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Le dije a la Virgen: “Es tuyo”

Archivo personal de Olalla Álvarez de Toledo-AlfayOmega

Alfa y Omega - publicado el 11/09/16

Olalla Álvarez de Toledo, madre de Javier, que nació con una grave malformación

Javier nació la semana de Pascua de 2011 a la hora del ángelus. Tuvieron que reanimarle en ese mismo momento. Fue bautizado en la UVI y unas horas después se sometió a su primera cirugía. Hasta hoy, once más. Una de sus primeras salidas al mundo exterior fue con cuatro meses, a la JMJ de Madrid.

Allí Olalla se encontró con una de sus mejores amigas, una sister de madre Teresa. La religiosa le dio una estampa con un trocito de sari de la madre, reliquia de la que Olalla no se separa. Ni tampoco de Javier, que ahora juega, camina, ríe, se pega con su hermano, Gonzalo… Y aprende a vivir con unas secuelas que la medicina aún no puede solucionar. Eso sí, lo que su madre, especialista internista, considera fundamental para vivir sí lo tiene: ama y es amado

Hay personas que parecen sostener el mundo por cómo viven. Saben leer el significado profundo que se esconde en la realidad o por lo menos, y esto es lo más admirable, el que hay en sus circunstancias, esas que les han puesto contra las cuerdas.

Olalla es de una de esas cariátides donde la existencia parece estar bien anclada. No solo por el perfil que se gasta, alta y con rostro de icono, sino por su firmeza dulce al hablar de lo importante.

Llevaba un año casada con Álvaro, el otro pilar de la historia, cuando supo que esperaba su primer hijo, un hijo perfecto, reconoce Olalla. «Vivíamos en nuestros planes. No contábamos con otros planes que no fueran los nuestros, es decir, tener un hijo sin ningún problema». Pero lo más esencial se nos suele escapar, y en la semana doce le diagnosticaron una laparosquisis extensa. Detrás de este nombre incómodo venía el primer hijo con una malformación grave en la pared abdominal.

¿Recuerdas el momento?

Perfectamente. La ginecóloga no daba crédito. Fue brusca. Cuando salimos, yo cogí la ecografía y me fui a la capilla. Le dije a la Virgen: «Es tuyo. Te encargas Tú». Mientras, Álvaro reaccionó con asombrosa entereza. Repetía que teníamos que confiar, que podíamos confiar, y ¡vi que lo decía de verdad! ¡Que él ya lo estaba haciendo! Fue todo el apoyo que necesitaba. Luego, sí, me fui a llorar un poquito a mi madre de la tierra.

Y ¿después?

Comenzó la historia. Pedimos a la gente que rezara. Y también nos rodeamos de personas que tiraran de nosotros para arriba. La respuesta de la Iglesia fue impresionante. Pasamos de tener miedo y angustia a ilusionarnos muchísimo por la vida que venía. ¡A disfrutar del embarazo! Y no era porque los amigos que nos acompañaban nos pusieran una venda en los ojos. Al revés, nos centraron frente a la verdad. Nos ayudaron a vivir con ilusión la posibilidad de que nuestro hijo se fuera al cielo, que al final es la misión para la que un padre está creado. Nos ayudaron a vivir orgullosísimos e ilusionados el minuto presente.

¿No tuviste miedo?

Al acercarse el momento del parto, sí. No tanto por si el niño no sobrevivía, que para eso estaba preparándome y sabía que sería un trance, sino por si lo hacía, con qué secuelas. Como soy médico entré en la pregunta de cómo merece la vida ser vivida, qué vidas valen la pena, si mi hijo iba a ser un resentido… Hasta que experimenté que lo importante de la vida es amar y ser amado. También mirando a mis pacientes y a sus familiares, ahora con más agudeza puedo confirmarlo. Estamos aquí para amar y ser amados.

Javier ha ido creciendo de cirugía en cirugía, largas estancias en el hospital y un trabajo extraordinario por parte de sus padres. ¿Cómo os ha cambiado esta experiencia?

Lo que da miedo a una madre es que su hijo sea un infeliz. Que sufra psicológicamente, no físicamente, que a eso te acostumbras y pones ahí el umbral, sino que tenga una pena en la que no puedes entrar. Pero al ver que el sufrimiento no tiene por qué causar este desencadenante sino en nuestro caso al revés, te hace superarlo… Dejas de tener miedo por todo, empiezas a confiar. Y confiando se vive mejor. Siento más miedo por mi segundo hijo que nació perfectamente que por Javier, que ya lo tengo entregado. Fue todo un proceso de aceptación, pero lo hice y creo que le quiero mejor desde esa confianza que si estuviera constantemente preguntándome: «¿Y si?, ¿y si…?». Así no se puede vivir ni amar.

¿El sufrimiento puede albergar algún regalo?

Nosotros no somos masocas. Estamos esperando el tercero y no pedimos ni queremos que nazca enfermo. Pero si miro nuestra historia no cambiaría nada. En los momentos de sufrimiento es cuando mi familia ha sido más feliz porque ha estado más unida. ¿Cómo cambiar eso?

Rocío Solís

Artículo originalmente publicado por Alfa y Omega

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