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“Dios no puede justificar fundamentalismos, imperialismos o colonialismos”

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La visita del Papa al Cáucaso concluye con la acogida calurosa de la comunidad islámica. El jeque de los musulmanes del Cáucaso, Allahshukur Pashazadeh, recibe a Francisco en la mezquita Heydar Aliyev: «Sus actividades suscitan en nosotros un vivo interés. Es muy importante observar su enfoque crítico sobre los problemas que preocupan al mundo, su seria reprobación del problema de los migrantes, su protesta por la identificación del islam con el terrorismo y, al mismo tiempo, su dura condena de las causas reales del terrorismo y sus incisivos discursos contra casos de xenofobia». Pashazadeh, jeque chiita que tiene autoridad teológica también sobre los sunitas, pronunció palabras muy duras contra el Estado Islámico en los últimos meses. Azerbaiyán, cuya población es principalmente musulmana (85 % y de mayoría sunita) es un país en el que conviven las religiones, pero hay quienes tratan de hacer que se infiltre el fundamentalismo yihadista.

El líder musulmán, condecorado por Papa Wojtyla con la Orden de San Gregorio, pronuncia palabras significativas durante el encuentro interreligioso con el que concluye la etapa en Bakú del viaje papal: «apreciamos —dice al Pontífice— sus esfuerzos en la resolución de los conflictos en nombre de la paz en el mundo durante sus viajes, y también la importancia que usted da al diálogo interreligioso. Hemos escuchado con atención y respeto sus palabras de gran líder religioso sobre la importancia de una solución pacífica del conflicto de Nagorno Karabakh entre Armenia y Azerbaiyán».

Participan en el encuentro, además de dignatarios musulmanes, los responsables de la Iglesia ortodoxa rusa y de las comunidades hebraicas. El Papa recuerda en su discurso que Azerbaiyán «se distingue por la acogida» y también «el catolicismo encuentra lugar y armonía entre otras religiones mucho más numerosas, signo concreto que muestra cómo no la contraposición, sino la colaboración, es lo que ayuda a construir sociedades mejores y pacíficas».

«La religión es una necesidad para el hombre —observa Francisco—, para realizar su fin, una brújula para orientarlo hacia el bien y alejarlo del mal, que está siempre al acecho en la puerta de su corazón. En este sentido, las religiones tienen una tarea educativa: ayudar al hombre a dar lo mejor de sí. Y nosotros, como guías, tenemos una gran responsabilidad para ofrecer respuestas auténticas a la búsqueda del hombre, a menudo perdido en las vertiginosas paradojas de nuestro tiempo».

El Papa hace notar que hoy «arrecia por un lado el nihilismo de los que ya no creen en nada, excepto en sus propios intereses, ventajas y provechos, de los que tiran sus vidas adaptándose al dicho “si Dios no existe todo está permitido”», mientras, por otra parte, «surgen cada vez más las reacciones duras y fundamentalistas de aquellos que, con la violencia de la palabra y de los gestos, quieren imponer actitudes extremas y radicalizadas, las más lejanas del Dios vivo».

Pero, por el contrario, explica Francisco, las religiones «están llamadas a edificar la cultura del encuentro y de la paz, hecha de paciencia, comprensión, pasos humildes y concretos. Así se sirve a la sociedad humana. Esta, por su parte, debe vencer la tentación de instrumentalizar el factor religioso: las religiones nunca han de ser manipuladas y nunca pueden favorecer conflictos y enfrentamientos».

Bergoglio, que por la mañana había utilizado el ejemplo del tapete frente al pequeño grupo de fieles católicos, recuerda el trabajo artesanal de los vitrales locales, los “shebeke”, típicos de la zona. Poseen una particularidad que los hace únicos: en su construcción no se utilizan ni clavos ni pegamentos, sino que se van encajando los fragmentos e vidrio y madera entre sí. «Del mismo modo —observó—, toda sociedad civil tiene la tarea de apoyar la religión, que permite la entrada de una luz indispensable para vivir: para ello es necesario garantizar una efectiva y auténtica libertad. No se han de utilizar, pues, “pegamentos” artificiales que obliguen al hombre a creer, imponiéndole un determinado credo y privándolo de la libertad de elección; tampoco han de entrar en las religiones los “clavos” externos de los intereses mundanos, de la ambición de poder y de dinero».

Dios, efectivamente, «no puede ser invocado por intereses partidistas y fines egoístas, no puede justificar forma alguna de fundamentalismo, imperialismo o colonialismo. Una vez más, desde este lugar tan significativo, se eleva el grito afligido: “¡Nunca más violencia en nombre de Dios!”. Que su santo nombre sea adorado, no profanado y ni mercantilizado por los odios y los conflictos humanos».

El diálogo al que invita el Papa no es un «sincretismo conciliador», ni mucho menos «“una apertura diplomática, que dice que sí a todo para evitar problemas”, sino dialogar con los demás y orar por todos: estos son nuestros medios para cambiar sus lanzas en podaderas, para hacer surgir amor donde hay odio, y perdón donde hay ofensa, para no cansarse de implorar y seguir los caminos de la paz».

«En la noche de los conflictos que estamos atravesando —es el llamado final del Pontífice—, las religiones son auroras de paz, semillas de renacimiento entre devastaciones de muerte, ecos de diálogo que resuenan sin descanso, caminos de encuentro y reconciliación para llegar allí donde los intentos de mediación oficiales parecen no surtir efecto. Especialmente en esta querida región del Cáucaso, que yo tanto quería visitar y a la cual he venido como peregrino de paz, que las religiones sean vehículos activos para superar las tragedias del pasado y las tensiones de hoy». 

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