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Descanso y comodidad: diferencias básicas

Carlos Padilla Esteban - publicado el 16/08/16

A veces tengo la tentación de desconectarme de todas mis responsabilidades y huir solo

Tengo claro que no he nacido ni para vegetar ni para dormir. Pero a veces veo que la comodidad me arrastra. Y las palabras del papa Francisco en la JMJ de Cracovia me levantan.

Hay un peligro muy real, “creer que para ser feliz necesitamos un buen sofá. Un sofá que nos ayude a estar cómodos, tranquilos, bien seguros. Un sofá contra todo tipo de dolores y temores. Un sofá que nos haga quedarnos en casa encerrados, sin fatigarnos ni preocuparnos. La sofá-felicidad, es probablemente la parálisis silenciosa que más nos puede perjudicar, que puede arruinar a la juventud.Nos vamos quedando dormidos, embobados y atontados.¿quieren ser jóvenes dormidos, muñecos, embobados? ¿Quieren ser libres? ¿Quieren vivir despiertos? ¿Quieren luchar por su futuro?No vinimos a este mundo a vegetar, a hacer de la vida un sofá que nos adormezca; al contrario, hemos venido a otra cosa, a dejar una huella. Es muy triste pasar por la vida sin dejar una huella”. Estas palabras me dejan pensativo.

No quiero pasar por mi vida sin dejar huella. No quiero vivir dormido sin sembrar vida. Aletargado. Confundido. Apagado.

No quiero ser un joven que tira la toalla antes de tiempo, antes de empezar a luchar, a servir. El que no invierte su vida en servir, no sirve para vivir.

No quiero ser un adulto cansado que no quiere más guerra. Quiero tener un corazón joven, un corazón lleno de misericordia, un corazón apasionado. Siempre dispuesto a darlo todo, a luchar, a entregar.

Añadía el papa Francisco: “Un corazón misericordioso se anima a salir de su comodidad; sabe ir al encuentro de los demás, logra abrazar a todos. Logra ser refugio para los que nunca tuvieron casa o la han perdido, sabe construir hogar y familia para aquellos que han tenido que emigrar, sabe de ternura y compasión”.

Me cuesta pensar en esa actitud descentrada, siempre en salida. Busco la comodidad de mi hogar, de los míos, de mi tierra. Me centro en mi felicidad, en lo que me falta para ser feliz. Y tal vez me olvido del bien de los otros, y pretendo sólo mi comodidad.

No quiero acostumbrarme a vivir con derechos. Siempre exigiendo, siempre infeliz. Siempre comparándome con otros, siempre pensando que los demás tienen más suerte, más talentos, más éxitos. No quiero sufrir por esas cosas.

Quiero aceptar mi vida como es. Y darle un sí alegre y decidido. Hoy miro a Dios y le doy gracias y lo alabo.

Sé que tengo derecho al descanso. Un derecho que no me hace pasar por encima de todos para lograrlo. No quiero vivir pensando que tengo derecho a que me dejen en paz, tranquilo, calmado. Me confundo cuando pienso así.

Tengo derecho a dar gratis lo que he recibido gratis. Ese es mi derecho fundamental, irrenunciable. No quiero olvidarlo. No quiero confundir el descanso con la comodidad.

Descanso de rutinas del año para vivir otros servicios, para vivir otra entrega, para seguir amando, para seguir siendo generoso y no egoísta. No pretendo vivir pensando sólo en mi sofá, en mi comodidad, en mi paz. Vivo descentrado, o si no es así, entonces vivo mal.

Quiero vivir abierto a la luz que llega cuando dejo que entre en mi vida la generosidad de Dios. No quiero buscar sólo la comodidad.

A veces tengo la tentación de desconectarme de todas mis responsabilidades, de mi mundo, y huir solo. La tentación de escaparme buscándome a mí mismo. En otro lugar mejor, en otra vida mejor.

Miro a Jesús cuando se retiraba a orar y lo seguían y lo buscaban. Y Él se dejaba encontrar. Es verdad que sé que no puedo ser como Él. Estoy tan lejos. Pero sí puedo ir con Él. Seguir sus pasos hasta donde Él vaya. Ese ha sido mi sueño siempre. Desde joven. Seguir sus pasos. No aburguesarme y dejar siempre que Él marque mis pasos. Me basta con estar con Él para tener paz.

Pero a veces lo quiero todo. El camino y la meta. La paz de la soledad y la alegría de dar consuelo. El guardarme y la entrega. No me conformo. No tengo paz y vivo inquieto. ¿Qué más puedo hacer? Mi corazón quiere más.

Pero a veces me lleno de alegrías pequeñas. Porque mi corazón está hecho para la alegría. Quiero ser alegre. Quiero dar alegrías. Me gustaría ser capaz de sembrar alegría como les decía el Papa a los jóvenes: “Capaces de contagiar alegría, esa alegría que nace del amor de Dios, la alegría que deja en tu corazón cada gesto, cada actitud de misericordia”.

Quiero una alegría que no pase, una alegría eterna que nunca se acabe. Una alegría honda y plena. Para poder dejar una huella verdadera en tantas vidas. Siempre lo he querido, siempre lo he soñado. No me conformo con vivir encerrado en mi mundo estrecho.

No quiero conformarme con una vida miserable sin horizontes amplios. Quiero mirar a Jesús. Le sigo a Él. No puedo vivir mirándome a mí mismo, lo que tengo, lo que poseo.

Sé que no estaré nunca a su altura. Sólo soy discípulo. Su hijo. Su hermano. Pero yo sigo caminando. Dejándome la vida. Siendo feliz a su lado. Tal vez eso me basta, con eso sueño.

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