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Los cristianos mexicanos alcanzan la mayoría de edad

AFP PHOTO / Hector GUERRERO
Catholic activists march to protest against President Enrique Pena Nieto proposal to legalize same-sex marriage, in Guadalajara, Mexico, on September 10, 2016.
Pena Nieto proposed -last May- a constitutional reform that would legalize same-sex marriage nationwide after the Supreme Court ruled last year that state bans were unconstitutional. Currently only a handful of the country's 31 states and Mexico City allow such weddings. / AFP PHOTO / Hector GUERRERO
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Reflexiones y precisiones sobre la gran marcha por las familias mexicanas

El pasado fin de semana, en marchas por 120 ciudades de México, más de un millón de personas se declararon a favor de la familia natural, el derecho de los padres a educar a sus hijos y la derogación de una iniciativa de ley que equipara el matrimonio con la unión de personas del mismo sexo.

Una de las voces más connotadas del catolicismo mexicano, la del historiador e investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México, Jorge Traslosheros Hernández, ha dicho en entrevista que “nadie puede pasarlas por alto sin abofetearse con la realidad, por muy acendradas fobias que tengan contra los cristianos, por muy progres que se consideren”.

El hecho, así sea por el número de personas que se congregaron en las principales capitales del país, en preparación a la marcha nacional que tendrá verificativo el sábado 24 de septiembre próximo, merece una serena reflexión. Y es Traslosheros Hernández quien responde a Aleteia:

–Muchos consideran las marchas como un fracaso, sobre todo, dicen, porque caldearon aún más los ánimos de un país de por sí violento… ¿Cuál es su opinión al respecto?

Estas marchas, extendidas por gran parte del país, fueron un éxito. Representan diversos y muy importantes sectores de la ciudadanía, cuyas voces merecen ser escuchadas con atención y no despreciadas con ascendente agresividad, como ha sucedido en algunos medios.

–Por fortuna, hasta ahora, no ha habido incidentes…

Por su organización y realización, nos han dejado una gran lección de civismo. Es evidente que los ciudadanos sí podemos expresarnos con claridad en la calle, sin necesidad de fastidiarle la vida a nuestros semejantes.

–¿Los cristianos, los católicos que somos la mayoría en México, hemos alcanzado la mayoría de edad como ciudadanos?

Sí. Incluso me atrevo a decir que las marchas del pasado 10 de septiembre pueden ser decisivas para superar el más grave mal que ha afectado a los católicos desde mediados del siglo pasado, como es el catolicismo vergonzante. Esa esquizofrénica costumbre de divorciar nuestra fe del testimonio público, convirtiéndonos en ciudadanos autoexcluidos, infantilizados y de segunda mano.

–¿Abonan en algo a nuestra alicaída democracia?

Por supuesto. Incluso entre algunos, pocos, de los más feroces detractores se aceptó el derecho que nos asiste a manifestarnos en la arena pública, en ejercicio de nuestra libertad de expresión, manifestación, organización y de religión. Claro, después nos llenaron de adjetivos horrorosos; pero no me parece tan importante. El sólo hecho de que acepten nuestra plena ciudadanía ya es una sorprendente novedad y una rendija abierta al encuentro. Los católicos estamos llamados a construir puentes, incluso ante quienes se empeñan en dinamitar los caminos.

–¿Quién salió raspado?

El Consejo Nacional Para Prevenir la Discriminación (CONAPRED) y no porque alguien le haya echado sal, sino por su propia mano. El CONAPRED se ha erigido ya en la policía del pensamiento único en México. Debería ser un ágora de la diversidad de nuestras voces, un lugar de encuentro, pero se ha convertido en promotora de la diatriba y la intolerancia contra quienes se atreven a tocar con el pétalo de una letra, o de una palabra, las normas de corrección política, sin importar mucho que se trate del director de un canal de televisión o de un montón de ciudadanos.

–Pero, ¿qué no se supone que defiende la diversidad y los derechos humanos?

Con su policiaca actitud, el CONAPRED abona decisivamente al desprestigio de los organismos defensores de los derechos humanos en México y, con ello, de los derechos humanos mismos, de por sí en grave crisis de credibilidad entre los ciudadanos, con independencia de su credo político, cívico o religioso. El asunto es muy grave, porque los derechos humanos son el primer y último recurso que los ciudadanos tenemos para defendernos de los instintos autoritarios que abundan entre quienes detentan el poder del Estado. Su manipulación para imponer una ideología única sólo ayuda a complicar la situación del mexicano del común, ya de por sí muy jodida.

–Una pesadilla. Las instituciones defensoras de los derechos humanos convertidas en adalides del pensamiento único y agentes de la persecución ideológica…

No sería la primera vez que un régimen autoritario se levante usurpando discursos de justicia, seguridad, igualdad y equidad. Es tiempo de sonar alarmas. El huevo de la serpiente del autoritarismo está siendo incubado. Creyentes, agnósticos y ateos, ciudadanos comunes de pleno derecho, haríamos bien en llamar a la civilidad, el diálogo y el encuentro, para tender puentes que comuniquen a las personas, sin que nadie tenga que renunciar a su propia identidad.

–Cuál fue el logro principal de estas marchas?

Algo que parecía impensable: poner en el centro del debate nacional el tema de las familias y su bienestar. Sin embargo, existe el riesgo de que el recién nacido muera en manos de los guardianes del pensamiento único. Para evitarlo será necesario profundizar, meterle inteligencia al asunto y ganar claridad en los planteamientos de manera incluyente, justa y misericordiosa.

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