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Yo, católico practicante, fui infiel a mi pareja, ¿cómo pudo pasarme?

Anetlanda

Orfa Astorga - publicado el 20/09/16

La infidelidad, una pendiente resbaladiza por la que cualquiera puede caer si no pone los medios para evitarlo

Soy abogado, mi antigua secretaria renunció y, en vez de prudentemente contratar a una persona de criterios correctamente formados y comprobada eficiencia (a quien ya había entrevistado), me decidí por una escultural joven de cabello rubio y graciosos hoyuelos en las mejillas.

Lo hice según yo, para crear un ambiente más juvenil en mi despacho y de paso alegrarme el ojo con su presencia, que ya era una forma de ser infiel, y lo sabía.

La verdad es que honestamente pensé que la cosa no pasaría de ahí, me sentía inmune a cometer un error mayúsculo, como quien puede meter la mano en el fuego sin quemarse.

Mi nueva contratación resultó muy eficiente, tanto que tomó rápidamente el control de mi oficina… también el de mi vida; haciéndome pensar lo contrario, terminé subyugado por sus encantos.

Fue así como comencé con la infidelidad en mi matrimonio, tratando de convencerme de que solo sería una experiencia pasajera que habría de terminar sin dejar rastro, terminaríamos como y cuando ambos lo decidiéramos.

Con una buena formación moral, espiritual, y vida de sacramentos, era lo que menos se podía esperar de mí. Así que cuando la conciencia me molestaba fuertemente, me proporcionaba yo mismo pinchazos de anestesia, para insensibilizarla.

Cada pinchazo me introducía ideas como:

  • Una cana al aire cualquiera, solo es “un detalle”.
  • Mi esposa nunca se enterará: corazón que no ve, corazón que no siente.
  • Mi “aventura” sabe que soy casado, no estoy engañando a nadie, ella está actuando libremente, es adulta, muy discreta y se cuidará de un embarazo.
  • Es tan atractiva, tan angelical, irresistible.
  • La vida es para vivirla, ahora que estoy aún joven.
  • En todo caso, sé que estoy viviendo en pecado, pero igual, será pasajero.

Enfermo de pasión, me hacía un auto lavado de cerebro a base de estupideces, tratando de hacer laxa mi conciencia.

Me convertí en un granuja, que en “su conquista”, actuaba para que pareciera que lo más natural en mí era ser tierno, amable, comprensivo; lo que, según yo, aumentaba mi atractivo. Con mi esposa, me esmeraba más que nunca en aparecer con un porte exterior que hablara de la paz y el orden de espíritu de un buen cristiano. Ella creía en mí.

Fui actor en un triste papel a costa de una verdadera identidad, de mí ser personal. Al hacerlo, di al traste con mis virtudes, alegría de vivir,  mi autoestima, afectando el desarrollo de mis talentos y con ello mi eficiencia profesional.

Obsesionado, me fui alejando de amigos de vida recta, de grupos de cristiandad, de los sanos compromisos sociales, ni que decir de la vida de sacramentos, porque entre no corregir mi vida y atender a mi conciencia, seguía eligiendo la anestesia.

Finalmente, mis cálculos acerca de una experiencia pasajera sin mayores riesgos, resultaron erróneos, pues a medida de que pasaba el tiempo, mi amante comenzó a adquirir poder y control sobre mi vida.

Resultó que ella también había actuado con su propio papel de seductora, el cual dejó a un lado para mostrar su lado exigente, intolerante, egoísta… ¡Qué esperaba yo!

Así, al tiempo que vivía afanándome en ocultar ciertos gastos, cuidar señales en mi ropa, borrar llamadas del celular, whatsapp, correos; vivía también con temor al enojo suyo, una reacción por la que hiciera algo que me delatara. Callaba impotente ante sus desplantes en los que me llegó a injuriar. Había abierto las puertas a una doble vida de esquizofrenia; de conquistador, pasé a ser esclavo servil y temeroso.

El destino me alcanzó cuando ella se encargó de que mi esposa lo supiera. Tristemente, eso me permitió, ya sin nada que ocultar, terminar con la ilícita relación.

Mi esposa no me pidió la separación, y guardando silencio me ha hecho sentir una dolorosa soledad. Concluyendo me dijo que si las cosas no me hubieran salido mal, yo aún seguiría engañándola. Tuvo razón, no fui yo quien corrigió voluntariamente, lo hice a reacción y obligado por las circunstancias, cobardemente. Esta verdad acabó de rematar mi autoestima.

Así las cosas, libre de una pasión, sin anestesia en la conciencia y sin esperar perdón de nadie, empecé a dudar de mí mismo como persona. Una duda tal, que pensé en alejarme dejándolo todo, y huir sin saber a dónde. Quería buscar la paz en algún lugar fuera de mí, en vez de en mi interior.

Desesperado, estaba reaccionando a lo Judas, sólo me faltaba colgarme.

Luego, me acordé de Pedro, de sus traiciones, de la mirada de Jesús sobre él, con la que se sintió absuelto, de su vuelta a la vida. De cómo dio la cara por sus hermanos después de llorar a moco tendido, como los hombres.

En mi mente empezó a tomar cuerpo la idea de que mi alma necesitaba una “extracción de muela”;  que debía de ir a confesión. Pensé primero ahorrarme la humillación haciéndolo en el anonimato de cualquier confesionario, pero decidí ir con aquel sacerdote que tan buen concepto ha tenido de mí, y soltar el “sapo gordo”.  Así lo hice.

Luego lloré a lo Pedro y también decidí dar la cara por mi error. Mi esposa me ha vuelto a contestar con un silencio que ha de ser mi expiación, pero sé que tengo la oportunidad de ahogar con bien todo el mal que pude haberle hecho y conservar la esperanza de su perdón.

A la relación extramarital se llega por un camino empedrado de infidelidades de diferente índole, lamentablemente son errores a los que se les da tono de naturalidad por quienes presumen de “amplio criterio”.

Algunos ejemplos:

  • Compartir confidencias con alguien del sexo opuesto.
  • Convivir a solas, aunque sea en lugar público, con alguien del sexo opuesto.
  • Trabajar junto a alguien por quien se siente atracción.
  • Mirar con deseo lo corporal.
  • Miradas impropias, a los ojos.
  • Ver pornografía.
  • Lecturas obscenas.
  • Asistir a espectáculos inmorales.
  • Coquetear con amistades o desconocidos.
  • Viajar “por negocios” con la sola en compañía del (la) asistente.
  • Amistades del sexo opuesto, no compartidas con el cónyuge.
  • Vestirsin recato para llamar la atención.

La fidelidad es una conquista del auténtico amor, un amor pleno y total.

Por Orfa Astorga de Lira, Máster en matrimonio y familia, Universidad de Navarra.

Escríbenos en consultorio@aleteia.org

Tags:
amor de parejainfidelidadmatrimonio
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