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Sin muertos no hay carnaval: Cordero y el nuevo cine de la marginalidad

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El director ecuatoriano presenta la hasta ahora más ambiciosa producción de su carrera

Sebastián Cordero es sin duda el director más importante de Ecuador. Su opera prima Ratas, ratones y rateros (1999) significó el renacer del cine ecuatoriano después de una muy larga temporada en la que apenas se estrenó una que otra película importante como es el caso de Entre Marx y una mujer desnuda (Camilo Luzuriaga, 1995).

Ese primer film será la incursión de Cordero en un estilo que retoma ahora en Sin muertos no hay carnaval y que el teórico ecuatoriano Christian León denomina “cine de la marginalidad” y el cual es caracterizado por hacer de “los huérfanos, de los olvidados, de los desempleados, de los delincuentes sus personajes principales. Al poner en primera fila a estos individuos disfuncionales muestra una realidad social y cultural que tiene existencia propia al margen de la racionalidad productiva de la modernidad” (página 13).

Es este un cine que tiene dos importantes antecedentes: a) el neorrealismo (basta ver la casi coincidencia de la frase de León con una de Cesare Zavattini quien dijo que “…el neorrealismo, en contacto con la realidad, descubrió sobre todo, hambre, miseria y explotación por parte de los ricos”) y b) Los olvidados (Luis Buñuel, 1951), film que gracias al genio preconizador de su autor se adelantaría en un par de décadas a una sensibilidad que solo a finales de los sesenta permearía el cine latinoamericano en las obras del tercer cine.

Cordero aparece en el panorama del cine latinoamericano en un momento en el que también surgiría Alejandro González Iñárritu, quien un año después de Ratas, ratones y rateros estrenaría su película Amores Perros (2000), ambos filmes muy similares en cuanto a su cercanía a los márgenes de la sociedad y a su novedoso uso del género de acción como clave con la cual identificarse con una audiencia que apenas se estaba recuperando de Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1995) y pedía más estimulación visual.

En este caso, el ambiente en que se desarrolla la historia es la ciudad de Guayaquil, la urbe más industrializada del Ecuador y la que tiene más habitantes. Como es de suponer, estas típicas características de una urbe latinoamericana vienen con su buena dosis de pobreza y cordones de miseria alrededor de la ciudad, entre ellos invasiones en las que viven los más pobres de los pobres.

Ahí un empresario joven decide negociar el desalojo de unos lotes de tierra con Terán (Andrés Crespo), el líder de los invasores, un hombre sin escrúpulos que por cumplir sus ambiciones termina abriendo la caja de pandora en un desenlace que resulta de la explosión de sentimientos hasta momento ocultos como el rencor y el odio de clases.

Cordero logra plasmar la ciudad de Guayaquil y sus tensiones sociales en una historia de personajes sordos a los reclamos del otro que parecen no darse cuenta de la seguridad de un desenlace no muy favorable.

Tal vez sea esta cinta una fábula que nos muestra lo que ocurre si no entendemos, como le pasa a los personajes de Sin muertos no hay carnaval, que habitamos juntos el mundo y juntos debemos conseguir soluciones a nuestros problemas.

El propio Cordero ha admitido que este film es el más ambicioso de toda su obra y eso se nota, a lo cual podemos añadir que es tal vez su mejor obra desde el punto de vista tanto del guión como de la factura. Una película sin duda digna de que todo espectador avezado le dedique un par de horas de su tiempo.

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