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¿Decides en función del dinero?

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Si no tienes tiempo para tu familia, revisa tus prioridades

Hoy Jesús me habla de un hombre rico que banqueteaba y aparentemente vivía feliz: “Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día.

Un hombre rico que no hacía mal a nadie. Vivía feliz. Vestía ricos ropajes. Banqueteaba. Hacía fiestas para alegrar la vida a otros, su propia vida. Un hombre rico y acomodado. No hacía nada malo. No extorsionaba a nadie. No engañaba.

Un hombre centrado en su camino que dejaba de ver a los que había a su lado. Sí, sólo eso. Sólo había omisión en su vida. La omisión del amor. Y tal vez por eso no lograba cumplir su misión más importante en la tierra. La de cuidar a otros, al prójimo, al que estaba a su puerta.

Jesús acaba de hablar de la misericordia. Del padre del hijo pródigo, del pastor y la oveja perdida. Ha elogiado a un administrador injusto por actuar con astucia. Y acaba de decir que no podemos seguir a Dios y al dinero, porque nos engañamos.

Y hoy me pone el ejemplo de un hombre rico que vivía banqueteando. Un hombre que tenía muchos bienes y parecía feliz.

Jesús no rechaza al rico por ser rico. No se aleja del que posee muchos bienes por el hecho de poseerlos. Compartió su mesa con ricos y pobres. Pero deja bien claro que lo importante es dónde tenemos colocado el corazón.

¿Quién manda en mí? ¿Quién es mi señor? ¿En quién confío de verdad? ¿En el dinero, en el poder? ¿En Dios, en su Providencia? ¿Confío en Jesús y me dejo llevar? Es el desafío en este camino que recorro. Dios es mi ganancia. Y mis ganancias de esta tierra pueden alejarme o acercarme a Dios. Depende de lo que yo haga con ellas.

Decía el papa Francisco: “Cuando el poder, el lujo y el dinero se convierten en ídolos, se anteponen a la exigencia de una distribución justa de las riquezas. Por tanto, es necesario que las conciencias se conviertan a la justicia, a la igualdad, a la sobriedad y al compartir”.

El problema es cuando el dinero me impide pensar en los demás. ¡Cuánto mal me pueden hacer las riquezas! El apego al dinero me embota, me hace esclavo. No quiero perder todo lo que tengo y vivo angustiado. Deseo siempre más. Nada es bastante. Como el rico que amasa su fortuna y no comparte.

Si pesara las cosas con el valor que les da Dios todo sería diferente. Decía el padre José Kentenich: Pesar las cosas en la pesa de Dios: sólo darles el valor que Dios les da. Entonces seré un hombre libre, feliz, estaré con Dios, con una mirada de libertad, con una actitud corporal libre. Entonces estaremos firmemente anclados en Dios, lo veremos, y miraremos al mundo como el mundo es[1].

Si logro darle valor a lo que de verdad importa, todo me irá mejor. Sé que el dinero es parte de mi camino. En la vida tengo que trabajar para vivir mejor, para dar una mejor posición a mi familia, para cuidar a los míos. Eso no lo puedo remediar. Necesito dinero.

Lo importante es si vivo banqueteando sin mirar más allá de mi puerta o comparto todo lo que tengo. Lo que cuenta es si vivo centrado sólo en mi egoísmo o miro más allá y veo al que sufre.

¿Soy esclavo del dinero? Puede que no. Pero necesito darme cuenta de dónde tengo puesto mi corazón. Quiero saber si lo tengo puesto en Dios, en su amor incondicional, o si el dinero se convierte en el criterio decisivo a la hora de tomar decisiones.

Cuando el afán por ganar más dinero me hace renunciar a otros bienes también importantes, como pasar tiempo con los míos, con mi familia, algo falla.

Cuando no dejo de luchar por tener más y me ciego hasta el punto de mentir, o engañar, con tal de obtener ganancia, en ese momento tengo que detenerme y pensar.

Cuando el dinero se convierte en lo único que hace que me sienta feliz, y ya no me importan los amigos, las personas queridas, lo que no produce, algo está comenzando a fallar.

Cuando vivo presumiendo de mi dinero, ostentando lo que tengo, dejando de lado a mi familia por lograr más bienes, no tengo claras mis prioridades.

Cuando pongo mi valor en lo que tengo, más que en lo que soy, en la apariencia más que en la verdad, entonces me estoy equivocando.

Cuando sólo pienso en acercarme a los que más tienen, porque me da prestigio y fama y dejo de lado a los que no me son ventajosos, a aquellos que no me pueden dar nada, y valoro a los demás por el cargo que tienen, por el trabajo que hacen, por el dinero que ganan… significa entonces que mi mundo de valores no es el de Dios.

Cuando mi familia una y otra vez pasa al último lugar en mis prioridades y nunca tengo tiempo para ellos, cuando los descuido con la excusa del trabajo y pierdo la perspectiva adecuada, tal vez en esos casos estoy descuidando mis prioridades y no tengo claro quién es el señor de mi vida.

Jesús no rechaza al rico por el hecho de ser rico. Pero me avisa del peligro que corro cuando el dinero y el poder marcan mi escala de valores y prioridades.

 

[1] José Kentenich, Vivir con alegría

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