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La misión que Dios encomendó a la Madre Teresa ¿era la de eliminar la pobreza?

Terry Fincher/Gettyimages
"Un sacrificio, para ser verdadero, tiene que costar, tiene que doler, tiene que vaciarnos de nosotros mismos." (Photo by Terry Fincher/Hulton Archive/Getty Images)
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El escaso o nulo fundamento de las críticas a Madre Teresa

Ser santo está al alcance de toda mujer y de todo hombre. En realidad muchos lo consiguen, aunque la inmensa mayoría no llegue a estar en los alteares. No es lo mismo que ser un atleta de la élite mundial que muy pocos –solo los muy dotados– lo consiguen.

Cuando el Papa canoniza un santo de altura internacional, no faltan quienes quieren ver imperfecciones, fallos en su ejemplaridad de vida, y lo critican de tal modo que parece injusto a ojos de quienes lo admiran. Y así ha sido con todos los santos, más cuanto es más conocido.

Madre Teresa, que había levantado una oleada mundial de admiración y devoción por su entrega a Dios a través de los más pobres de todos los pobres, no podía ser menos. Parecía casi imposible criticarla, pero el diablo, celoso a cada santo que proclama la Iglesia católica, no podía estar ausente ¡Y de qué manera! Cada santo supone un tremendo fracaso del diablo que no pudo conseguir doblar su voluntad en vida.

Han salido, pues, los “detractores” de Madre Teresa: unos que si no hacía bien su trabajo con los enfermos y moribundos, otros que si gestionaba mal su dinero, y los de más allá que si no resolvió el problema de la pobreza en el mundo o en Calcuta.

Antes que nada conviene decir que los santos no fueron personas perfectas. No lo pueden ser porque la perfección completa no existe en las cosas humanas. Santa Teresa de Calcuta se esforzó, con una vida heroica, a acompañar a los más necesitados y darles un poco de calor humano, una esperanza, un hálito de consuelo, y compartir lo más humano que existe, el amor, besando su rostro y sus llagas. Vivió además todas las virtudes humanas y sobrenaturales cara a Dios y en grado heroico, no solo las teologales  (fe, esperanza y caridad), sino todas las virtudes: la humildad, la justicia, la fraternidad, la fortaleza, la laboriosidad, la misericordia, etc.

Los santos  son personas normales y han tenido defectos y fallos personales. Ellos lucharon toda su vida en limar esos defectos por amor a Dios. Por eso, si un santo, como Santa Teresa, tiene golpes de genio –como tenía san Juan Pablo II– no disminuye su santidad si luchaba contra sus defectos. Son santos porque han amado a Dios profundamente, sin importarles el sacrificio y la abnegación personal.

Lo mismo se puede decir del trabajo de Madre Tersa como “gestora” de los fondos económicos que recibía: no se le puede exigir que los haya gestionado como un profesional MBA de la gestión, sino que basta con sus rectas intenciones y su honradez. A lo mejor pudo gestionarlos mejor, pero ella no es santa por la perfección con aque gestionó sus fondos.

Y otra crítica. ¿Podía Madre Teresa terminar con la pobreza en Calcuta o en otra parte? A esta pregunta hay que responder con otra pregunta: la misión que Dios encomendó a la Madre Teresa ¿era la de eliminar la pobreza? La respuesta a esta segunda pregunta es clara: Madre Teresa recibió de Dios la misión de ser instrumento de su misericordia entre los más pobres y desvalidos del mundo. No recibió de Dios la misión de erradicar la pobreza.

Como dijo el papa Francisco, ella no siguió ninguna ideología, ni ninguna política, todo lo hacía –lo hacen sus seguidoras y seguidores— por amor a Dios y a los más pobres, con el amor que brota de su corazón. Su trabajo consistía en hacer que estos pobres sean felices y dar amor, allí donde las estructuras políticas no alcanzan en superar el drama de la pobreza y la miseria, de la soledad y el abandono de los demás.

El origen de la pobreza y la miseria está en la injusticia de los hombres para con otros hombres sus semejantes. Dios ha querido derramar su misericordia a través de las religiosas Misioneras de la Caridad y otras fundaciones de Madre Teresa que buscan acompañar a los más necesitados dándoles comida, medicinas, un techo, pero sobre todo dándoles amor, ternura, cariño, y compartir su sufrimiento y sus carencias. Dijo Madre Teresa, “La pobreza material siempre se puede satisfacer con lo material”, pero es mucho más importante el dolor y el sufrimiento de la soledad, “la agonía de ser rechazado”, como Jesús en Getsemaní que sudó sangre.

La gran pobreza, pues, es el sentirse solo, abandonado, despreciado. El remedio a la pobreza y a la miseria material corresponde a la acción política de quienes se dedican a la vida política, a resolver los problemas y armonizar la convivencia entre los hombres. A la religión le corresponde el plano de Dios distinto al plano del César. Y quienes han criticado a la Madre Teresa son quienes han confundido, de nuevo, los planos religiosos y político, lo material y lo sobrenatural, a Dios y al César.

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