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Papa Luciani y Francisco, la vía de la misericordia

Vatican Insider - publicado el 26/08/16

La tarde del 26 de agosto de 1978 el cardenal patriarca de Venecia, Albino Luciani, era elegido papa tras un cónclave fugaz. 38 años después el cardenal secretario de Estado Vaticano, Pietro Parolin, inaugura el Museo Papa Luciani a Canale d’Agordo, donando las gafas que Juan Pablo I llevaba en el momento de la muerte, que sor Vicenza, la religiosa que cuidaba del pontífice véneto, donó al ex secretario de Luciani en Vittorio Veneto, don Francesco Taffarel, y de éste pasaron a la postulación de la causa de la beatificación. 

Para comprender la actualidad del magisterio de Papa Luciani, en el año del Jubileo de la Misericordia, puede valer la pena releer las páginas que Francisco dedica a su predecesor en el libro ’El nombre de Dios es misericordia’, citándolo varias veces. La primera en referencia a la misericordia en el confesionario a propósito de la figura de San Leopoldo Mandic.  

“Leí una homilía del entonces cardenal Albino Luciani sobre el padre Leopoldo Mandic, recién proclamado entonces beato por Pablo VI. Había descrito algo que se acerca mucho a lo que acabo de contar: «Eso es, pecadores somos todos —decía Luciani en esa ocasión—, lo sabía muy bien el padre Leopoldo. Hay que ser consciente de esta triste realidad nuestra. Nadie puede durante mucho tiempo evitar las faltas pequeñas o grandes. Pero, como decía san Francisco de Sales, “si tienes un burro y yendo por la calle se cae al suelo, ¿qué debes hacer? No vas a ir con el bastón a molerle a palos las costillas, pobrecillo, bastante desgraciado es ya. Tienes que cogerlo por la cabeza y decirle: ‘Venga, volvamos a ponernos en marcha. Ahora reemprendamos el camino, la próxima vez te fijarás más’”. Éste es el sistema y este sistema lo ha aplicado plenamente el padre Leopoldo. Un sacerdote amigo mío que iba a confesarse con él dijo: “Padre, usted es demasiado generoso. Yo me confieso encantado con usted, pero me parece que es demasiado generoso”. Y el padre Leopoldo contestó: “Pero ¿quién es demasiado generoso, hijo mío? Es el Señor el que fue generoso; no soy yo quien ha muerto por los pecados, es el Señor quien murió por ellos. ¿Cómo iba a ser con los demás con lo generoso que fue con el ladrón?”». Ésta es la homilía del entonces cardenal Luciani sobre Leopoldo Mandic, después proclamado santo por Juan Pablo II”.  

Una segunda citación de Francisco aparece en las páginas en las que habla de su sentimiento de pecador. “Y qué decir de la homilía con la que Albino Luciani comenzaba su episcopado en Vittorio Veneto, diciendo que la elección había recaído sobre él porque ciertas cosas, en lugar de escribirlas sobre bronce o sobre mármol, el Señor prefería escribirlas en el polvo: así, si la escritura quedara, estaría claro que el mérito era exclusivamente de Dios. Él, el obispo, el futuro papa Juan Pablo I, se consideraba a sí mismo «el polvo». Debo decir que cuando hablo de esto, siempre pienso en lo que Pedro le dijo a Jesús el domingo de su Resurrección, cuando se lo encontró solo. Un encuentro que menciona el evangelista Lucas (24, 34). ¿Qué le habrá dicho Simón al Mesías recién resucitado del sepulcro? ¿Le habrá dicho que se sentía como un pecador? Habrá pensado en la negación, en cuanto había sucedido pocos días antes, cuando por tres veces había fingido no conocerlo, en el patio de la casa del sumo sacerdote. Habrá pensado en su llanto amargo y público. Si Pedro hizo eso, y si los Evangelios nos describen su pecado, su negación, y si a pesar de todo esto Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas» (Evangelio de san Juan 21, 15-16), no creo que debamos maravillarnos si también sus sucesores se describen a sí mismos como «pecadores». No es una novedad. El papa es un hombre que necesita la misericordia de Dios”.  

Una tercera citación de Luciani, Francisco la hace comentando la parábola del Hijo Pródigo (hoy llamada del Hijo Misericordioso). «Él espera. Siempre. Y nunca es demasiado tarde. Es así, Él es así…, es Padre. Un padre que espera en la puerta. Que nos ve cuando aún estamos lejos y se conmueve, y corriendo se echa en nuestros brazos y nos besa tiernamente… Nuestro pecado entonces se convierte casi en una joya que le podemos regalar para proporcionarle el consuelo de perdonar… ¡Quedamos como caballeros cuando se regalan joyas, y no es derrota, sino gozosa victoria dejar ganar a Dios!».  

Finalmente Francisco ha recordado una cuarta y una quinta vez las palabras del predecesor. “Cuando uno se siente un poco más seguro, empieza a adueñarse de facultades que no son suyas, sino del Señor. El estupor empieza a degradarse, y esto está en la base del clericalismo o de la actitud de aquellos que se sienten puros. La adhesión formal a las reglas, a nuestros esquemas mentales, prevalece. El asombro degrada, creemos poder hacer las cosas solos, ser nosotros los protagonistas. Y, si uno es un ministro de Dios, acaba por creerse separado del pueblo, dueño de la doctrina, titular de un poder, sordo a las sorpresas de Dios. La «degradación del asombro» es una expresión que a mí me dice muchas cosas. A veces me he sorprendido a mí mismo pensando que a algunas personas tan rígidas les iría bien un resbalón: reconociéndose pecadores, encontrarían a Jesús. Me vienen a la memoria las palabras del siervo de Dios, Juan Pablo I, que durante una audiencia del miércoles dijo: «El Señor ama tanto la humildad que, a veces, permite pecados graves. ¿Por qué? Porque los que han cometido esos pecados, tras haberse arrepentido, pasan a ser humildes. No dan ganas de creerse medio ángeles cuando se sabe que se han cometido faltas graves». Y pocos días después, en otra ocasión, el propio papa Luciani ha bía recordado que san Francisco de Sales hablaba de «nuestras queridas imperfecciones»: «Dios detesta las carencias, pues son carencias. Pero por otro lado, en cierto sentido, le gustan las carencias en tanto que le dan a Él la ocasión de mostrar su misericordia y a nosotros la de volvernos humildes, y entender y compartir las carencias del prójimo». 

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