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La Santa que «negociaba» con los comunistas chinos

Vatican Insider - publicado el 04/09/16

«Ellas aman a Jesús», repetía la Madre Teresa cuando le preguntaban cuál era el secreto de la obra que llevan a cabo en todo el mundo sus hermanas Misioneras de la Caridad, entre los cuerpos de los moribundos. Para permitir que sus hermanas sirvieran a Cristo en los pobres y en los afligidos de todo el mundo, la monja hoy proclamada santa por la Iglesia estaba lista para negociar dulce y pacientemente con todos. Incluidos los comunistas chinos y los funcionarios que se ocupaban de la política religiosa impuesta por Pekín a los católicos que viven en China.

El sacerdote estadounidense John A. Worthley, que en 1982 fue el primer estadounidense que fue admitido en la República Popular China como profesor de administración pública, recordó en el congreso de la agencia AsiaNews sobre la Madre Teresa todas las veces que la nueva santa albanesa intentó abrir una primera casa de las Misioneras de la Caridad en el ex Celeste Imperio. Una historia llena de nombres interesantes y de detalles inéditos e iluminadores. Una historia que demuestra la clarividencia de su mirada sobre los atormentados caminos del cristianismo en China y que movía la intuición de la fe y de la santidad, en lugar de los reflejos condicionados de la política mundana o clerical.

Cuando la Madre Teresa pensaba en China, solamente tenía en mente la enorme multitud de chinos que esperan gozar de la caridad de Cristo. Por esta razón soñó durante mucho tiempo poder servir al pueblo de China. El manso San Juan Pablo II, recordó el padre Worthley, «en sus últimos años le pidió a ella que viviera como un puente de amor y de reconciliación con China de parte de la Iglesia universal».

El sueño de abrir una casa de la caridad en China cobró forma en 1986, cuando la religiosa fue invitada a China por Deng Pufang, que en esa época estaba fundando la Federación china para personas con discapacidades. Primer hijo de Deng Xiaoping, Pufang vivía en una silla de ruedas desde los tiempos alucinados de la Revolución cultural, cuando incluso la familia del gran líder fue perseguida y el primogénito del «Pequeño timonel», para huir de las torturas, se arrojó desde una de las ventanas de la Universidad de Pekín, por lo que se procuró una lesión permanente a la columna vertebral. Durante su primer viaje chino, la Madre Teresa no dudó en encontrarse con el mismo Antonio Liu Bainian, entonces presidente de la Asociación Patriótica de los católicos chinos y durante mucho tiempo «deus ex machina» de la invadente política religiosa de Pekín hacia la Iglesia católica, y «quien, todavía hoy —subrayó Worthley—, habla con amor de la gracia de aquel encuentro».

Aquella vez, fue el mismo Den Pufang quien comunicó a la Madre Teresa que «el tiempo no está maduro» para abrir una casa de las Misioneras de la Caridad en China. «Después —añadió el religioso estadounidense— supe que la oposición a la colaboración provenía de diferentes facciones en Pekín y en el Vaticano, y era tan fuerte que la Premio Nobel y el hijo del presidente no lograron prevalecer». Worthley también contó otros dos «intentos fallidos» para llevar con estabilidad a las monjas del sari blanco y bordado con líneas azules a China. Esas dos ocasiones también fueron vividas por la monjas como «sacrificios para la reconciliación entre China y la Iglesia universal». Entre los amigos que la apoyaba en su afán estaba Aloysius Jin Luixan, obispo de Shanghái no reconocido por la Santa Sede (aunque obtuvo el reconocimiento en 2004). En octubre de 1993, dijo Worthley, la Madre Teresa entró a China desde Shanghái «por respeto hacia mons. Jin», llevando consigo 13 cajas con los objetos y el equipo que tienen todas las casas de las Misioneras de la Caridad. Pero justamente su llegada a Shanghái y no a Pekín fue utilizada por los «radicales» presentes en los aparatos chinos, que la definieron como «un sutil sabotaje contra el gobierno». En esa ocasión tampoco pudo concretar su sueño. Pero la Madre Teresa, con un gesto de confianza, dejó las 13 cajas en el Centro pastoral de la diócesis de Shanghái, en donde siguen estando hasta la actualidad, esperando la llegada de las monjas. Y gracias a Jin, aquella vez la nueva santa pudo visitar el santuario nacional de Nuestra Señora de Sheshán. «Cuando el obispo le pidió que participara en la misa», dijo el sacerdote, «surgió su sabiduría verdaderamente especial». En esa época, Jin Luxian era un obispo ilegítimo, y las «reglas vaticanas eran tales que la Madre Teresa habría participado en una misa “ilícita”. Y así, ella le pidió a su capellán, el padre Bill Petrie, que concelebrarla, diciéndole: “Si usted concelebra, entonces la misa se vuelve válida, ¿no es así?”. Cuatro meses después, en un encuentro en Hong Kong con el representante papal, «entonces monseñor y hoy cardenal, Fernando Filoni», añadió Worthley, «la Madre le contó lo que sucedió y le preguntó si había hecho bien. Mons. Filoni, apoyándose al respaldo de la silla, le respondió: “¡Naturalmente, querida Madre Teresa, naturalmente!”».

En esa misa en Sheshán había más de 250 seminaristas. Hoy muchos de ellos son obispos en las diócesis de China, y todos siguen atesorando la inspiración que recibieron de ella. Uno de ellos, el padre John Baptist Zhang, creó las Jinde Charities, la mayor red de caridad católica en China, que opera bajo el patronato de la nueva santa. Hace algunos días incluso organizó una colecta de fondos a favor de las víctimas del terremoto en el centro de Italia, y está por abrir en China una residencia para ancianos que se llamará: «Casa del amor de Madre Teresa».

Después de la misa de Sheshán, mientras la santa todavía vivía, en 1994 trató nuevamente de abrir una casa de las monjas de Madre Teresa en la isla de Hainán, en colaboración con la escuela local de comercio exterior. Después de su muerte, otros proyectos, como el que comenzó en 2005 en la diócesis de Qingdao, quedaron varados debido a reservas y obstáculos creados por parte de los aparatos chinos, y no solo. Las monjas misioneras de Madre Teresa todavía no han podido abrir una casa religiosa en el territorio chino, pero ya llegó a China y opera con misteriosa eficacia el espíritu de caridad que animó toda su vida. En 2010, en la provincia de Hebei, dijo el sacerdote estadounidense que acompañó a la monja en sus viajes chinos, fue fundada una «tercera orden» de las Misioneras de la Caridad, bajo la inspiración de la Madre Teresa, que reúne a alrededor de 10 mil miembros y que se ha difundido en 12 diócesis y tres provincias de China. La fundadora y 12 miembros de esta «tercera orden» china inspirada en Teresa participaron en la liturgia de canonización de la santa. Mientras tanto, en Haidán, «el Centro de asistencia social prospera en el espíritu de Madre Teresa» y «la invitación en Qindao sigue intacta». En Shanghái, «las 13 cajas con las cosas necesarias para una casa de las Misioneras de la Caridad siguen estando listas», y los «radicales» que hasta ahora han impedido su apertura «cada vez son más raros, en ambas partes». Es fácil adivinar qué dirías la nueva santa sobre la fase de diálogo en curso entre la Santa Sede y el gobierno de Pekín: «Gracias al sueño ininterrumpido de la Madre Teresa, a sus constantes oraciones y a sus santos sacrificios», concluyó el padre Worthley, «el día de la reconciliación entre China y la Iglesia universal se acerca, tal y como el cardenal Secretario de Estado, Pietro Parolin, sugirió esta semana».

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