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Papa: La guerra es una vergüenza, en Asís rezamos al “Dios de paz”

SYRIA-CONFLICT

AFP PHOTO / AMEER ALHALBI

Syrian men carrying babies make their way through the rubble of destroyed buildings following a reported air strike on the rebel-held Salihin neighbourhood of the northern city of Aleppo, on September 11, 2016. Air strikes have killed dozens in rebel-held parts of Syria as the opposition considers whether to join a US-Russia truce deal due to take effect on September 12. / AFP PHOTO / AMEER ALHALBI

Radio Vaticano - publicado el 20/09/16

"Es necesario rezar, incluso llorar por la paz, todas las confesiones unidas", afirma Francisco en Santa Marta

De rodillas recemos al Dios de la paz, “más allá de las divisiones de las religiones”, hasta sentir “la vergüenza” de la guerra y sin “cerrar el oído” al grito de dolor de quien sufre. El espíritu con el que el Papa ha partido hacia Asís lo ha explicado el mismo Francisco en la homilía de la misa celebrada este martes en la Casa Santa Marta del Vaticano.

“No existe un dios de guerra”. La guerra, la deshumanización de una bomba que explota provocando muertos y heridas, cortando el camino “a la ayuda humanitaria” que no puede llegar a los niños, a los ancianos, a los enfermos, es obra del maligno que quiere matar a todos”.

Por esto, es necesario rezar, incluso llorar por la paz, todas las confesiones unidas en la convicción de que Dios es un Dios de paz.

No cerremos el oído

El gran día de Asís, 30 años después de que Juan Pablo II inaugurara allí los grandes encuentros interreligiosos impulsados por la Comunidad de San Egidio, empieza en la Capilla de Santa Marta.

“Todos, hombres y mujeres de todas las religiones, nos reuniremos en Asís. No para hacer un espectáculo: simplemente para rezar, para rezar por la paz”, fueron las primeras palabras del Papa en la homilía.

En todas partes, como Francisco pidió en una carta “a todos los obispos del mundo”, hoy se están organizando reuniones de oración que invitan a los “católicos, cristianos, creyentes y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, de cualquier religión, a rezar por la paz”, ya que, exclamó nuevamente, “el mundo está en guerra, ¡el mundo sufre!

“Hoy la Primera Lectura termina así: ‘Quien cierra el oído al grito del pobre, invocará a su vez y no obtendrá respuesta’. Si nosotros hoy cerramos el oído al grito de esta gente que sufre bajo las bombas, que sufre por los abusos de los fabricantes de armas, puede pasar que cuando nosotros pidamos ayuda no obtengamos respuestas. No podemos cerrar el oído al grito de dolor de estos hermanos y hermanas nuestras que sufren por la guerra”, dijo.

La guerra empieza en el corazón

Nosotros la guerra “no la vemos”, sostiene Francisco. “Nos horrorizamos con cualquier acto de terrorismo”, pero esto no tiene nada que ver con lo que sucede en esos países, donde día y noche las bombas caen y caen y “matan niños, ancianos, hombres, mujeres…”.

¿La guerra está lejos?, se preguntó el Papa: “¡No! Está cerquísima, porque la “guerra toca a todos”, “la guerra comienza en el corazón”.

“Que el Señor nos dé paz en el corazón, nos quite todo deseo de codicia, de lucha -pidió-. ¡No! ¡Paz, paz! Que nuestro corazón sea un corazón de hombre y de mujer de paz. Y más allá de las divisiones de las religiones: todos, todos. Porque somos todos hijos de Dios. Y Dios es Dios de paz”.

“No existe un dios de guerra -aseguró-: el que hace la guerra es el maligno, el diablo, que quiere matarnos”.

Sentir la vergüenza

Frente a eso no puede haber ejercicios de divisiones de fe, afirmó Francisco. No basta con dar gracias a Dios porque quizá la guerra “no nos toca”. Demos gracias por esto, pero también “pensemos en los demás”.

“Pensemos hoy, no solo en las bombas, en los muertos, en los heridos, también en la gente, ancianos y niños, que no pueden llegar a las ayudas humanitarias para comer. No pueden acceder a las medicinas. Tienen hambre, enfermos. Porque las bombas lo impiden”, invitó.

“Y mientras nosotros hoy rezamos, sería bueno que todos nosotros sintiéramos vergüenza. Vergüenza de esto: que las personas, nuestros hermanos, son capaces de hacerse esto”, añadió.

“Hoy es un día de oración, de penitencia, de llorar por la paz, día para escuchar el grito del pobre -concluyó su homilía-. Este grito que nos abre el corazón a la misericordia, al amor y nos salva del egoísmo”.

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