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Tiene cáncer y lleva esperanza a las cárceles hacinadas

Foto gentileza Rosa Churampi

Esther Núñez Balbín - publicado el 14/09/16 - actualizado el 20/06/18

¿Es posible encontrar el sentido de la vida tras los barrotes de una celda?

A veces hablar no lo es todo. Lo mejor es escuchar. Cuando escuchas aprendes del otro. Vas a su encuentro. Así lo cuenta Rosa Churampi.

“Era como si empezara a cogerlos de la mano”, dice la terapista. “Recorría junto a ellos cada instante de ofuscación y soledad”. Y es que durante cada sesión le tocaba ingresar al profundo hoyo en el que sus mentes estaban sumergidas, dentro del penal San Pedro en San Juan de Lurigancho, ubicado en la periferia de Lima capital del Perú. Ella quería rescatarlos.

“No veo a delincuentes sino a seres humanos. Estaba en la `lata´ cuando ingresé por primera vez al centro de reclusión que alberga a 10.000 reclusos. Los jóvenes y adultos iban y venían, caminaban de un lado para el otro, esperaban a ser clasificados según la gravedad de sus faltas. Me sentí parte de ellos. Aquí llegaban todos los que por primera vez experimentaban la prisión. Y yo llegué junto con ellos”, expresó.

¿Los fríos barrotes de una celda pueden doblegar al ser humano? Desde hace 8 meses Rosa visita el penal. “A veces, no sólo se pierde la libertad cuando se está preso, sino más bien cuando no encuentras el sentido. Lo entendí cuando me dijeron que era paciente oncológica”, recuerda la logoterapeuta.

El sentido de la vida entre barrotes

Rosa vive dándole batalla a un cáncer de amígdala desde hace 5 años. Cuando comenzó a preguntarse, para qué esta enfermedad, comprendió que era para dar lo mejor de sí, al ayudar al otro a encontrarle sentido a la vida. Levantar la lámpara y ubicar el camino era el reto.

Cuando terminaba de estudiar logoterapia decidió hacer sus prácticas en el pabellón 14 del establecimiento penitenciario, uno de los más hacinados del país, dentro de un programa de ayuda terapéutica.

“Conocí entonces a Mauro (21 años) condenado a 8 años, lo quería todo; carro, casas, moto, ropa. Le hizo creer a sus padres que trabajaría, sin embargo, se dedicó a robar. Era la primera en conocer esta verdad».

“Mi intención era rehumanizar a los jóvenes. Al comienzo no fue fácil, varias veces me estrellé, aprendí de ellos, convivían con la soledad”. Tenía 6 jóvenes a mi cargo, dos de ellos habían sido condenados a prisión por 8 años y durante ese tiempo su familia no venía a verlos. Estaba Angelo (26 años) y 8 de condena, Jorge de 32 tenía 15 años en el penal con 4 ingresos, Michel sufre de tuberculosis con 12 años recluido, José Luis (28 años) primer ingreso, próximo a salir, le dieron 4 años de condena. Cada uno con una historia.

¿Ganamos o perdemos recluidos?

“En prisión se sufre, pero también se ríe. No sólo se vive arrepentido sino aprendiendo a rehumanizarse. Los internos reconocen que se equivocaron y se volverán a equivocar y cada vez que se equivocan adquieren experiencia de vida. El deseo de acompañarlos y ayudarlos fue lo que me cambió la vida”, indicó.

“Saber elegir con libertad, distinguir a la persona como ser único e irrepetible, saber que nos vamos construyendo con el otro. Sanar por medio de vínculos, y sobre todo elegir con responsabilidad es lo que día a día aprendo en prisión”, contó para Aleteia esta mujer, madre de cuatro hijos a quien el cáncer no la ha vencido.

“Rescatar el sentido de la vida, cuando se ha perdido la libertad no es posible si el ser humano no se vuelve a redescubrir por sí mismo. Y en ese camino andamos. Son ellos mi mejor terapia”, concluyó.  

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