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Después de la muerte: Un acto final de amor a su mujer

Anna Gearhart CC
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Hubo un tiempo en que era normal que las familias prepararan los cuerpos de sus seres queridos para su entierro

Por lo general, nuestra cultura es bastante remilgada en relación a la muerte y puede que en parte se deba al hecho de que han pasado varias generaciones desde aquellos días —en realidad, hace unos cien años más o menos— en los que era habitual que una familia preparara el cuerpo del fallecido y lo velaran en el hogar, antes de su funeral y sepultura.

La muerte está un poco más regulada en este siglo XXI. Los códigos sanitarios de la comunidad (y las funerarias que trabajan según esta regulación) han eliminado de la sociedad moderna cualquier memoria o comprensión de lo que alguna vez fuera, para toda la humanidad, una cuestión bastante normal y, a fin de cuentas, un asunto íntimo familiar entre el difunto y sus seres queridos.

En cierto sentido, la muerte ha sido “esterilizada” para nuestra propia seguridad, hasta tal punto que un hecho tan común en la experiencia humana se ha convertido en algo totalmente ajeno a nosotros.

Una esposa que quizás ajustara la corbata de su marido cada domingo antes de ir a la iglesia no tiene ocasión de ajustársela ante el umbral de la eternidad.

Y lo que es más importante, se ha perdido la antigua tradición de recitar oraciones ante un cuerpo mientras es preparado con cariño para su entierro.

Este julio pasado, Ryan Lovett decidió que quería hacer uso de estos antiguos rituales y rezos judeocristianos como último acto de amor y servicio hacia su esposa, Lizz Lovett, fallecida tras una larga batalla con el cáncer.

Durante los meses previos a la muerte de Lizz, Ryan reflexionó y meditó en oración sobre cómo honrar a Lizz en su muerte, lo que incluía honrar también su cuerpo.

El Libro de Tobías ayudó a inspirar sus oraciones. Advirtió cuánto arriesgó Tobías y de cuánto fue recompensado por su respeto hacia los muertos, y se dio cuenta de que ambos, riesgo y recompensa, debían existir todavía.

“Es una muestra de respeto hacia una cristiana y su cuerpo, además de hacia la creación de Dios”, explicó.

“Me parece que un entierro cristiano apropiado es vital para nuestra vocación de ser buenos administradores de la creación de Dios. Y en realidad, no se me podía ocurrir una forma más hermosa de realizar un último acto de amor por mi esposa al final de su vida terrenal y corpórea. Después de todo, aunque esté muerta, sigue viva. Quiero hacerle saber que mi amor por ella no terminó con su muerte”.

Lo que resultó para él y para aquellos que asistieron al ritual cristiano fue algo precioso que superó todas sus expectativas.

Tara Chandlee, amiga íntima de Lizz y Ryan, describe la experiencia con permiso del marido:

Cuando Ryan preguntó si podría participar en el proceso de preparar el cuerpo de Lizz para el entierro cristiano, él advirtió al grupo de que no quería dramas; quería oración y servicio y sabía que podría ser tan difícil como desagradable.

No vacilé en aceptar, pero sabía que encontraría nuevos desafíos en el proceso y que, sobre todo, estaban depositando en mí una gran confianza para una experiencia profundamente íntima y triste.

Lo que no preví fueron los numerosos dones de gracia —de belleza incluso— que fluirían del ritual para preparar el cuerpo de Lizz.

Recé por tener la fuerza de no sentir repulsión, de no ser débil, de no tener miedo. Nunca antes había visto a una persona muerta y en mi interior temía esa confrontación con mi propia mortalidad.

Lizz había afrontado su inminente muerte con fuerza, dignidad, fe e incluso pragmatismo. Recé por tener algo de esos dones mientras conducía hacia su casa una hora después de que falleciera.

La esencia de la idea estaba en unirnos en oración por Lizz después de su muerte y que aquellos que más la querían limpiaran su cuerpo.

Incluyendo a Ryan, su madre y su hermana, estábamos ocho en la habitación. Fui la última en entrar.

Lizz yacía sobre una cama de hospital en su cuarto, con su madre tras ella acariciándole el pelo y otro amigo rezando continuamente las oraciones que Ryan había seleccionado.

La habitación estaba perfumada con un incienso de estilo ortodoxo. La madre de Lizz fue muy valiente, y aunque su dolor estaba a flor de piel mantuvo una perfecta entereza.

Tan pronto entré, su madre me hizo señas para acercarme y sujetar la mano de Lizz. Lo que no sabía es que todos antes de mí en aquella habitación ya habían tenido esa oportunidad. Lizz seguía caliente.

Ryan dijo que nuestro primer paso sería limpiar el cuerpo de Lizz, retirar las vendas y las manchas y cepillar su pelo.

Trabajamos juntos, cada uno atendiendo a una parte del proceso.

Su madre y hermana se quedaron en la cabeza, trenzando su pelo. Su hermana lloraba mientras trabajaba y su madre susurraba palabras de confort y amor hacia Lizz.

Mientras tanto, de fondo se leían palabras de los Salmos y el Evangelio, de forma continua y hermosa.

Después de terminar con lo fundamental, preparamos una bañera con agua caliente con esencia de aceite de nardo y, con esponjas nuevas, todos nos turnamos para limpiarla de nuevo, aunque esta vez no por el hecho práctico de limpiarla, sino con una reverencia más tierna hacia su cuerpo, era más bien una unción de enfermos con nuestro amor.

Luego la vestimos con su pijama habitual, que parecía haber recibido toda una vida de calidez, de abrazos y mimos de niños.

Por último, Ryan trajo un largo retal de algodón color marfil que había doblado con cuidado y precisión, parecido a la bandera que los soldados doblarían durante su entierro unos días más tarde.

Los siete empezamos a envolverla por completo desde los pies con la mortaja funeraria, de un lado a otro por encima y por debajo de su cuerpo, mientras sujetábamos con imperdibles la tela hasta llegar a su rostro. Entonces Ryan se arrodilló a su lado y le dio un último beso antes de que termináramos de envolverla.

Luego el padre Boyle –pastor de Ryan y Lizz–, que había estado esperando en la sala de estar, entró en la habitación y nos guió durante las oraciones finales usando agua bendita.

Aletheia (8 años) y Ambrose (6), dos de los cuatro hijos de los Lovett, pudieron entrar entonces.

Aletheia era demasiado tímida, con tanta gente en la habitación, como para centrarse en el cuerpo de su madre y se marchó rápidamente, pero Ambrose se tumbó junto a su madre, echó su brazo alrededor de ella y ahí se quedó a su lado, como había hecho antes cientos de veces.

No lloró, sino que descansó su cuerpo contra el de su madre amortajada, con tantísima ternura que a todos los presentes nos costó reprimir un llanto roto.

Había iniciado esta experiencia con la inquietud y la determinación de ser suficientemente fuerte, por honor a Ryan y a Lizz.

Nunca había escuchado de nadie que hubiera preparado el cuerpo de un ser querido para su enterramiento, pero Ryan se había documentado bien. Y aun con todo, ni siquiera él estaba listo o plenamente preparado para todo lo que experimentamos.

Durante todas las horas que pasamos juntos en aquella habitación, Ryan, en sus momentos más difíciles, levantaba la mirada a las alturas, y yo sabía que estaba pidiendo al Señor que le diera fuerzas.

Cuando se le veía visiblemente conmovido por la intensidad de su propio dolor, miraba al cielo y luego se recomponía y recuperaba su fuerza. Era sutil, pero evidente. Él sabía que sólo con su fuerza no era suficiente, así que continuó pidiendo orientación y ayuda.

Y gracias a esa increíble fe en Dios, fue capaz de demostrar a su esposa el mayor acto de amor del que yo haya sido testigo, probablemente mayor que cualquiera que pueda ver.

Lizz abandonó su cuerpo con la fe y la confianza de que su Creador la amaba y le preparaba una mejor vida. Ryan no sólo honró su cuerpo y su vida al ofrecer semejante sacrificio de amor en su final, sino que se unió a ella en su confianza en Dios.

Al preparar tan amorosamente su cuerpo para el entierro cristiano, participó en los preparativos de su mujer para la ceremonia de matrimonio de su unión con Cristo en el Paraíso. Ryan la dejó marchar, con dignidad y ternura y fe, hasta el final.

Ahí estaba la hermosura. Me sorprendí a mí misma por mis propios momentos de felicidad durante el proceso de preparación de su cuerpo.

Ser testigo de semejante amor sacrificado por parte de Ryan, de su familia, de todos nosotros, fue una experiencia sobrenatural.

El amor de Dios estaba tan presente en la habitación que hubo momentos en que me descubrí a mí misma sonriendo, rebosante de esperanza, entre los momentos de llanto y los de búsqueda interior de fuerza a través de la oración.

Ryan y Lizz nos dieron a todos un inmenso regalo cuando nos eligieron para participar en un ritual tan sagrado, y creo que Lizz lo entendía bien cuando decidió que hiciéramos esto por ella.

Nos estaba educando, acercándonos más al Señor, mostrándonos el camino no ya sólo hasta la muerte, sino a través de ella y más allá.

Estaré agradecida por siempre por el regalo que ella y Ryan me ofrecieron y rezaré por que este ministerio pueda extenderse más, para que muchos más participen de sus gracias.

 

[Notas adicionales de la autora: Los preparativos se hicieron con antelación. En vez de llamar al hospicio al instante de su muerte, esperaron hasta haber rezado con su cuerpo y haberlo limpiado. Puesto que Lizz no quería ser embalsamada, la envolvieron en su sudario. Luego, llamaron a la funeraria. Respetando los deseos de Lizz, el ataúd no estuvo abierto. La velaron en una iglesia provista por la funeraria y al día siguiente siguió el cortejo funerario].

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