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Comunión a los divorciados, ¿qué es lo que pide el Papa Francisco?

© Philippe Lissac / Godong
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La interpretación correcta del capítulo VIII de Amoris Laetitia, según el propio pontífice

Los obispos de la región de Buenos Aires han publicado un documento con la intención de orientar a sus sacerdotes y colaboradores en la aplicación del Capítulo VIII de Amoris Laetitia.

Ya lo conocen, es el capítulo que trata -entre otras cosas- sobre la situación de los divorciados dentro de la Iglesia y que ha sido comentado, discutido y en ocasiones criticado por algunas personas que reclamaban una clarificación de sus puntos esenciales.

Ciertamente a nosotros no nos parecía que fuese precisa ninguna aclaración posterior, porque el texto hablaba por sí solo, pero el documento que estamos comentando será de gran ayuda para aquellos que necesitaran conocer con mayor detalle la posición del Papa

El motivo es que el propio Francisco parece haber avalado la interpretación que los obispos de Buenos Aires acordaron y que le dieron a conocer, y lo ha hecho con una carta en la que utiliza una expresión que deja poco lugar a confusiones: “El escrito es muy bueno y explícita cabalmente el sentido del capítulo VIII de Amoris Laetitia . No hay otras interpretaciones.”

¿Cuál es el contenido de dicho escrito? ¿Solventará las discusiones proporcionando una interpretación clara de la situación de los divorciados que se han unido a otra pareja?

Los criterios son muy concretos -tanto como es posible- y, como cabría esperar y hemos señalado desde estas páginas en repetidas ocasiones (ver aquí), no suponen un cambio doctrinal en el seno de la Iglesia, sino una mirada pastoral de misericordia y acogida hacia personas que desean acercarse a Dios y temen ser rechazadas en las comunidades y grupos parroquiales por un exceso de moralismo.

La primera idea es que en la Exhortación no se habla de dar o no dar una especie de “permiso” para acceder a los sacramentos. Lo importante es la acogida dentro de la comunidad eclesial y el acompañamiento del algún sacerdote, porque no hablamos de obtener un “ticket” que permita comulgar, sino de acercarse a Dios en conciencia para reanudar y profundizar la relación personal con Él.

En segundo lugar hay que partir de la confianza en las buenas intenciones del penitente -como tantas veces repite Francisco en el libro-entrevista “El nombre de Dios es Misericordia”. Quien se acerca a la confesión, quien solicita la ayuda de un sacerdote, desea sinceramente ser escuchado y acompañado con caridad y sinceridad. Así se inicia un camino que puede acabar o no en los sacramentos.

Es el pastor, atento a las circunstancias personales de cada miembro de la pareja, quien debe valorar cuidadosamente el recorrido a seguir según los casos. Puede ser conveniente, sobre todo si ambos son cristianos con una firme vida de fe, proponer la continencia, abriendo siempre el camino de la confesión cuando se falle en tal propósito.

Sin embargo, hay que contar con otras circunstancias que también son posibles y que merecen ser tenidas en cuenta. Puede ser que nos encontremos ante una situación que atenúe la responsabilidad o la culpabilidad de manera que no exista pecado mortal en la ruptura del vínculo matrimonial, o que se retorne a la fe después de haber iniciado una nueva convivencia en la que hay hijos y otra pareja que no tiene por qué sufrir daño injusto.

Tenemos que recordar que el pecado mortal, que impediría comulgar, supone que se da un pleno conocimiento de la maldad del acto que se realiza y un deliberado consentimiento al mismo. En casos como los indicados y otros que pueda presentar la multifacética realidad, cuando el sacerdote o confesor discierna que es apropiado se puede acceder a la confesión y a la comunión, lo que reconfortará al fiel y le ayudará en su acercamiento a Dios.

En todo caso la decisión debe ser madurada y responsable. No se pretende un “acceso irrestricto a los sacramentos” que, en el fondo, sería no tomarse en serio la vida concreta de quien acude a la Iglesia sediento de Dios.

Por último, en según qué supuestos puede ser conveniente, para evitar situaciones de conflicto, que se tome la comunión en privado si se puede ocasionar daño grave a otros, pero siempre teniendo en cuenta que toda la comunidad está llamada a crecer en la misericordia, en la acogida y en el afecto a los hermanos.

En definitiva, lo que Francisco nos pide es un cambio de actitud que difícilmente puede normativizarse en cánones y mandatos: somos hijos de un Padre de Misericordia, no de un juez que haya elaborado una moral impersonal y cruel. Por eso estamos llamados a abordar nuestras relaciones, todas y cada una de las que se nos dan en la vida, desde la perspectiva de la misericordia.

 

 

 

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