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Madre Teresa, mujer y santa de los pobres

Vatican Insider - publicado el 02/09/16

En solamente cincuenta años desde la aprobación pontificia que quiso Pablo VI, en 1964, las Misioneras de la Caridad de Madre Teresa de Calcuta han crecido de unas centenas a más de 5.300 religiosas en 758 casas esparcidas por todo el mundo. Pero sería un error interpretar la historia de esta pequeña mujer albanesa, llena de arrugas, frágil como una mariposa y valiente como una leona, a la luz de las estadísticas o de los «éxitos» numéricos. La Madre Teresa de Calcuta vivió con fuerza en el centro de su existencia y de su testimonio el amor incondicional por los pobres, por los últimos. Por esos pobres y los olvidados que recogía por las calles de Calcuta, logrando, en la mayor parte de los casos, simplemente asegurarles una muerte digna y rodeada de amor. Ese amor que nunca pudieron experimentar a lo largo de sus vidas de mendigos o descartados por la sociedad de las castas.

L pequeña gran monja que ahora será proclamada santa no fundó una ong. Siempre ha estado en la entrada de la casa matriz de las Misioneras de la Caridad un crucifijo con la frase «I thirst!» («¡Tengo sed!»). Las palabras de Jesús en el Calvario. El amor por los pobres, la asistencia para los que nadie asiste, toca ni cuida, nació y se fue reforzando cotidianamente en la oración: una hora de adoración y tres horas de oración al día. «¿No le parece demasiado tiempo dedicado a la oración?», le preguntó un día uno de los visitantes. «No —fue la respuesta de Madre Teresa—, no se podría hacer nuestro trabajo si no fuera por el amor y la gracia de Cristo. Nuestra fuerza son las horas de adoración».

Otro aspecto importante de su testimonio fue su capacidad de ser hindú entre los hindúes. No se presentó como una misionera occidental, con intensiones proselitistas. Solamente quería que brillara el rostro de la misericordia de Dios entre los miserables y los pobres. Y dejaba en manos de Dios cualquier iniciativa sobre los corazones de los que se encontraban con ella. La India, tan sensible al sentimiento religioso, observó el padre Piero Gheddo, no la veo «como a una que curaba a los enfermos, sino como el signo humano de que Dios estaba presente en esos pobres y en esas monjas». Y se pudo constatar en el funeral de Estado de 1997.

La Madre Teresa nunca hizo grandes planes, complicados proyectos pastorales, estrategias mediáticas ni de mercadeo religioso. Cuidó al primer leproso que se encontró en su camino. Después al segundo y así sucesivamente. Reconociendo el rostro de Jesús en el rostro del hombre y de la mujer que sufrían y que estaban abandonados en las aceras. Simplemente porque es lo que Jesús le pidió que hiciera, como se lee en el capítulo 25 del Evangelio de Mateo. Y no necesitaba grandes estructuras ni grandes seguridades para las monjas, a las que les pidió una vida austera y de sacrificios. No quiso tener una cuenta en el banco para garantizar el futuro de su congregación y gastaba todo lo que recibía «porque nuestro mayor peligro es volvernos ricas». Demostró que en el amor, acompañando y estando cerca de las personas no hay vida que no valga la pena ser vivida hasta el último latido. No fue a evangelizar a los pobres, se dejó evangelizar por ellos. «Los pobres son la reserva de humanidad que tanto necesitamos, la reserva de amor, la reserva de capacidad de sufrir y de alegrarse —dijo. Nos dan más de lo que les damos a ellos».

Fue una santa «contracorriente» porque durante gran parte de su vida experimentó la oscuridad, las dudas de la fe. Durante muchos años no pudo escuchar la voz de Dios. Esta tan humana y trágica experiencia la aleja muchísimo de las imágenes de tantas hagiografías. Al recibir el Premio Nobel de la paz de 1997 dijo: «Hoy el aborto es el mayor destructor de la paz, porque si una madre puede matar al propio hijo, no hay nada que me impida matarte a ti ni a ti matarme a mí».

Pero también fue contracorriente con respecto a todos los que piensan, según viejas agendas, que la necesaria valorización de la mujer (todavía pendiente en la Iglesia) debe pasar a través de su «clericalización», con sacerdotisas o diaconisas ordenadas. La Madre Teresa no tenía poderes institucionales en la Iglesia y, a pesar de ello, cardenales y Papas se inclinaron ante ella. También fue contracorriente frente a cierto catolicismo contemporáneo lleno de «buenismo» y de obsesiones doctrinales que parece enfadarse cuando se encuentra frente a la insistencia sobre el amor concreto e incondicional por los pobres. Si todavía estuviera viva, la Madre Teresa se encontrarán en Lesbos o en Lampedusa, curando las heridas de los migrantes y de los refugiados.

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