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Mejor que hacer, ser (memoria)

David D-cc
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Ser cristiano no es recordar a Jesús

Creo que muchas veces mi ego enfermo se pone en el centro. Y sé que tengo que poner a Dios en el centro apartándome yo a un lado. Lo sé. Quiero que sea Él el que decida, el que me guíe, el que gobierne. Pero tantas veces no le dejo. ¡Cuánto me cuesta dejar de estar en el centro! Me miro. Me busco. Me escucho. Me cuido. Y no dejo que Dios sea el centro de mi vida.

Hace unos días se ordenó un Padre de nuestra comunidad. Postrado en tierra recibió la bendición de Dios. Se abajó para ser tomado por Jesús. Jesús sobre él, en su carne. En sus manos. En su voz. En su alma. En la fuerza del Espíritu.

Cuando uno deja de ser el centro todo cambia. Cuando uno se aparta para que Jesús sea el centro. Vacío de los propios deseos. En ese acto de hacer memoria que marca mi vida. La memoria de mi historia que me acompaña cada día. La memoria del abrazo de Dios, del abrazo de los hombres. La memoria de las palabras que se hicieron vida en mi vientre. La memoria de una llamada, de una presencia, de un camino. La memoria de una senda sobre el mar, mar adentro. La memoria de un crepúsculo, de un amanecer. La memoria de una melodía que hizo arder mi sangre. Las palabras de Dios hirientes como cuchillos de doble filo que hendieron mi carne antes no herida. La memoria que siempre marcará mi camino porque no vivo ya en mi nombre.

Porque sé que mi nombre no salva. Sólo su nombre, sólo su palabra, sólo su carne, sólo su Espíritu. Y mi vida entonces se convierte en signo de misericordia porque yo mismo en mi carne he acariciado su misericordia.

He atravesado la puerta que no se cierra, que se abre para mostrarme una manera distinta de vivir la vida. En la que lo que importa no es lo que hago, sino lo que soy. No lo que logro, si no lo que vivo. No lo que dejo, sino lo que amo.

Como decía la religiosa Isabel Solá en 2011 después de sobrevivir al terremoto que asoló a Haití: “Mi vida religiosa la siento, ahora más que nunca, como un regalo que no merezco. Así como la vida que Dios me ha querido guardar, entiendo que mi misión en esta vida no es hacer y hacer, sino ser y ser. Porque por muchos proyectos, trabajos, planes que esté llevando adelante, al final lo más importante es lo que somos y no lo que hacemos. No creo que Dios me haya mantenido con vida solo para hacer algo. Porque yo no puedo salvar nada ni a nadie pero puedo ser una hermana para mis hermanos. Y es lo único que ahora me importa”.

No puedo salvar a nadie. No puedo hacer que mis proyectos salven a nadie. No puedo vivir para hacer cosas, sólo cosas. Pero sí puedo ser memoria de aquel que me ha salvado. Siendo carne de su carne.

Puedo vivir siendo vivido por aquel que me llama, para que todo tenga sentido. Haciendo presente su voz, su amor, su vida, en medio de los hombres. Siendo Él en la oscuridad del camino. Como una rendija abierta en mi carne que deja ver el cielo. Como una ventana que muestra un amor eterno.

Me gusta la palabra memoria. La memoria engarzada en mi corazón, en mi vientre, en mis entrañas. Hacer memoria y ser memoria. De otro, de la vida de otro, de la vida de aquel que me salva. Es mucho más que un recuerdo. Es más que esa historia escrita en mi piel. Es más que una sucesión de sucesos y palabras. Más que un collage de imágenes y silencios. Es más que esa vida mía escrita sobre un papel. En palabras. En destellos.

La memoria tiene que ver con una pertenencia. Con mi alma atada a la de Dios para siempre. Desde dentro, desde lo más profundo. Soy memoria del que me ha llamado, del que me ha amado y me ha buscado.

Sé que Él es el centro de mi vida. Y yo sólo soy memoria de aquel que se parte cada día en mis manos para darse a tantos. Soy memoria cuando me olvido de mí mismo y dejo de pretender ser yo el que hace, el que es, el que dice.

Soy memoria de una llamada en el Espíritu. Y de una vocación que me saca de mí mismo. Sólo soy memoria de un abrazo, de una puerta que atravesé tímidamente un día para entrar en lo más hondo, y salir hacia lo más profundo.

Memoria de una herida abierta en mi pecho, que duele y me da vida. Memoria de una vida llena de amor y de entrega, sin cansancio, cansado. Memoria del perdón que limpia mi pecado para siempre y me levanta del barro en el que había caído. Para perdonar yo, siendo perdonado. Siendo consciente de que soy pequeño.

Memoria de mis caídas y de mis triunfos, de mis pérdidas y mis ganancias. Memoria de esa melodía que Jesús susurra en mi oído para que no olvide nunca que estoy hecho para Él, que soy suyo. Que mi vida vale sólo para estar con Él, vivir con Él, amar en Él.

Y le digo: “Sólo contigo, Jesús”. Y permanezco postrado en el suelo de un templo inmenso. Postrado. Hundido en la piedra. Mientras la melodía de unas letanías acaricia la espalda. Memoria de una vida en la que ni yo mismo sé lo que puedo llegar a ser. En esa pertenencia en la que Jesús cree más en mí de lo que yo mismo creo.

Y sé que otros en mi camino han creído también. Y sé que Dios siempre ha creído. Desde que me vio sentado y me llamó con voz profunda. Si Él no cree en mí, yo solo no puedo. Y sé que sólo si me dejo hacer en sus manos, podré ser lo que Él siempre ha soñado. Sólo si me abro a la vida que no me pertenece. Que es un don. Que es vida.

Sólo si le pongo a Él en el centro y yo me aparto. Sólo entonces podré ser memoria de aquel que me ha amado tal como soy, toda mi vida, hasta que me llame.

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