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Educar adolescentes no es tan distinto a criar bebés

Sherry Antonetti - publicado el 23/08/16

Todo se reduce a 5 preguntas básicas

Cuando mis hijos eran aún pequeños, cuando empezaban a dar sus primeros pasos, entendí los parámetros básicos de la comunicación.

Incluso si admitimos que todo comportamiento es un acto comunicativo, para los niños de esta edad, de uno a tres años, sus mensajes se reducen a cinco cuestiones básicas. ¿Hambre/Sed? ¿Suciedad? ¿Cansancio? ¿Enfermedad/Dolor? ¿Aburrimiento?

Si vais revisando estas cinco opciones, siempre descubrirás qué es lo que está disgustando al niño, o lo que le ha puesto triste y/o poco social (la conjunción suele ser «y» más que “o”). Y así se soluciona el problema.

Con los adolescentes, todo comportamiento sigue siendo un acto comunicativo. Y aunque las cinco cuestiones anteriores no lo abarcan completamente todo en este grupo de edad… tampoco van muy desencaminadas.

Igual que con los niños pequeños, un adolescente silencioso puede ser un signo de alarma. Es una señal para iniciar la investigación.

¿Hambre/Sed? Esto casi no se aplica como duda para los adolescentes, porque la respuesta casi siempre es sí. La cuestión es entonces: ¿tienen bastante hambre o sed como para consumir lo que tú ofreces? ¿Es la única comida que hay en la casa? No se la comerán. ¿Es la comida por la que has trabajado tanto para poder servirla? No se la comerán. ¿Es alguna comida que guardabas para ti? Dala por perdida.

¿Cansancio? Sí. Los horarios de siestas vienen más impuestos por los adolescentes que por los niños pequeños. La elección de las horas de sueño (ya de noche), no obstante, parece ser la misma para los dos grupos de edad, con el mismo lema tácito: “¡Ya dormiré cuando esté muerto!”. ¿Se os ocurre proponer que guarden los aparatos electrónicos para facilitar el sueño? Qué ideas tan locas tenéis.

¿Suciedad/Pulcritud? He aquí una constante lucha de extremos. Un adolescente puede considerar la ducha como un anatema, mientras que otro cree que lavar el pelo dos veces al día es la mejor interpretación de las instrucciones “enjabone, aclare, repita”. Eso para la higiene corporal, pero en el caso de los adolescentes se aplica la misma norma a la ropa. Usan ropa sucia (que por cierto podrían lavar ellos mismos, que ya son mayorcitos y mayorcitas) para comunicar: quiero más ropa, necesito más ropa. Podemos ir a comprar ropa ya porque no tengo nada más que ponerme.

¿Enfermedad/Dolor? Cuidado aquí, porque ya llevan viviendo en este planeta entre 12 y 19 años, pero su capacidad para identificar en sí mismos una enfermedad todavía sigue un poco atrofiada. Yo utilizo el mismo tratamiento que con los niños pequeños. Tirita si hay herida, un paracetamol, tomar la temperatura y darles un zumo bien fresquito. Independientemente de la afección, recibiréis un “gracias mamá/papá” si de verdad están enfermos y un “¿me puedes traer una cocacola mejor que el zumo?” si no lo están. De una forma u otra, os enteraréis de qué les pasa.

¿Aburrimiento? Con los adolescentes la respuesta es “siempre”. Y no hay mucho que puedas hacer como padre o madre para curar este mal porque, sea lo que sea lo que propongas ─tirarte en tirolina entre rascacielos, tiroteos láser sobre tiburones, hacer surf en la luna comiendo pizza─, cualquier cosa por fantástica que parezca, por virtud de la procedencia de la sugerencia, es “un rollo”.Así que, como ya estáis condenados de antemano, apuntad bien alto: sugiere que lean un libro o que jueguen con sus hermanos; recomienda que ayuden con las tareas de la casa o que se pongan al día con los deberes de las vacaciones. Elabora una lista de lugares donde podrían ofrecerse como voluntarios o incluso una solicitud de trabajo formal. Os lo prometo, si os ponéis en modo adulto adultísimo, los adolescentes se dispersarán por miedo a que les peguéis vuestros piojos de adultos y ya veréis como no volverán a poner esa lúgubre cara de angustia frustrada cuando dicen “es que no tengo nada que hacer…”; tendrán demasiado miedo de que los pongáis a ayudar al vecino a barrer el portal o a leer cuentos a los parvulitos en la biblioteca local.

Las cinco cuestiones básicas todavía sirven, lo cual me lleva a pensar que en realidad los adolescentes no son tan diferentes de los niños pequeños, sino que como padres de adolescentes no tenemos los mismos grupos de apoyo que como padres primerizos.

Necesitamos un ‘Club de Re-Mamá’ o un ‘Grupo de padres: nivel avanzado’, es decir, algún grupo de padres que se reúna en una cafetería o en un bar y que permita a los “viejos” intercambiar consejos, compartir historias y brindar porque estos años de pavo adolescente pasen rápido.

Tenemos que saber que no estamos solos en esta batalla para comprender a estos seres humanos no tan racionales, aunque más altos que nosotros, a los que queremos tanto.

Hay una cosa más que dificulta el criar a una personita pasada su primera década de vida: las preguntas incontestables.

Es cierto que los niños pequeños también hacen preguntas sin respuesta, pero normalmente a los pequeños los puedes distraer fácilmente con otra cosa.

Los adolescentes consiguen plantear preguntas insondables y esperan respuesta: ¿Por qué no me ha llamado? ¿Por qué me contestó así? ¿Qué pasa si no le gusto a nadie? ¿Qué debería hacer? ¿Por qué me pasan estas cosas?

Aunque pensándolo bien, por muy difíciles que puedan ser las preguntas, las respuestas quizás sean siempre las mismas: abrazos, oraciones, helado… y una promesa de que mañana será otro día y que siempre habrá motivos para la esperanza.

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adolescenciaeducaciónfamiliahijospaternidad
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