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The get down y la liberación por la música

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Una serie que nos sumerge en el Bronx neoyorquino de finales de los setenta

The get down (2016-) es lo último de Netflix, una teleserie de la que se pueden ver en esta plataforma los seis primeros capítulos de los doce que componen la primera temporada (para el resto habrá que esperar a 2017). 120 millones de presupuesto. Iguala a Juego de tronos (2011-) en presupuesto por capítulo.

El resultado es una bomba. Una historia de amor de las que le gustan a uno de sus creadores, Baz Luhrmann, director de Moulin Rouge (2001), que le sirve en este caso de pretexto para introducirnos en el trepidante relato del sueño americano de cada uno de los jovencísimos integrantes de la pareja, Mylene y Ezequiel, dos habitantes del Bronx a finales de los setenta.

Contra series como The Wire (2000-2006), que optan por mostrar los barrios bajos de Baltimore lanzando al espectador a una reflexión crítica sobre la sociedad americana, The get down opta por un camino menos apocalíptico, y, pese a sumergirnos en el Bronx neoyorquino de finales de los setenta, con escenarios muy parecidos a los que vemos en los periódicos cuando se nos habla de la guerra de Siria, esta serie intenta explicarnos, a través de un grupo de amigos sumidos en un caos de grafitis, drogas, bandas, calor, apagones, saqueos, incendios provocados y edificios derruidos, que, como dice el título del piloto, “cuando hay ruinas, hay esperanza de encontrar un tesoro”.

Tanto Mylene, hija de un pastor protestante puertorriqueño con una voz de oro, como Ezequiel, huérfano dotado para las letras y las ideas, habitan un mundo en el que el crimen está normalizado, pero lo hacen sin renunciar a sus sueños. La primera quiere convertirse en diva de la música disco, el segundo se debate entre ser letrista de música rap, un género del que en esta teleserie se nos retrata el surgimiento, o nuevo líder de la comunidad. Persiguiendo esas dos ilusiones se devoran los capítulos de casi una hora como si fueran anuncios cortos.

Los planos centellean en esta sucedáneo de Vinyl (2016) que supera al original. El ritmo es trepidante. Lo visual es fascinante. Contra las fotografías de parterres desolados resaltan las ambientaciones de interiores, coloridas y estroboscópicas hasta niveles similares a los de las mejores actuaciones de Moulin Rouge. Todo el metraje está plagado de recursos irónicos e inesperados que nos transportan a aquellos remotos momentos de nuestra historia compartida.

A este respecto es especialmente notorio el tercer personaje protagonista, Shaolin Fantastic, un chico que se gana la vida trabajando para Fat Annie, la mafiosa de la zona. Shaolin siempre va vestido de rojo, con sus zapatillas Puma impolutas, y con su cinturón con la foto kung-fu en la hebilla. Es amante de su jefa, que le triplica la edad.

Es un mítico grafitero que abandona su arte porque quiere seguir los pasos del DJ Grandmaster Flash. Baila y se mueve ágilmente como si fuese un superhéroe de cómic de dudosa moralidad, hasta el punto de que sus movimientos bruscos van acompañados en los primeros capítulos del sonido de efectos especiales típicos de las luchas de artes marciales de las pelis de Bruce Lee de nuestra infancia.

Todo sucede en el Bronx del año 77, que se ha demostrado la cuna de muchos líderes políticos, artistas e intelectuales, pero que entonces no era más que un hervidero de juventud e ideas, muchas veces más allá de la ley. The get down es la historia de una liberación comunitaria e individual de muchas opresiones, en gran parte originadas en el modo de vivir de los “blanquitos”.

La liberación de las cadenas de la pobreza y la miseria. La liberación de una interpretación demasiado mojigata de la moral evangélica. Liberaciones todas ellas vehiculadas por la música, lugar de la salvación en el mismísimo infierno.

Además, de la misma tacada, The get down también nos muestra -de forma entusiasta- la histórica liberación de la sexualidad tradicional y el nuevo poder que en el gremio de la música protagoniza el gremio de DJs homosexuales. Todo al son de un fantástico hit que se te mete en el cerebro y ya no te lo puedes sacar: “Set me free”.

Vibrante. No perdérsela.

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