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¿Qué es peor, el dolor o el miedo al dolor?

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Uno de los aprendizajes más importantes en la vida de una pareja es el de enfrentar el momento más duro

Para mi esposo y para mí, en la juventud de nuestro matrimonio, nos parecía que los días pasaban volando. Cuantas veces nos escuchamos decir: –¿pero… cómo? ¡Ya tan tarde, no sentí las horas! O, –¡cómo es posible que ya estemos tan cerca de tal fecha!, ¿dónde quedaron tantos días? Anticipábamos el disfrute de una fecha sin aquilatar el tiempo que habría de pasar, pues cada momento presente era solo feliz espera de un evento emocionante, como una graduación, la boda de un hijo, unas vacaciones.

Las contrariedades ordinarias aparecían como en la ventanilla de nuestro auto en movimiento, en una visión y un sentimiento fugaz. No así las pruebas de nuestra condición humana por las que más de una vez discutimos acaloradamente, nos gritamos y aventamos cosas, para luego desconcertados y avergonzados ante la tristeza o las lágrimas del otro, nos pedíamos perdón tendiéndonos la mano para levantarnos con un nuevo aprendizaje sobre nuestra forma de amarnos con todo y nuestros defectos.

Por encima de todo, nos quedaba claro que la nuestra era una real y feliz historia de amor. Nada nos quitaba la certeza de sabernos afortunados.

Pero no hay prueba que no se llegue y a nosotros nos tocó el dolor más grande que pueden pasar unos padres al perder a uno de nuestros hijos. Un dolor que nos hizo titubear con sentimientos de rechazo, de no aceptación, de angustia. Como el entrar en un oscuro túnel. Un dolor en el que nos tendimos la mano, ahora para levantarnos con el aprendizaje de que enfrentándonos con nuestro destino, encontraríamos siempre la posibilidad de conseguir algo por la vía del sufrimiento. Fue así como admitimos que el autentico mal no es tanto el dolor, sino el miedo al dolor, y le dimos cabida en nuestras vidas.

Nuestra juventud quedo atrás. Los achaques y las limitaciones de los años amenazaron con agriar nuestro carácter, de afectar nuestra capacidad de amar. Pero lo superamos, pues en nuestro querer seguir queriéndonos nos enfocamos al… cómo. Así descubrimos que en franca ancianidad, podíamos darnos más que nunca con la plenitud de nuestro ser varón y ser mujer en la más delicada y profunda complementariedad: en la solicitud, la ternura, la íntima compañía. Y nos esmeramos como quien escala la cima del amor.

Hoy mi esposo yace en la cama de nuestra habitación, se encuentra en la fase terminal de su enfermedad, expresó su deseo de dejar el hospital, de morir en casa y permanecer sus últimos momentos en la intimidad de la familia.

Recorro la cortina para que el sol de la mañana entre en la habitación, al hacerlo, puedo ver con claridad su amado rostro hoy marchito, agobiado. Me sonríe y aleja el más recóndito de mis temores. Sus ojos son como gotas de luz que me hablan y recuerdan que el auténtico mal no es tanto el dolor, sino el miedo al dolor, que por unirnos a Dios debemos darle cabida en nuestras vidas.

Le devuelvo la sonrisa y viene a mi mente un recuerdo de años, como si hubiera sido ayer…

En la plenitud de su vida trabajaba en nuestro jardín, ignorante de que mi mirada se había posado sobre él, me di cuenta entonces de que el amor obra cierto milagro, porque al hacerlo traspasaba todo lo que se interponía entre su intimidad y la mía. Pude verlo más allá de su agraciado físico, su carácter y temperamento; de sus aptitudes, limitaciones, cualidades y defectos. Más allá de sus logros, triunfos, derrotas, aciertos y errores.

Sabía que podía verlo sin las capas que van cubriendo a la persona, porque mi mirada nacía de mi propia intimidad, y sabía también que él podía hacer lo mismo conmigo; que podíamos vernos en la absoluta desnudez de nuestras almas, y que eso no era un fruto regalado sino el adentramiento amoroso de nuestros seres, producto de caminar juntos por la vida en un sendero largo, arduo y angosto.

Mi amor yace despojado de todo esplendor y lozanía, de tantas cosas de este mundo. Solo queda un ser frágil en la dimensión transparente de una singularísima persona, que fue capaz de otorgarme su don entero e incondicional como varón, que acogí y acojo con infinito amor hasta el último momento.

Tomo sus débiles manos entre las mías y siento su familiar y suave apretón.

Me pide le muestre algunas fotos familiares, las vemos murmurando los mismos comentarios de siempre, entre leves sonrisas, sin nostalgia, solo con íntima complacencia y confirmando cuanto bien hemos descubierto en nuestra mutuas humanidades para hacer de nuestras vidas una sola historia.

Ya no nos vemos como al principio, cuando aún no superábamos los condicionamientos de una entrega total y absoluta. Ahora es la mirada de un: “te conozco profundamente” y eres mi mayor bien, se olvida lo olvidare y, si hay una lágrima, es de agradecimiento y de ternura.

Los años no han envejecido nuestro amor, la enfermedad no lo ha debilitado, y la misma muerte no lo podrá descomponer jamás, como no lo logra con el alma. Todo adquiere brillo en este atardecer, en este ocaso. Atrás queda nuestra historia hecha de cosas que pasan y se pasan, y de cosas que han pasado y se han quedado, dándonos certeza de la plenitud de nuestro amor.

Una plenitud colmada de esperanza y que allana infinitamente el dolor de una corta separación.

Por Orfa Astorga de Lira. Máster en matrimonio y familia, Universidad de Navarra.

Escríbenos a consultorio@aleteia.org

 

 

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