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Para cuando los hijos «abandonan el nido»: Una reflexión

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Orfa Astorga - publicado el 27/09/16

Ese momento de realización y al mismo tiempo de pérdida que todo padre y madre tienen que vivir

Mi primer hijo se ha casado, fue ciertamente un feliz y emotivo acontecimiento, entre felicitaciones, sentidas palabras de los asistentes, expresiones de solidaria alegría, música, bebida, rica comida y… el vals.

No soy sentimental, pero como toda madre, tuve mi momento de nostalgia y algunas lagrimillas al momento de bailar con él y ver su resplandeciente semblante, mientras me decía cosas que en la algarabía no puede escuchar ni entender del todo, pero que aun así, me trasmitían vivamente lo que yo bien sabía: que me amaba, y que había crecido.

Mi esposo y yo nos veíamos en esos momentos con sentimientos encontrados, habríamos querido retrasar su partida, y al mismo tiempo nos sentíamos orgullosos de ella.

Ya desde sus tiempos de universidad nos lo imaginábamos como un polluelo recién emplumado que agitaba sus alas, fortaleciéndolas para volar en busca de sus propios sueños. Inevitablemente conquisto poco a poco una independencia propia de una juventud bien lograda; mientras nosotros tratábamos de asumirlo, conscientes de que la gran meta de los padres es lograr que los hijos dejen el nido, comenzando a descubrir por ellos mismos lo que valen.

Al final nos habremos de quedar en un nido vacío convertido en amor refugio, para cuando según las estaciones, vuelvan nuestros hijos acompañados de sus propios polluelos.

Mis otros hijos siguen su mismo camino, y mientras lo hacen nos esforzamos por compartir con ellos intensamente todo lo que nos acontece en constante dialogo. Sabiendo bien que esa intima comunicación, esa permeabilidad de ideas, emociones y vivencias, no continuara igual toda la vida. Es así que mi esposo y yo nos enfocamos en volver a vivir redescubriendo el mundo desde sus ojos para volver a asombrarnos junto con ellos, y luego dejarlos hablar hasta por los codos de todas sus vivencias, escuchando sin interrumpirlos, con todo nuestro tiempo para ellos. Después de todo compartimos en común que es la primera vez que vivimos, y lo celebramos juntos.

Lo felizmente compartido lo plasmamos en indelebles recuerdos, muchas veces en una fotografía o en anécdotas chispeantes que tanto gratifican nuestras convivencias. Como aquella tarea que terminaron tarde en casa de los amigos mientras mi esposo y yo nos congelábamos esperándolos en el coche; unas vacaciones en las que el mas cegatón perdió los lentes; la tragedia familiar por la muerte de una mascota; los nervios por el vestido o traje de graduación que no ajustaba; conflictos por diferencias de temperamento; cumpleaños, navidades… el primer noviazgo.

Nuestros hijos también van recibiendo golpes, como la perdida de una valiosa beca, enfermedades, romances truncados; la muerte de un ser querido; tropezones inesperados… En momentos como esos, muchas veces el dialogo es sustituido por un silencioso abrazo o apretón de manos, dándoles la certeza de que en medio de las pruebas, vale la pena vivir.

El tiempo pasa y los hijos crecen por dentro y por fuera.

Mi esposo y yo también hemos crecido en nuestro interior, pues hubo un tiempo en que pensamos que esa permeabilidad continuaría toda la vida, que esa fuerte intimidad siempre sería posible, pero hemos comprendido que a medida que se adentren en la adultez, se podrán dar momentos en que surgirá nuevamente esa intima conexión, pero aceptando que pueden ser momentos extraordinarios, fugaces, ya sin continuidad o vigencia permanente.

Hemos crecido, porque si bien cuando los trajimos a la vida tuvimos la ilusión de que nunca se iban a desentender de tal forma de nosotros, por la simple razón de que nos amarían tanto que nuestra vida sería totalmente indispensable para la suya. Ahora, hemos aceptado y corregido nuestra intención, pues en el fondo lo que queríamos era que no nos dejaran de necesitar nunca, y eso, no sería justo para nadie. No ha de ser así, la vida es bella y sus propios intereses los lanzaran con entusiasmo hacia un futuro que les pertenece.

Lo mejor, lo normal y lo más sano, es que no nos necesiten mucho, pues en eso consiste precisamente su crecimiento personal, sin que eso signifique que dejen de querernos.

Finalmente, también hemos crecido como matrimonio, porque hemos revivido nuestros propios intereses con nuevos proyectos, preparándonos para permanecer activos y vigentes hasta donde Dios nos lo permita, acompañándolos y marchando a su lado por nuestro propio camino.

Los padres debemos esperar que nuestros hijos en su madurez, con plena libertad, nos abran las puertas de sus vidas hasta donde ellos lo consideren. Unas puertas que tendremos mucho cuidado de cruzar, para ayudar sin interferir ni quitar responsabilidades, estando siempre ahí cuando nos necesiten.

Por Orfa Astorga de Lira. Máster en matrimonio y familia, Universidad de Navarra.

Escríbenos a: consultorio@aleteia.org

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