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Por qué las Olimpiadas son un regalo para las personas con trastornos de alimentación

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Me diagnosticaron anorexia cuando tenía 12 años…

Me diagnosticaron anorexia cuando tenía 12 años y pasé los siguientes diez años saltando de un hospital o centro residencial de tratamiento a otro.

Tenía una obsesión insana con mi peso desde los 8 años —un entrenamiento intenso en ballet puede tener ese efecto incluso en chicas muy jóvenes—, pero el desencadenante definitivo llegó cuando un miembro del profesorado de mi escuela pre-profesional de ballet me llamó gorda delante de unas quince personas.

Aturdida, humillada y destrozada, me centré en las tres horas de ensayo que me faltaban con una sonrisa forzada y bailé lo mejor que pude.

En cuanto llegué a casa, me encerré en mi cuarto y lloré hasta quedarme dormida. Cuando desperté, ideé de inmediato un plan para solucionar esa evidentemente inaceptable imperfección.

Primero, reduciría a la mitad mis calorías diarias. Un mes más tarde pensé, “¿por qué parar ahí?” y reduje mi ingesta a 500 calorías al día.

Unos meses más tarde, me hospitalizaban por primera vez. Nunca pensé que estas hospitalizaciones pudieran llegar a ser algo rutinario, pero sí lo fueron, continuaron durante el instituto, la universidad y mi primer año viviendo y trabajando en Nueva York.

La recuperación ha sido un proceso largo y lento, y doy gracias por ello, en parte, a los Juegos Olímpicos.

Aunque tenía a mi familia, mis amigos y a un terapeuta entregado que nunca me dio por imposible, las Olimpiadas de 2008 desempeñaron un gran papel a la hora de ayudarme a redefinir mi concepto de ‘disciplina’.

En ocasiones, las pequeñas cosas pueden suponer un antes y un después en nuestra recuperación y son las que desafían nuestra idea de un cuerpo hermoso.

Durante el verano de 2008, volví a casa de la universidad y estaba de prácticas en una empresa de moda. Estas prácticas en particular no fueron en absoluto la mejor elección para una persona que intentaba superar un trastorno alimentario.

Cuando ojeaba nuestros libros de moda, automáticamente me comparaba con las modelos de las fotografías. Estaba celosa de sus cuerpos delgadísimos como palos y me preguntaba por qué yo no podía tener el autocontrol para ser tan delgada como ellas.

Pero la ayuda me vino de una forma inesperada. Aquel verano de 2008 resultó ser año de Olimpiadas. Llegaba a casa cada noche y veía con mi madre las competiciones en el sofá. Como muchos otros espectadores, yo estaba absolutamente asombrada por la fuerza que mostraban las mujeres que competían en natación, atletismo, fútbol o tenis.

Y como yo estaba tan obsesionada con mi peso, presté atención a sus cuerpos más de lo que nunca había hecho antes.

Las mujeres de estos deportes no eran delgadas como palillos, porque de haberlo sido no podrían poner en práctica las increíbles habilidades necesarias para competir en estos eventos.

Sus cuerpos fuertes y hermosos desafiaron mi concepción de que para ser hermosa tenía que pesar muy poco.

A medida que continuó el verano, continué prácticamente con la misma rutina cada día: veía las competiciones con mi madre y, poco a poco, mi ideal de belleza se alejó de la definición del “ballet” para acercarse más a la definición del “atleta”.

No puedo decir que de inmediato dejara de ambicionar el cuerpo de las modelos de los lookbooks de las revistas, pero las atletas olímpicas me parecían absolutamente hermosas porque eran fuertes, exitosas y posiblemente algunas de las personas más motivadas del mundo.

Lentamente me di cuenta de que preferiría pesar más y estar físicamente fuerte a simplemente disponer del cuestionable logro de ser “flaca”.

Como muchas personas con anorexia, pasé años considerando mi capacidad para resistir días sin comer como una señal de fuerza y motivación inquebrantable para alcanzar un objetivo.

No podía estar más equivocada: las atletas olímpicas que tenía delante en mi televisión eran el paradigma de fortaleza, motivación, éxito y poder en mujeres.

Los trastornos alimentarios son engañosos, ya que tienden a hacernos creer que tenemos el control, cuando en realidad es la enfermedad la que nos controla.

En 2016, la corredora olímpica Emma Coburn aportó una importante analogía que confío en que todas las mujeres puedan adoptar:

“Nunca me he avergonzado de mi cuerpo. La verdad, nunca he pensado mucho en ello. Para mí es como el recipiente que me permite hacer las cosas que quiero. Nunca se me ha ocurrido pensar en mi cuerpo de otra forma”.

Claro, la gran mayoría de nosotros no tiene la capacidad física excepcional necesaria para competir en las Olimpiadas, pero eso no disminuye la belleza de un cuerpo sano ordinario.

Somos fuertes y capaces y, como expresó Coburn tan acertadamente, nuestros cuerpos son recipientes. Nos llevan, nos permiten hacer lo que queremos.

Por fin he aprendido a pensar en mi cuerpo, también, como un recipiente. Ya no hago ejercicio para perder peso; lo hago porque sinceramente me encanta hacer ejercicio y me hace sentirme una persona física y mentalmente sana.

Después de años debilitada por mi trastorno alimentario, también valoro las cosas más básicas que mi cuerpo, ahora, me permite hacer, como explorar mi nueva ciudad a pie durante horas, cargar con la compra a casa y subir las escaleras hasta mi apartamento sin acabar exhausta.

Hubo un tiempo en que estas cosas me exigían un esfuerzo hercúleo. Hoy, soy capaz de llevar a cabo fácilmente mis tareas, mi trabajo y mis recados y aún me sobra energía para otras cosas.

Mi cuerpo es mi recipiente. No es, de ninguna manera, un objeto que yo necesite “arreglar” para cumplir con los cánones de belleza de la sociedad.

A veces aún tengo problemas con mi imagen corporal, y esta es una de las razones por las que ansío emocionada la llegada de cada evento olímpico.

Después de unos cuantos días viendo a estas mujeres fuertes y triunfadoras, recuerdo otra vez que la auténtica belleza y poder viene de la motivación, la ética del trabajo y la fuerza mental y física.

Estoy orgullosísima de estas increíbles atletas que representan a mi país y estaré eternamente agradecida por que se acepten a sí mismas en sus cuerpos e inspiren a otras mujeres a hacer lo mismo.

 

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