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Montenegro: “De Asís un grito de paz contra la injusticia”

Vatican Insider - publicado el 20/09/16

Eminencia, en estos días en Nueva York se está llevando a cabo la Asamblea de las Naciones Unidas. Se trata de la enésima ocasión que tiene la comunidad internacional para afrontar un tema crítico como el de los prófugos; ¿por donde habría que comenzar?

Yo creo que en este contexto la palabra “prófugos” se inserta en una palabra mucho mayor, que es “paz”; entonces, afrontar el problema de los prófugos es construir la paz, no es tanto resolver un problema específico, sino esforzarse para que esta paz se extienda y se vuelva verdadera. Por ello creo que el grito que se eleva desde Asís hoy es justamente este: el de una petición de paz, de la necesidad de paz; conocemos bien los senderos para alcanzarla y sabemos que el de los prófugos es uno de estos senderos que debemos seguir.

Sin embargo en Europa este discurso parece no ser comprendido profundamente, pues prevalece el miedo frente al extranjero, al prófugo, inducida, en parte, por la opinión pública. ¿Cómo se derrota el miedo?

Es el enfrentamiento entre David y Goliat: sí, David, al ver a aquel coloso, seguramente habrá tenido un poco de miedo, pero luego habrá pensado: “Yo soy del pueblo de Israel, él es un filisteo, estamos a la par”, y lo derribó con un guijarro. Si hubiera pensado que tenía enfrente un gigante, se habría escapado. Tal vez nosotros, al ver a estos hombres que vienen a nuestro encuentro deberíamos regular un poco más el discurso: estos prófugos son hombres, nosotros los llamamos hermanos que quieren vivir, y entonces en la palabra “hombre” deberíamos encontrar la clave de lectura correcta. Hay que acordarse siempre de que tenemos frente a nosotros a un hombre como nosotros.

El Papa en Asís hace un nuevo gesto, que va más allá de la diplomacia, de la política: almorzará con 25 prófugos. ¿Cuál es el mensaje que está dando?

Yo recuerdo a monseñor Tonino Bello, que hablaba de la convivialidad de las diferencias y decía: “No es solo servirles en la mesa, es ponerse a comer con ellos”. Solo de esta manera se crea comunión, y creo que el gesto del Papa es un gesto que ya, afortunadamente, se hace en muchos lugares, en donde acogemos a los otros y los otros nos acogen estando juntos. Y creo que si se multiplican estos momentos se va construyendo la paz.

Muchos de los problemas de los que hablamos derivan de muchos conflictos actuales. Si no se interviene para detener las guerras, estos miedos, estos flujos imprevistos de migrantes no se detendrán. Pero la comunidad internacional, en este aspecto fundamental, parece inmóvil…

Pero, ¿la guerra es la primera estación o la segunda? El punto de partida, en realidad, es la injusticia, porque es esta la que provoca las guerras. Está demostrado que el mundo se regula según la injusticia: los ricos y los pobres, los poderosos y los débiles. Mientras sigan existiendo estas diferencias las guerras continuarán. Y tendremos cada vez más prófugos. Entonces el problema es regular todo sobre la justicia. Los Estados más poderosos no pueden aprovecharse de los débiles, por su bienestar y por su progreso. No podemos solo chupar lo que necesitamos de ellos y no dar lo necesario. Pongamos un ejemplo: en el comercio, si yo le compro una casa a usted, yo me vuelvo más rico gracias a lo que usted me da, y también usted, porque yo pago lo que compro. En este comercio que hay en el mundo, digamos, ¿cómo es posible que algunos se vuelvan más ricos y otros siempre más pobres? Es la consecuencia de un comercio equivocado, injusto; en el primer caso, de hecho, cuando se trata de nosotros, ambos nos vamos contentos, estamos a la par. Pero, ¿en el segundo caso? Esta gente sigue dándonos y luego tiende la mano porque tiene hambre. Y yo digo que ellos vienen acá a pedir los intereses de lo que nosotros hemos tomado, y no tenemos que maravillarnos de que suceda.

Está también el problema de la relación con el islam, relacionado con estos temas y presente aquí en Asís. ¿Es posible decir que los derechos humanos pueden ser una clave de lectura común, en Europa y en el Medio Oriente, en África, un terreno común en el que trabajar juntos?

Yo creo que sí, es uno de los senderos que hay que seguir: si el objetivo es el mismo, es único para todos, encontraremos una manera para salir adelante y llegar a esa meta que es la paz. Los pobres tienen la fuerza de reunirnos y no de dividirnos. Si nosotros los creyentes, con el Evangelio en la mano, creemos en esto, nos damos cuenta de que necesitamos de ellos incluso para modificar las relaciones entre nosotros, porque el peligro es este, en una sociedad como la de hoy: si excluimos hacemos lo mismo en nuestro interior, si uno es más feo que otro, no tiene suerte en el trabajo; si es más pobre, se queda atrás; si es un discapacitado, no cuenta nada. A fuerza de hacer estas selecciones nos pondremos el pie a nosotros mismos, se convertirá en una norma para todos, y así volverá el viejo oeste. 

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