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El avión del “Padre Pepe” aterriza en el Vaticano

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El jueves 25 de agosto un pequeño avión cruzó la plaza de San Pedro dirigiéndose directamente hacia la residencia del Papa Francisco, en medio de los jardines vaticanos. Lo piloteaba el sacerdote argentino José María di Paola, quien entregó después el aparato a su ex arzobispo de Buenos Aires. Este último no opuso ningún reparo y dócilmente permitió que lo fotografiaran con el aeroplano en la mano. “Es uno de los juguetes que los detenidos de la unidad carcelaria Nº46 de León Suárez han fabricado para los niños de la villa”, explica el padre Pepe, quien visitó por segunda vez al Papa argentino apenas concluyó su participación en el Meeting de Rímini. Fue una visita prolongada, donde, entre mate y mate, fluyeron reflexiones sobre el pasado y el presente de la historia argentina. Y así como en 2013 llevó a la casa Santa Marta una avalancha de cartas que le enviaba la gente de la villa, esta vez transportaba el curioso avión que los puntillosos guardias suizos finalmente permitieron pasar, advertidos de que se trataba de un “mensaje” inofensivo para el Papa.¿Cuál era el mensaje y quién lo enviaba?

El pequeño avión de madera, pintado con los colores de la Santa Sede, decoló de los alrededores de la villa La Cárcova, el barrio de emergencia de la zona periférica de Buenos Aires donde el sacerdote villero vive desde hace cuatro años. Cruzó el Atlántico y después de volar 13.000 kilómetros aterrizó en la Plaza de San Pedro. El grupo de detenidos que lo construyó ha elegido el nombre de “Construyendo sueños” y pidió que fuera entregado al Papa como signo de la esperanza que ha transmitido a su vida de reclusos. “Se sienten muy identificados con el mensaje del Papa, tienen una foto de él en la cárcel, y dentro de los límites permitidos por su situación siguen la misión que está llevando a cabo en el mundo”, asegura el padre Pepe di Paola.

La relación de los presos argentinos con las villas del padre Pepe comenzó en 2013, cuando el sacerdote comenzó a visitar la cárcel con un grupo de colaboradores. Esa relación después trajo otras, como el grupo de operadores del “Hogar de Cristo Gauchito Gil”, donde cerca de cuarenta jóvenes tratan de escapar de las garras de la toxicodependencia, que en la villa del padre Pepe golpea con fuerza y donde ni siquiera las rejas de la cárcel son obstáculo suficiente para que los detenidos caigan en la red del consumo y la venta al menudeo de droga. “Vamos a la cárcel a compartir experiencias, mate, algunas galletas y mucha voluntad de amistad, ofreciendo a los reclusos la posibilidad de acercarse a Dios. El objetivo es que se forme una comunidad entre los que están dentro y los que están fuera, una comunidad que ayude a mejorar el futuro, más aún, que ayude a hacer posible un futuro para el que siente que no tiene ninguno”. Cuando cruzan los muros de la cárcel, los visitantes rezan con los reclusos una oración que expresa con sencillez el dilema de un adicto y su pedido de ayuda: “Señor, concédeme serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las cosas que puedo cambiar y sabiduría para reconocer la diferencia”.

El grupo de detenidos de la cárcel – algunos de los cuales cumplen largas condenas – trabaja en una carpintería interna de la institución penitenciaria donde fabrican muebles para escuelas, parroquias y comedores populares de las villas de emergencia cercana, en forma gratuita. El padre Pepe y sus amigos los ayudan con materia prima. “Les conseguimos madera, clavos, pegamento, y ellos ponen el trabajo”. “Hacen milagros”, agrega el sacerdote, quien a pedido de ellos entregó en las manos del Papa su signo de libertad interior y de esperanza. “Al Papa le gustó  mucho el avión”, afirma. “Le conté la historia de estas personas y de estos años que han colaborado con nosotros; él los ha alentado para que siguieran por ese camino, les agradeció por su iniciativa en favor de los niños pobres que socialmente son tratados de hecho como descarte y dijo que esperaba que las autoridades de la cárcel los apoyaran”. 

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