Recibe Aleteia gratis directamente por email

¿No estas preparado para donar?

Aún así hay otras 5 maneras como puedes ayudar a Aleteia

  1. Reza por nuestro equipo y por el éxito de nuestra misión
  2. Habla de Aleteia en tu parroquia
  3. Comparte el contenido de Aleteia con tus amigos y tu familia
  4. Desactiva el bloqueo de publicidad cuando nos visites
  5. Suscríbete a nuestra newsletter gratuita y leenos a diario

¡Gracias!
El equipo de Aleteia

Suscríbete

Aleteia

“Dios se anuncia amando y encontrando a las personas”

Comparte

En la homilía pronunciada el domingo 25 de septiembre, en ocasión del Jubileo de los catequistas, Francisco subrayó una vez más qué significa anunciar el Evangelio en una sociedad post-cristiana. Vale la pena releer completo el breve texto del Papa.

Antes que nada, partiendo de las palabras de san Pablo, el Papa recordó la importancia de tener fija la mirada «en lo que es esencial para la fe», es decir el primer anuncio pascual: «el Señor Jesús ha resucitado, el Señor Jesús te ama, ha dado su vida por ti; resucitado y vivo, está a tu lado y te espera todos los días. Nunca debemos olvidarlo». No hay contenido «más importante», insistió Francisco, y «nada es más sólido y actual». Cualquiera de los demás contenidos de la fe «es hermoso» solo si permanece unido a este centro. Si, por el contrario, se convierte en una premisa aislada o descontada para después hablar de otra cosa (como a veces sucede con muchas doctas cuanto autoreferenciales disquisiciones sobre temas morales que se alejan muchísimo de la vivencia de las personas), acaba pasando a un segundo nivel y queda vacía de significado.

Francisco añadió: «A Dios-Amor se le anuncia amando: no a fuerza de convencer, nunca imponiendo la verdad, ni mucho menos aferrándose con rigidez a alguna obligación religiosa o moral. A Dios se le anuncia encontrando a las personas, teniendo en cuenta su historia y su camino. El Señor no es una idea, sino una persona viva: su mensaje llega a través del testimonio sencillo y veraz, con la escucha y la acogida, con la alegría que se difunde. No se anuncia bien a Jesús cuando se está triste; tampoco se transmite la belleza de Dios haciendo sólo bonitos sermones. Al Dios de la esperanza se le anuncia viviendo hoy el Evangelio de la caridad, sin miedo a dar testimonio de él incluso con nuevas formas de anuncio».

Después, el Papa comentó la parábola evangélica del rico epulón, que no se da cuenta del pobre Lázaro que está en su puerta y que acaba en el infierno. «el rico, en realidad, no le hace daño a nadie, no se dice que sea malo. Sin embargo, tiene una enfermedad peor que la de Lázaro, que estaba “cubierto de llagas”: este rico sufre una fuerte ceguera, porque no es capaz de ver más allá de su mundo, hecho de banquetes y ricos vestidos. No ve más allá de la puerta de su casa, donde yace Lázaro, porque no le importa lo que sucede fuera. No ve con los ojos porque no siente con el corazón. En su corazón ha entrado la mundanidad que adormece el alma. La mundanidad es como un «agujero negro» que engulle el bien, que apaga el amor, porque lo devora todo en el propio yo. Entonces se ve sólo la apariencia y no se fija en los demás, porque se vuelve indiferente a todo. Quien sufre esta grave ceguera adopta con frecuencia un comportamiento “estrábico”: mira con deferencia a las personas famosas, de alto nivel, admiradas por el mundo, y aparta la vista de tantos Lázaros de ahora, de los pobres y los que sufren, que son los predilectos del Señor».

Son las consecuencias que cada uno podría sacar de la lectura de la parábola y que describen el mal oscuro que caracteriza nuestros tiempos: la indiferencia. Pero en el corazón de Dios el pobre tiene un rostro y un nombre (es la única parábola de Jesús en la que uno de los personajes tiene nombre), mientras el rico es anónimo. «¡Un cristiano debe construir la historia! ¡Debe salir de sí mismo para construir la historia! Quien vive para sí no construye la historia. La insensibilidad de hoy abre abismos infranqueables para siempre. Y nosotros hemos caído, en este momento, en la enfermedad de la indiferencia, del egoísmo, de la mundanidad», dijo Papa Bergoglio.

En el pasaje final de su breve homilía, el Pontífice resaltó la gran dignidad de Lázaro: «de su boca no salen quejas, protestas o palabras despectivas. Es una valiosa lección: como servidores de la palabra de Jesús, estamos llamados a no hacer alarde de apariencia y a no buscar la gloria; ni tampoco podemos estar tristes y disgustados. No somos profetas de desgracias que se complacen en denunciar peligros o extravíos; no somos personas que se atrincheran en su ambiente, lanzando juicios amargos contra la sociedad, la Iglesia, contra todo y todos, contaminando el mundo de negatividad. El escepticismo quejoso no es propio de quien tiene familiaridad con la Palabra de Dios». Estas últimas palabras describen con precisión la actitud de quienes cotidianamente están con el fusil listo buscando «desviaciones» en los propios hermanos de fe, de quienes solo viven en función de un enemigo que combatir, normalmente identificado entre los demás cristianos a quienes se somete a un chequeo diario de doctrina como si se tratara de análisis de la sangre.

Si solo «amando se anuncia a Dios-Amor», si « a Dios se le anuncia encontrando a las personas, teniendo en cuenta su historia y su camino», y no permaneciendo indiferentes frente a todos los Lázaros, llagados tanto en el cuerpo como en el espíritu, que están ante nuestras puertas, se comprende cuán estériles resultan los llamados y las preocupaciones de todos los que afirman que ahora en la Iglesia se habla demasiado de los pobres. Y cuán inadecuadas son también ciertas invectivas apocalípticas.

El 13 de mayo de 2010, en Fátima, Benedicto XVI dijo a los obispos de Portugal: «cuando en opinión de muchos la fe católica ha dejado de ser patrimonio común de la sociedad, y se la ve a menudo como una semilla acechada y ofuscada por “divinidades” y por los señores de este mundo, será muy difícil que la fe llegue a los corazones mediante simples disquisiciones o moralismos, y menos aún a través de genéricas referencias a los valores cristianos. El llamamiento valiente a los principios en su integridad es esencial e indispensable; no obstante, el mero enunciado del mensaje no llega al fondo del corazón de la persona, no toca su libertad, no cambia la vida. Lo que fascina es sobre todo el encuentro con personas creyentes que, por su fe, atraen hacia la gracia de Cristo, dando testimonio de Él».

Es decir personas que salen al encuentro de otras personas, teniendo en cuenta sus historias y sus caminos, personas que escuchan antes de hablar y que acogen antes de juzgar. Con repetidores automáticos de doctrina o llamados morales, como explicaba Papa Ratzinger, no se tocan los corazones. Es más, acaban alejando mucho más a los que ya están lejos, poniendo en marcha dinámicas opuestas a las que leemos en el Evangelio. «Se acercaron a Él todos los publicanos y los pecadores para escucharlo», escribe Lucas al describir a la multitud de personas heridas, irregulares, de pecadores, a las que atraía Jesús. Mientras «los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: “Este acoge a los pecadores y come con ellos”», escandalizados porque el Nazareno rompía tradiciones, convenciones sociales y rituales. Irritados porque Él, el Verbo de Dios hecho carne, desorientaba a los expertos en doctrina, acostumbrados a pre-juzgar todo y a todos. Enojados porque Jesús había develado la hipocresía (tanto entonces como ahora) de quienes viven para «descubrir peligros o desviaciones», «emitiendo juicios amargos sobre la sociedad, sobre la Iglesia, sobre todo y todos». De quienes viven denunciando la paja en el ojo ajeno sin darse cuenta de la viga en el propio.

 

Newsletter
Recibe gratis Aleteia.