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Más guitarra y menos iPad: alimentando la inteligencia de los niños

Devon Christopher Adams
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Las clases de música (y no la interacción con la tecnología) potencian la inteligencia de los pequeños

Varios estudios, de diversas disciplinas, aseguran que, cuando menos, la mitad de nuestro potencial intelectual está determinado genéticamente. Ciertamente, la idea de estar constreñidos por condicionamientos químicos, biológicos, empíricos, puede resultar odiosa y determinista, pero las buenas noticias son que la otra mitad depende total y absolutamente de las relaciones con nuestros padres.

Como explica el psicólogo Álvaro Bilbao en la nota de Abigaíl Campos Diez para El País, con la inteligencia sucede lo mismo que con las variables físicas: “un niño puede llegar a medir un metro noventa, pero si sus padres no lo alimentan bien, no lo logrará”. La pregunta es, entonces ¿con qué alimentar el potencial intelectual de los niños?

La respuesta es sencilla. Al menos, en términos de neurociencia, lo es: hay que acercar a los niños a las actividades que les ayuden a establecer la mayor cantidad posible de conexiones interneuronales.

Cierto, no suena tan fácil. Pero, en español, eso simplemente quiere decir “durante los primeros seis años de su vida, apóyelos, juegue con ellos, socialice, deje que se equivoquen, tírese en el piso, y no deje de dialogar”.

Pero también quiere decir “quíteles el móvil, apague el televisor, e inscríbalo en clases de música”: un estudio de la Universidad de Toronto reveló que niños que habían estudiado piano y canto a tempranas edades obtenían mejores resultados en distintas pruebas de medición de inteligencia que otros que sólo habían atendido sus clases regulares.

Por otra parte, olvídese de esos CD’s y DVD’s de dibujos animados con música de Mozart: no sólo la Academia Americana de Pediatría recomienda que niños menores de dos años no deben ver televisión sino que, además, la mayoría de estos videos han sido retirados del mercado (incluso los que produjo la propia Disney, que tuvo que devolver una importante suma de dinero a los compradores) porque, si bien se comercializaron como “videos educativos”, la verdad es que no tenían ningún efecto positivo en los niños que los veían.

De hecho, la recomendación es que, a partir de los tres años, los niños se expongan, por breves momentos, una vez al día, a series animadas pero preferiblemente en otros idiomas (para estimular el bilingüismo) pero que, antes de dormir, se comparta siempre un breve momento de lectura.

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