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¿Qué hacer para alcanzar la felicidad?

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El placer, la riqueza y los honores no son el camino

Ser feliz es uno de los deseos más profundos del ser humano. Sólo la felicidad puede saciarnos y dar un sentido a nuestras vidas. Una pregunta que nos brota naturalmente es: ¿Qué es esa felicidad? La respuesta no es fácil. Además, es difícil vivirla. Sin embargo, hay que explicarla, aunque sea con un sencillo bosquejo.

Nos toca definir ¿qué es la felicidad? Se nos hace más fácil empezar por la deformada explicación que tiene el mundo actual sobre la felicidad. Muchos la confunden con las cosas visibles, como el placer, la riqueza, los honores. Esto es lo que nuestra cultura actual enseña al hombre como modelos de felicidad: el tener, el poseer placer y el poder. Falsos ídolos que sólo llevan al hombre por caminos del error, alejándolo de la verdadera felicidad.

Eso lleva a que muchas personas consideren que la felicidad consiste en el placer y en el goce. No se rigen por la razón sino por sus impulsos instintivos, guiados por el placer sensual. Los que creen que la felicidad es aquello que me hace “sentir bien”. Soy feliz si hago lo que me hace sentirme bien. El problema de guiarse por lo que me gusta o hace sentirme bien es que no siempre mi sentimiento o gusto personal está orientado a la verdadera felicidad.

Otro tipo de vida es de los que ponen la felicidad en la gloria y el poder. Son los que se valen del “poder” que tienen, ya sea por sus riquezas, nivel social, incluso dones personales, etc… para satisfacer su deseo de felicidad. Estos son los que se creen por encima de los demás. Como si fueran más importantes. Los que tienen siempre el derecho de juzgar a los demás, pues son “mejores”. Finalmente, los que sólo buscan enriquecerse. Lo material, el consumismo, el cuerpo perfecto… ¿Todo eso puede saciar ese anhelo infinito que tenemos? Son todas cosas finitas, que se terminan.

El hombre debe encontrar lo que satisface su búsqueda interior. ¿Qué hacer? ¿Cuál debe ser nuestra actitud para alcanzar la felicidad? El hombre alcanzará la felicidad a través de la vivencia de la virtud. Una de las aproximaciones más importantes a la virtud consiste en el obrar de acuerdo a lo que es peculiar de cada uno, es decir, en la obra que sólo a él le toca desarrollar. La verdadera virtud para el hombre consiste en la realización de su ser persona. Ser persona es lo más propio del hombre. Esta virtud humana implica una calidad espiritual que sólo la tiene el ser humano. Es la participación de la realidad divina. Esto es lo más noble y virtuoso del ser humano. Por lo tanto, lo divino es lo único capaz de saciar esa nostalgia de infinito.

Debe remarcarse mucho la necesidad de una relación personal con Dios, como camino para la felicidad. Esa realización del ser humano como persona, implica también la relación con las demás personas humanas. Esa relación amorosa con Dios y los demás es esencial para la felicidad. Esforzarse en ese sentido es algo virtuoso, pues es un obrar de acuerdo a su propia identidad.

Infelizmente, hoy en día la noción de virtud, así como la visión misma del ser humano, abierto a la comunión con Dios y los demás, ha sufrido mucho. Un hombre encerrado en sí mismo, egoísta, sólo preocupado por sus cosas, es lo común para la mayoría. Todo lo contrario a la comunión. Esto lo hace incapaz de vivir la virtud. Ya decía el papa Juan Pablo II que ésta es una época en la que se habla mucho del hombre, pero es la época en que menos se lo conoce.

En cambio, el virtuoso vive y se esfuerza por ser fiel a quien es. Es necesario conocerse, conocer la propia identidad, para saber de qué somos capaces. Un hombre que no se conoce, no puede vivir la virtud, y así nunca podrá vivir la felicidad. Vivir la virtud no se trata solamente de conocerse a sí mismo, sino también ejercitar la voluntad. Debemos tener una voluntad firme. Es más, alguien que no tiene mucha capacidad reflexiva, pero usa la voluntad para vivir el amor a Dios y a los demás, viviendo de acuerdo a su identidad, está en el camino a su felicidad.

Pablo Augusto Perazzo

Artículo originalmente publicado por Centro de Estudios Católicos

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