha olvidado de Dios, las políticas puestas en marcha para promover la integración han descuidado, a mi parecer, la dimensión espiritual de los migrantes. Se ha creído que para construir una buena integración basta garantizar a estas personas algunos trechos y bienes fundamentales. Cuidado: estas son cosas importantes, indispensables, pero no son suficientes. La espiritualidad no es una opción, es una dimensión constitutiva del ser humano. Negarla, descuidarla o no ocuparse de ella es un error enorme. Europa debe dejarse provocar por la religiosidad de los migrantes y comenzar a plantearse serias preguntas; pero, por el contrario, se ha entregado a una lógica mercantil que devora cualquier otra dimensión de la existencia. En relación con la integración, con el fenómeno migratorio y con sus causas e implicaciones (por ejemplo el escandaloso comercio de armas), ningún líder europeo demuestra, en mi opinión, una visión a medio y largo plazo. El único que la posee es Papa Francisco, a quien no se escucha lo suficiente.

¿Cuál modelo de integración se está afianzando en Italia? ¿Y con cuáles resultados?

No hay un paradigma ideológico que guíe a Italia (como a Francia o Gran Bretaña), y desde este punto de vista tiene algunas ventajas. Además no hay comunidades preponderantes (como los turcos en Alemania, los argelinos en Francia, los paquistaníes en Gran Bretaña): en nuestro país los migrantes provienen de muchísimos países, y se han establecido un poco por todas partes, no han surgido guetos.

Nuestro límite es, según mi opinión, la ausencia de una verdadera política de integración: me parece que las instituciones viven en la ilusión de que tarde o temprano se van a resolver solos los problemas, por lo que no es necesario crear ningún modelo. Creo que es una ilusión trágica, porque acabamos sufriendo lo que no queremos gobernar. Por ejemplo el caso de las mezquitas: en Italia hay alrededor de mil centros de culto islámico, pero solo hay una decena reconocidos. La falta de reconocimiento no frena la apertura de nuevos centros: deja abierta la puerta para que queden en manos de personas que pueden ser inadecuadas e incluso hostiles con el Occidente. En Italia no se han cometido los errores de los demás países europeos, pero todavía no se ha elaborado una alternativa convincente.

En nuestro país, la Iglesia, con su estilo familiar, con la red de parroquias y de las asociaciones de voluntariado, desempeña un papel determinante para la edificación de una buena integración.

Sin duda. Pocos saben que, por ejemplo, el 25 % de los niños y de los chicos que frecuentan los mil oratorios de la diócesis de Milán son musulmanes. Es un hecho muy positivo, porque significa que los padres confían en las estructuras católicas, nos entregan a sus hijos convencidos de que los van a cuidar bien. Los musulmanes demuestran tener más confianza en la Iglesia que en el Estado. Papa Francisco, con sus repetidos llamados a favor de una acogida generosa y atenta, está animando y apoyando muchas buenas prácticas de integración. El problema es que en nuestro país tales prácticas son encomendadas a la generosidad de grupos o individuos, mientras que las instituciones balbucean. Pero hay un segundo problema, y no solo tiene que ver con Italia: estas buenas prácticas son casi desconocidas. Los medios de comunicación las ignoran, prefieren el sensacionalismo y las contraposiciones entre las posturas más extremas y minoritarias.

Tomemos el caso de Milán, en donde viven 100.000 musulmanes: entre ellos hay una mayoría silenciosa que se está integrando bien, raramente frecuenta las mezquitas (porque no tiene tiempo, no tiene ganas o no aprecia cómo son administradas), ha madurado la distinción entre delito y pecado, está muy interesada por nuestra cultura y es capaz de aprovechar las buenas oportunidades que ofrece la sociedad italiana. Hay niños, e incluso familias enteras, que van a los oratorios, hay chicas que eligen con autonomía sus estudios y actividades profesionales, jóvenes mujeres que se casan con ciudadanos católicos sin pedirles que se conviertan al Islam (como indicaría la ley de sus países de origen). Hay también madres solteras que siguen viviendo con sus familias, sin haber sido castigadas o alejadas por sus padres. ¿Pero quién habla de esto? Esta mayoría silenciosa no es ni representada ni interceptada: claro, no por las instituciones, que siguen confrontándose solo con las asociaciones musulmanas presentes en el territorio, y que no siempre demuestran la capacidad de evolucionar y de representar todos los rostros del Islam italiano. 

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