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5 santos de color

Philip Kosloski - publicado el 09/08/16

La diversidad del pueblo santo en la Iglesia católica hace que su unidad sea aún más bella

Cuando observamos una iglesia católica u ojeamos estampas de santos en una tienda de recuerdos, no es difícil tener la impresión, falsa, de que todos los santos son de un único tono de piel: blanco. La imagen estereotípica de un santo es la de un varón o una mujer de pelo rubio o canoso y de origen europeo.

Da la impresión —insistimos, falsa— de que la Iglesia católica está formada sólo por blancos y que los santos no existen en otras culturas.

Afortunadamente, la santidad no es exclusiva de ninguna raza y la Iglesia católica es mucho más colorida de lo que normalmente se cree.

De hecho, hay innumerables santos de color en la Iglesia que han servido de inspiración para todos los pueblos a lo largo de los siglos.

Centrémonos en los casos de cinco mujeres y hombres santos que ayudaron a derribar estereotipos, unos santos a quienes deberíamos implorar su intercesión en un mundo donde los prejuicios raciales continúan haciendo trizas nuestro mundo.

San Moisés “el negro”

También conocido como “el moro” o “el etíope”, san Moisés fue un monje ascético nacido en Etiopía en el 330 a.C., uno de los Padres del Desierto venerado en especial en las Iglesias ortodoxas orientales.

Moisés comenzó sus andanzas nada menos que como líder de una banda de atracadores, notorios por su violencia. Durante un intento de ajuste de cuentas, vio frustrado su plan y terminó buscando refugio en un monasterio local.

Una vez fue testigo de las devotas vidas de los monjes, Moisés renunció a su anterior estilo de vida violenta, fue bautizado en el cristianismo y se unió a la comunidad.

Dedicó el resto de su vida a la oración como líder de un grupo de ermitaños en el desierto. Sin embargo, sus antiguas habilidades le resultaron útiles cuando un grupo de bandidos intentó asaltarle en su celda. Moisés fue capaz de plantarles cara y arrastrarles hasta la capilla.

Los bandidos, atónitos por lo sucedido, se convirtieron a la fe cristiana y con el tiempo entraron en la comunidad monástica.

San Pablo Miki y compañeros

San Francisco Javier llevó la fe católica a Japón en el siglo XVI y, en unas pocas décadas, cientos de miles de japoneses se convirtieron y bautizaron.

Semejante repentina influencia del cristianismo no agradaba a las autoridades imperiales, que empezaron a perseguir a los nuevos cristianos y sentenciaron a muerte a tres jesuitas nativos, seis franciscanos extranjeros y muchos laicos catequistas, médicos e incluso niños.

San Pablo Miki es el más conocido de estos mártires japoneses. Era un jesuita local que continuó con sus predicaciones al pueblo incluso estando clavado a una cruz.

“La sentencia del juicio dijo que estos hombres vinieron a Japón desde las Filipinas, pero yo no llegué de ningún otro país. Soy un auténtico japonés. La única razón para mi muerte es que he enseñado la doctrina de Cristo. Y bien es cierto que enseñé la doctrina de Cristo. Doy gracias a Dios que sea esta la razón de mi muerte. Considero estar diciendo nada más que la verdad antes de morir. Sé que me creéis y quiero repetíroslo una vez más: pedid a Cristo que os ayude a ser felices. Yo obedezco a Cristo. Por el ejemplo de Cristo, perdono a mis perseguidores. No les odio. Pido a Dios que se apiade de todos ellos y confío en que mi sangre caiga sobre mis semejantes como provechosa lluvia”.

Santa Catalina Tekakwitha

Hija de un jefe mohawk, Kateri o Catalina Tekakwitha se convirtió al cristianismo gracias a la bondad y generosidad de los misioneros jesuitas franceses.

Sin embargo, en su vida no faltaron el sufrimiento y el escarnio debido a su fe cristiana. Catalina fue ridiculizada constantemente e incluso recibió amenazas de muerte por su conversión.

Debido a ello tuvo que huir de su aldea dos años después de su bautismo y se estableció en un asentamiento de indígenas cristianos en Canadá.

Con el apoyo de la comunidad cristiana, la fe de Catalina floreció y se hizo célebre entre todos por su alegría y buen humor. Se tomó en serio el mensaje cristiano, como atestiguaba un misionero jesuita:

“Para mantener viva su devoción por el misterio de la Pasión de Nuestro Salvador, y para tenerle siempre presente en su mente, llevaba consigo sobre el pecho un pequeño crucifijo que le había regalado. A menudo lo besaba con la mayor de las ternuras y un profundo sentimiento de compasión hacia el sufrimiento de Jesús, así como con un recuerdo vívido de los beneficios de nuestra redención”.

San Juan Diego

Nativo de México, Juan Diego era un hombre sencillo que fue elegido para ser destinatario de las famosas apariciones marianas de Nuestra Señora de Guadalupe.

No se sabe mucho de los comienzos de su vida, pero después de ver a la Santísima Virgen se le permitió vivir como ermitaño junto a un santuario en honor a la Virgen.

San Juan Pablo II alababa la sencillez de este santo y su capacidad para luchar por la santidad sin por ello abandonar su identidad indígena.

“Al acoger el mensaje cristiano sin renunciar a su identidad indígena, descubrió la profunda verdad de la nueva humanidad, en la que todos están llamados a ser hijos de Dios en Cristo. Así facilitó el encuentro fecundo de dos mundos y se convirtió en protagonista de la nueva identidad mexicana, íntimamente unida a la Virgen de Guadalupe, cuyo rostro mestizo expresa su maternidad espiritual que abraza a todos los mexicanos. Por ello, el testimonio de su vida debe seguir impulsando la construcción de la nación mexicana, promover la fraternidad entre todos sus hijos y favorecer cada vez más la reconciliación de México con sus orígenes, sus valores y tradiciones” (Homilía por la Canonización de San Juan Diego).

San Martín de Porres

Hijo ilegítimo de un hidalgo español, san Martín de Porres, esclavo liberto, pasó su vida al servicio de los pobres y los necesitados de Lima, Perú.

Martín se unió a la comunidad local de dominicos con 15 años, al principio encargado con funciones de servicio en la comunidad.

Sus responsabilidades fueron en aumento progresivamente hasta que, con el tiempo, fue admitido en la orden.

Por desgracia, su ascendencia mestiza fue motivo de burla entre sus compañeros dominicos. Se dice que cuando el monasterio estuvo cargado de deudas, Martín se ofreció al superior: “Sólo soy un pobre mulato. Véndanme. Soy propiedad de la orden. Véndanme”.

Esta persecución desde dentro no desalentó a Martín, que continuó dedicando su vida a la oración y al servicio del prójimo.

Nunca cesó de servir al pobre y al enfermo en la comunidad, incluso cediendo su propia celda a un hombre desesperadamente necesitado.

El superior no se mostró muy contento con esto último, pero Martín se explicó: “Disculpe mi error, pues desconocía que el precepto de obediencia tenía prioridad sobre el de caridad”. Después de aquel incidente, le permitieron hacer lo que fuera necesario para servir a los demás.

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