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¿No es posible comunicarse con los muertos? ¿Y por qué se reza a los santos?

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Una aclaración necesaria: No hablamos sólo de muerte biológica

Definitiva y rotundamente no. Nunca ha sido ni será posible hablar o establecer algún tipo de ‘dialogo’ con los difuntos. ¿Y por qué no es posible? Porque, entre otras cosas, es ontológicamente inviable.

Por lo tanto, cualquier persona (médiums, nigromantes, etc.) que se ofrezca a darnos mensajes de los difuntos comete un fraude, aunque sus alegaciones en sentido contrario no se hagan esperar. Quien diga que es posible cualquier tipo de dialogo con los difuntos, engaña. Y si engaña tiene sus intereses aprovechándose de los incautos.

La Iglesia rechaza la práctica de evocar a los difuntos no solo porque, como ya se ha dicho, no es factible sino porque además es un medio para que se abran puertas a la acción demoniaca (Catecismo, 2117). No es conveniente intentar hablar con los difuntos porque, como ha estado ya demostrado, intervendrá Satanás o uno de sus ángeles aliados, si es que los tiene en su poder (Ap 12, 7-9).

Este hecho lo constatamos, por ejemplo, cuando San Pablo expulsó de una joven un demonio de adivinación. Y el texto añade diciendo que cuando el demonio salió, se fue también de ella la capacidad de pronunciar oráculos (Hch 16, 16-19). Según las Sagradas Escrituras, y confirmado por los exorcistas, los que confían en prácticas ocultas, incluyendo la necromancia y el espiritismo, obran mal (Dt 18, 10-12).

Estas prácticas son un intento fallido, desde cuando se inventaron, para conocer lo que a cada quien le interese. Dice además la Iglesia: “Todas las formas de adivinación deben rechazarse: el recurso a Satán o a los demonios, la evocación de los muertos, y otras prácticas que equivocadamente se supone “desvelan” el porvenir (Dt 18, 10; Jr 29, 8).

La consulta de horóscopos, la astrología, la quiromancia, la interpretación de presagios y de suertes, los fenómenos de visión, el recurso a mediums encierran una voluntad de poder sobre el tiempo, la historia y, finalmente, los hombres, a la vez que un deseo de granjearse la protección de poderes ocultos. Están en contradicción con el honor y el respeto, mezclados de temor amoroso, que debemos solamente a Dios” (Catecismo, 2116).

Lo único realmente factible, y que además hace parte de nuestra fe cristiana, es la comunión entre vivos: entre los vivos de aquí (espiritualmente hablando) y los vivos de allá (los que han fallecido en la gracia de Dios). Es lo que la Iglesia llama ‘la Comunión de los santos’.

Cuando se habla de comunión de los santos, se habla pues de una comunión entre y con los que viven; con los que viven en el reino de los cielos y los que aquí viven (los que viven para Dios y en Dios) en ésta existencia terrenal.

Esta comunión de los santos se realiza por mediación de Jesucristo y como uno de los frutos de la oración y con la fuerza del amor basada en la fe: “La oración es cristiana en tanto en cuanto es comunión con Cristo y se extiende por la Iglesia que es su Cuerpo. Sus dimensiones son las del Amor de Cristo” (Catecismo, 2565).

Esta comunión de los santos es una unión espiritual que nace del Bautismo; y que gracias a que Cristo ha resucitado, no se trunca con la muerte pues está destinada a encontrar su plenitud en la vida eterna. Esta comunión entre tierra y cielo se realiza de manera especial, en la oración de intercesión.

Con esta oración, basada en el amor, circulan y se extienden por toda la Iglesia bienes espirituales. Todos los bautizados que ‘viven’ (porque se mantienen en gracia de Dios), las almas del Purgatorio y los santos que están ya en el Paraíso forman una única y gran Familia.

Sí, la Iglesia es una realidad en tres estadios: La Iglesia militante (nosotros los todavía peregrinos en la tierra), la Iglesia purgante (los que se están purificando) y la Iglesia triunfante (los que ya han logrado la eterna salvación en el cielo) (catecismo, 954; LG, 49). Entre los miembros de la Iglesia debe haber y hay, en efecto, comunión y compartición de bienes espirituales. De manera pues que la Comunión de los Santos es una comunión entre vivos y no entre muertos.

Hay pues un vínculo profundo, indisoluble y permanente entre los ‘vivos’ que todavía son peregrinos en este mundo y los ‘vivos’ que han cruzado ya el umbral de la muerte a la eternidad. La vida sobrenatural, a través de los sacramentos, presente en quienes todavía peregrinamos por este mundo es el único medio para ir más allá de nosotros y entrar en la atmosfera espiritual y relacionarnos con quienes nos han precedido y duermen ya el sueño de la paz y viven ya sea en estado de purificación o en estado ya de eterna gloria gozando de la visión beatífica de Dios.

El recuerdo de los que nos han precedido hace emerger dentro de nosotros en la oración la comunión que sólo el amor puede crear. De manera pues que la oración y el amor hacia los difuntos que ‘viven’ salen de nosotros mismos y les llega a ellos; así como, en sentido contrario, los que purgan y los que ya han llegado al cielo hacen lo propio a favor nuestro. Y para esto no necesitamos médiums ni sesiones espiritistas.

Como no sabemos quién, dejando esta realidad temporal, esté ‘vivo’ para Dios, pues oramos por todos los difuntos sin hacer distinción alguna. Si uno de los difuntos no necesita nuestra oración, por el motivo que sea, repercutirá en bien de otro, justamente por la misma comunión de los santos.

Habitualmente llamamos muertos a los difuntos, pero en realidad, y siendo más objetivos, los muertos no son los que están en los cementerios sino los que no tienen la vida de Dios o la vida de gracia aunque biológicamente sigan actuando en este mundo.

Por algo dijo Jesús: “Dios no es un Dios de muertos sino de vivos” (Lc 20, 38). Además: “Dejad que los muertos entierren a sus muertos” (Lc 9, 60). Y también: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá (Jn 11, 25). Y en otro apartado igualmente dijo: “Quien coma de este pan vivirá eternamente” (Jn 6, 51); en otras palabras el que vive (quien tiene la vida de Dios o la vida sobrenatural o la vida de gracia) y coma del pan eucarístico no morirá; seguirá vivo aun como difunto. Y ya sabemos que los muertos no comen, no pueden comer y ‘no deben’ comer.

Cuando Jesús habla de muertos no lo dice en sentido corporal o biológico, sino en sentido espiritual que no deja de ser real; los muertos son aquellos que no pertenecen al Reino de Dios, los muertos espirituales.

Recordemos que cuando las mujeres fueron a visitar la tumba de Jesús y se encontraron con dos, podríamos decir, ángeles éstos les dijeron: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?” (Lc 24, 5). De manera pues que Jesús, el primero de los resucitados, debemos buscarlo entre los vivos. Entre los vivos de aquí y los vivos de allá.

El pecado es muerte y lo vemos ya desde los albores de la humanidad cuando Dios les dijo a Adán y Eva que si desobedecían morirían (Gn 2, 17). Cuando nuestros primeros padres pecaron, todo se aclaró porque con el pecado llegó la muerte; más que la muerte física, la muerte espiritual. Y desde ese entonces el hombre muere y sigue muriendo.

Es lo que nos confirma el profeta Ezequiel cuando dice: “El que peque ese morirá” (Ez. 18, 20). O como dice San Pablo: “La paga del pecado es la muerte” (Rm 6, 23). El Profeta Ezequiel además dice: “Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva” (Ez 18,23).

La conversión nos invita a acudir a la confesión; sacramento que nos ayuda a resucitar, nos da la vida de Dios. El sacramento de la confesión es el sacramento de la resurrección y el sacramento que nos mantiene vivos. Hay una vida que sólo nos da Dios.

Cuando Jesús dijo: “Yo he venido para que todos tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). ¿De qué vida habla? Ya lo sabemos. De manera pues que en la vida terrenal hay vivos físicamente que están muertos espiritualmente y muertos corporalmente que viven en la presencia de Dios. Si un día morimos, que nos consideremos vivos para Dios en Cristo (Rm 6, 11).

 

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