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¿Hay lugar para Dios en Hollywood?

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La guionista Barbara Nicolosi muestra a Aleteia la realidad de la fe en el cine

Tras más de dos décadas en Los Ángeles, Barbara Nicolosi conoce el panorama cristiano en Hollywood tremendamente bien, en especial por ser fundadora y presidenta emérita de Act One, Inc., un curso de formación y orientación, sin ánimo de lucro, dirigido a cristianos en sus carreras como guionistas y ejecutivos de Hollywood. Nicolosi ha sido analista de guiones, ejecutiva de una productora y asesora en proyectos de entretenimiento y medios de comunicación, entre los que se incluyen La pasión de Cristo y programas televisivos como Joan de Arcadia y Salvando a Grace.

Nicolosi es miembro del gremio de escritores estadounidenses Writers Guild of America-West y ha escrito guiones para productoras dentro y fuera de Hollywood. Su proyecto más reciente es un largometraje adaptación de las memorias de Sheldon Vanauken, A Severe Mercy, para la productora Origin Entertainment. Se prevé que el rodaje de su guion para televisión, Fatima, se realice a finales de 2016 en Roma.

Actualmente es profesora asociada en el Honors College de la Universidad Azusa Pacific, en Azusa, California, y obtendrá su doctorado en Escritura Creativa por la Universidad Bath Spa de Reino Unido en febrero de 2017.

Allá por 1998, cuando conocí a Nicolosi, formaba parte de un grupo secreto en Hollywood denominado InterMission, una hermandad de cristianos en la industria del entretenimiento. Y con lo de “secreto” no bromeo: las reuniones del grupo se producían con el mayor de los sigilos y los nombres de los miembros nunca fueron publicados ni comentados públicamente. Si eras cristiano en Hollywood, ciertamente no lo proclamabas a los cuatro vientos.

Luego nació Act One y, ocho años más tarde, InterMission dejó de existir. Había muchas razones para ello, pero una de las más importantes era el éxito de Act One y el de otros grupos progresistas de cristianos que trabajaban por legitimar la labor de los cristianos en Hollywood como pensadores ingeniosos en el ámbito de la narración y el relato de lo bello.

Ha llovido mucho desde entonces para los cristianos en Hollywood, pero ¿en qué situación nos encontramos hoy en día exactamente? ¿Cómo han influido los cristianos a la industria del entretenimiento? ¿Cuál es el siguiente paso? Hace poco me reencontré con Nicolosi y le planteé estas preguntas. Aquí está la primera de dos partes en las que se recoge nuestra conversación.

Los cristianos llevamos mucho recorrido, pero ¿en qué situación estamos exactamente ahora?

Cuando llegué a Hollywood por primera vez, nadie en la industria dominante quería tocar ningún proyecto que contuviera de forma explícita nada de espiritualidad o religión. Dios había muerto de verdad. Empecé en el negocio trabajando para el sacerdote Bud Kaiser, en Paulist Productions, que me dijo una vez que la religión era el peor tostón que podía haber en una película.

Lo dijo en el contexto de una conversación sobre su película La fuerza de un ángel, sobre Dorothy Day, en la que yo trabajaba. Yo dije que “en realidad no hay mucho en ella que motive a la espiritualidad en esta película; todo va sobre su labor como trabajadora social, lo cual no es un retrato sincero de ella”.

Y él dijo que algo así mataría la película. Bueno, la película murió de todas formas… sobre todo por el terrible acento francés de Martin Sheen… (risas)… No, en realidad fue por el gran estreno de Beavis y Butthead recorren América, que fue ese mismo fin de semana y nos hizo perder todos nuestros teatros.

Lo que cambió el curso de las cosas fue este fenómeno curioso de La Pasión de Cristo, Narnia y El señor de los anillos, que fueron los mayores éxitos de taquilla durante cinco años seguidos y entonces todos en la ciudad “pillaron lo de la religión”.

Por todos lados había murmullos diciendo que “al público de La pasión le va a encantar esto”. Así que a continuación llegó una avalancha de películas malísimas realizadas por estudios de Hollywood sin ningún respeto ni conocimiento auténtico de lo que es en realidad una película imbuida de fe.

Películas como El reino de los cielos, El libro de Eli, Noé, Exodus: Dioses y reyes. Y el desastre más reciente, Ben Hur. Recuerdo que durante la promoción de Constantine, el publicista, que me conocía, me dijo “Barbara, esto te va a encantar; ¡tiene cosas de las tuyas por todas partes!”. Y yo pensé, “¿Cosas de las mías? ¿Qué quiere decir eso?”. Bueno, era una película con Keanu Reeves donde había demonios, tableros de ouija, agua bendita, cruces, incienso, espiritismo…

Apretujaron ahí dentro cualquier cosa relacionada con cualquier religión. Así que, este tipo de películas fracasaron todas, y entonces todo el mundo en Hollywood empezó a decir que lo de la fe había sido cosa de chiripa, que en realidad el éxito se debía al fenómeno Mel Gibson. Pero entonces presenciamos el surgimiento de los proyectos evangélicos marginales…

Lo que sucedió fue que el mundo evangélico empezó por su cuenta una guerrilla cineasta y descubrió una forma de obtener beneficios al hacerlo. En comparación con las películas convencionales, por lo general las cifras son pequeñas, pero los estudios se percataron y han estado encantados de distribuir las películas a los cristianos y hacer algo de dinero en este espacio. Ahora casi todos los estudios tienen una división de fe donde buscan contenidos para este nicho de mercado.

Esto es a la vez bueno y malo. La parte buena es que la industria mainstream está hablando con personas de fe en lugar de pensar que nosotros somos el mal del mundo. La parte mala es que estamos marginados, de forma que cuando les traes un proyecto realmente bueno como Mary Mother of Christ [María Madre de Cristo] o A Severe Mercy, te dicen, primero, “Esto es demasiado inteligente para los Cristianos; no quieren cosas que desafíen su inteligencia”, y segundo, “Puedes cumplir con este público por mucho menos de lo que costará esta película”. He escuchado personalmente las dos cosas por boca de ejecutivos de estudios.

Así que, en otras palabras, lo que te dicen es: “¿Por qué deberíamos gastarnos 40 millones en una película de fe o con aspectos trascendentales cuando podemos hacerla por 2 millones sin ninguna estrella de cine, ningún director relevante, sin un guión bueno y lo único que hay que hacer es poner algunas citas bíblicas dentro e inventar un pequeño melodrama con el que ganaremos 30 millones?”. Y esto es terrible y devastador para la Iglesia, para el arte y para la sociedad en su conjunto, porque impide que obras hermosas e inspiradas en la fe reciban un tratamiento serio.

Y hay otro aspecto terrible: lo que han aprendido los cristianos es que la forma de hacer dinero con las películas es convertirlas en armas arrojadizas. Haz una película malísima, pero llámala God’s Not Dead [Dios no ha muerto] y luego di a la comunidad católica que vaya a los cines a darle apoyo para “enseñarle a Hollywood”.

Lo que intentan es encontrar el resorte político que convierta a una película en algo en torno a lo que el público cristiano se manifieste, en vez de intentar crear una obra hermosa. La verdad es que no necesitamos ninguna manifestación, lo que tenemos es que experimentar el remordimiento por nosotros mismos y tenemos que atraer a otras personas que no tienen fe en lo que nosotros creemos.

Así que lo que dices es que aquí se ha perdido el arte, la belleza.

Sí, ni siquiera están en el punto de mira, lo cual es profundamente triste. Dostoievski dijo que la belleza salvará al mundo, pero es que ni siquiera aspiramos a eso; a lo que aspiramos es a ganar puntos en una lucha política. Y ya la hemos perdido.

¿Queda lugar para que las películas hablen a la congregación y no a la cultura?

Claro. Pero lo que deberíamos estar haciendo es elaborar películas que hablen a diferentes grupos de personas a diferentes niveles. Flannery O’Connor lo consiguió hacer de forma magistral. Si eres pagano, aún puedes sentir el pinchazo del conflicto humano en sus historias. Si eres cristiano, puedes discernir todo un nuevo nivel que habla de la gracia. Y si eres católico, podrás sentir las dos cosas y también una satisfacción vanidosa de saber que ella era de los nuestros… ¡Es broma!

El tipo de obras que deberíamos estar haciendo no debería tratar de buscar la de nuestra gente, sino causarnos vergüenza por no haber cumplido nuestras aspiraciones. Recuerdo una lectura de un libro de teología, hace unos años, donde se decía que el objetivo de la liturgia católica es infundir en la gente el sentido de soberanía y majestad de Dios, y también inspirarles el sentido de su propia necesidad y desolación. Sin el segundo, nos haría sentir altaneros, sin el primero, nos haría desear la muerte y nos sentiríamos inútiles para la evangelización. Pero si tenemos los dos, entonces tenemos discipulado. Creo que el caso es el mismo para las historias que deberíamos estar contando.

Creo que la fórmula debería consistir de dos elementos: la belleza ha de estar unida a una de nuestras presunciones fundamentales y definitorias. Hay algunos temas que podemos tratar con un poder y una convicción particulares, porque nos definen como cristianos. Yo he identificado ocho. Uno es de O’Connor, “la gracia siempre está ahí fuera”. Entonces, por ejemplo, haces una película en la que hay una extraña presencia persistente que lucha por las personas, al igual contra el diablo, la carne y por el mundo. Es misterioso, pero no puedes explicarlo enteramente en términos del “triunfo del espíritu humano”. Así sería una película cristiana si es también hermosa. Y con hermoso me refiero a algo completo, armonioso, radiante, de acuerdo a la filosofía tradicional.

Otro ejemplo, otra de nuestras presunciones definitorias, es “alegría y sufrimiento inextricablemente ligados”. Pixar habló de esto por nosotros en Inside Out [Del revés], porque nosotros no lo decíamos, pero el tema era el mismo, que no puedes tener una dicha completa a no ser que aceptes el sufrimiento. Casi me caí de la silla; además del hecho de que toda la estructura de la película sobre las cajas de memoria era la última sección de Confesiones de san Agustín. Así que, según mi parecer, en lo que se refiere a ‘nuestras cosas’, no se trata sólo, o principalmente, de “oye, tenemos que hacer películas de la Biblia y de santos”. No, tenemos que tejer historias que pongan en el mundo, de forma evocadora, inquietante y hermosa, lo central de nuestras creencias.

¿Qué hay del arte sacro? ¿Hay lugar para él en el cine?

Sí, ¡pero más vale que no sea una bazofia banal! Debería inclinarse marcadamente hacia el lado del arte, en oposición a los lados de la narrativa y del entretenimiento.

Los taquillazos del verano se han caído de bruces este año, ¿qué ha faltado?

La audiencia global ha estado rechazando casi frontalmente la fórmula del taquillazo durante este último par de años. Gracias a Dios. Hemos visto esta tendencia desde 2012 y este año casi todos los presuntos éxitos asegurados de los estudios han sido un desastre, con la excepción de Buscando a Dory, de Pixar. Parece ser que los cinéfilos por fin se han cansado de las películas de acción y espectáculo.

En una descripción de Aristóteles de los elementos de una historia, el espectáculo es lo último de los seis elementos que lista. Están la trama, el personaje, la temática, la elocución/diálogo, la música/tono y el espectáculo. En Hollywood, desde Tiburón, el espectáculo venido siendo cada vez más el elemento principal, y luego el personaje —porque es un negocio movido por las celebridades—, y luego mucho más abajo encuentras los asuntos de la trama. Y el último elemento en estos días es la temática: ¿de qué va esta película y por qué debería importarme? Aquí está el problema, las historias hoy en día no tratan de nada más que del momento. Y el público lo está rechazando en masa.

Lo que salvará a la industria es la temática, porque la mayor parte del dinero en Hollywood se ha agotado y las películas se financian en acuerdos globales. Las temáticas humanas buenas, sólidas, universales, ofrecen a las películas un atractivo más allá del sector demográfico de varón entre 18 y 35 años, que lleva siendo el blanco de la industria durante décadas. Pero el problema —y me topé con él durante mi programa de doctorado en uno de los programas de escritura creativa de referencia en Europa— es que la academia está fabricando personas para que sean narradores en una cultura alimentada con la idea de que no existe cosa alguna como la naturaleza o la historia humanas. Una historia es cualquier cosa que uno quiera que sea, lo que, en última instancia, termina por significar que una historia no es nada.

Pero las personas están sedientas de historias porque, como señaló Aristóteles, la naturaleza humana se siente motivada hacia ello y, en este caso, la gente recurre a las películas para encontrar algo con lo que alimentar su necesidad. Sin embargo, la mayoría de las veces, cuando vamos hambrientos al cine, salimos aún con hambre y encima también asqueados. Así que, ¿por qué no interviene la Iglesia y rellena ese vacío? ¿Por qué no decimos a las personas cómo hacer una buena historia? Esto es lo que tendríamos que estar haciendo. La Iglesia debería servir a la cultura.

En breve, la Parte 2 de la conversación de Aleteia con Barbara Nicolosi 

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