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«No queremos vencer el odio con más odio»

Vatican Insider - publicado el 30/07/16

«Pretenden hacernos creer que encerrarnos es la mejor manera para protegernos de lo que nos hace mal. Hoy los adultos necesitamos de ustedes, que nos enseñen a convivir en la diversidad, en el diálogo, en compartir la multiculturalidad, no como una amenaza sino, como una oportunidad». Papa Francisco recibió el abrazo de un millón de jóvenes en el “Campus Misericordiae”, la gran zona verde que se encuentra entre la periferia de Cracovia y la pequeña ciudad de Wieliczka. Los jóvenes caminaron kilómetros para llegar a este lugar, en donde pasarán la noche al aire libre. Una vez más, el Papa les habla de acogida, de diálogo, de apertura: «Nosotros no queremos vencer el odio con más odio, vencer la violencia con más violencia, vencer el terror con más terror». Esta no es la vía que hay que recorrer, y Bergoglio está convencido de ello. 

A su llegada, el Papa fue recibido por el sonido de una campana que pesaba media tonelada. En la zona preparada para los dos encuentros finales de la JMJ se construyeron dos casas para recordar permanentemente el evento, signos tangibles de la misericordia. La primera es una Casa diurna para ancianos. La segunda es un Centro de la Cáritas con un almacén de alimentos donados para los más necesitados de diferentes parroquias. Francisco atravesó la Puerta Santa en compañía de seis jóvenes. Después escuchó los testimonios y las preguntas de otros tres jóvenes. 

Al tomar la palabra, el Papa citó el testimonio de Rand, un joven sirio de 27 años que es oriundo de la ciudad mártir de Alepo. «Venimos desde distintas partes del mundo, de continentes, países, lenguas, culturas, pueblos diferentes –dijo. Somos “hijos” de naciones, que quizá pueden estar enfrentadas luchando por diversos conflictos, o incluso estar en guerra. Otros venimos de países que pueden estar en “paz”, que no tienen conflictos bélicos, donde muchas de las cosas dolorosas que suceden en el mundo sólo son parte de las noticias y de la prensa. Pero seamos conscientes de una realidad: para nosotros –añadió–, hoy y aquí, provenientes de distintas partes del mundo, el dolor, la guerra que viven muchos jóvenes, deja de ser anónima, deja de ser una noticia de prensa, tiene nombre, tiene rostro, tiene historia, tiene cercanía. Hoy la guerra en Siria, es el dolor y el sufrimiento de tantas personas, de tantos jóvenes como el valiente Rand, que está aquí entre nosotros pidiéndonos que recemos por su amado país». 

Francisco observó que hay situaciones que nos parecen lejanas hasta que, de alguna manera, «las tocamos». Hay realidades que «no comprendemos porque sólo las vemos a través de una pantalla (del celular o de la computadora). Pero cuando tomamos contacto con la vida»; entonces, «sentimos la invitación a involucrarnos». «No más ciudades olvidadas», repitió Bergoglio haciendo suyo el llamado del joven sirio. «Ya nunca puede haber hermanos «rodeados de muerte y homicidios» sintiendo que nadie los va a ayudar». El Papa invitó a los jóvenes a rezar compartiendo el sufrimiento «de muchas víctimas de la guerra», «para que de una vez por todas podamos comprender que nada justifica la sangre de un hermano, que nada es más valioso que la persona que tenemos al lado». «Por ello, para estar en familia, en fraternidad, todos juntos –dijo Francisco–, los invito a levantarse a tomarse de la mano y a rezar en silencio. Todos». 

«Nosotros no vamos a gritar ahora contra nadie –exclamó–, no vamos a pelear, no queremos destruir. Nosotros no queremos vencer el odio con más odio, vencer la violencia con más violencia, vencer el terror con más terror». Y añadió inmediatamente después que «nuestra respuesta a este mundo en guerra tiene un nombre: se llama fraternidad, se llama hermandad, se llama comunión, se llama familia». 

«Que nuestra mejor palabra –añadió–, que nuestro mejor discurso, sea unirnos en oración. Hagamos un momento de silencio y recemos». Francisco invitó a los jóvenes de la JMJ a rezar en silencio por los que saben que al salir de casa «pueden no volver a ver a sus seres queridos», por los que «tienen miedo de no sentirse apreciados y amados». El miedo, explicó Bergoglio, lleva al encierro, y este «siempre va acompañado por su “hermana gemela”: la parálisis, sentirnos paralizados. Sentir que en este mundo, en nuestras ciudades, en nuestras comunidades, no hay ya espacio para crecer, para soñar, para crear, para mirar horizontes, en definitiva para vivir, es de los peores males que se nos puede meter en la vida». 

Pero, en la vida hay otra parálisis, que para Francisco es «mucho más peligrosa». Es la que nace «cuando se confunde “felicidad” con un “sofá”» que «nos ayude a estar cómodos, tranquilos, bien seguros». Un sofá que garantiza «horas de tranquilidad para trasladarnos al mundo de los videojuegos». La «felicidad-sofá» (el Papa repitió el neologismo en polaco «kanapa-szczęście») es «probablemente la parálisis silenciosa que más nos puede perjudicar». Porque atonta y emboba, «mientras otros (quizás los más vivos, pero no los más buenos) deciden el futuro por nosotros». 

Seguramente, comentó Francisco, «para muchos es más fácil y beneficioso tener a jóvenes embobados y atontados que confunden felicidad con un sofá». Pero « la verdad es otra: queridos jóvenes, no vinimos a este mundo a “vegetar”». Es «muy triste pasar por la vida sin dejar una huella». La droga hace daño, recordó Bergoglio, «pero hay muchas otras drogas socialmente aceptadas que nos terminan volviendo tanto o más esclavos». 

Por el contrario, explicó el Pontífice, «Jesús es el Señor del riesgo, del siempre «más allá». Jesús no es el Señor del confort, de la seguridad y de la comodidad. Para seguir a Jesús, hay que tener una cuota de valentía, hay que animarse a cambiar el sofá por un par de zapatos que te ayuden a caminar por caminos nunca soñados y menos pensados, por caminos que abran nuevos horizontes, capaces de contagiar alegría, esa alegría que nace del amor de Dios». 

Papa Francisco invitó a los jóvenes a «ir por los caminos siguiendo la «locura» de nuestro Dios que nos enseña a encontrarlo en el hambriento, en el sediento, en el desnudo, en el enfermo, en el amigo caído en desgracia, en el que está preso, en el prófugo y el emigrante, en el vecino que está solo». Un Dios que «nos invita a ser actores políticos, pensadores, movilizadores sociales. Que nos incita a pensar una economía más solidaria». 

Este es el secreto, explicó Francisco a los jóvenes: «Dios espera algo de ti. Dios viene a romper nuestras clausuras, viene a abrir las puertas de nuestras vidas, de nuestras visiones, de nuestras miradas». Dios «quiere hacer que tus manos, mis manos, nuestras manos se transformen en signos de reconciliación, de comunión, de creación. Él quiere tus manos para seguir construyendo el mundo de hoy. Él quiere construirlo con vos». 

Los límites personales y los pecados no son un problema. Porque, recordó el Papa, «cuando el Señor nos llama no piensa en lo que somos, en lo que éramos, en lo que hemos hecho o de dejado de hacer. Al contrario: él, en ese momento que nos llama, está mirando todo lo que podríamos dar, todo el amor que somos capaces de contagiar. Su apuesta siempre es al futuro, al mañana. Jesús te proyecta al horizonte». 

«La vida de hoy –concluyó Francisco– nos dice que es mucho más fácil fijar la atención en lo que nos divide, en lo que nos separa. Pretenden hacernos creer que encerrarnos es la mejor manera para protegernos de lo que nos hace mal. Hoy los adultos necesitamos de ustedes, que nos enseñen a convivir en la diversidad, en el diálogo, en compartir la multiculturalidad, no como una amenaza sino, como una oportunidad: tengan valentía para enseñarnos que es más fácil construir puentes que levantar muros. Y todos juntos pidamos que nos exijan transitar por los caminos de la fraternidad. Construir puentes: ¿Saben cuál es el primer puente a construir? Un puente que podemos realizarlo aquí y ahora: estrecharnos la mano, darnos la mano. Anímense, hagan ahora, aquí, ese puente primordial, y dénse la mano. Es el gran puente fraterno, y ojalá aprendan a hacerlo los grandes de este mundo… pero no para la fotografía, sino para seguir construyendo puentes más y más grandes. Que éste puente humano sea semilla de tantos otros; será una huella». Millones de manos se estrechan mientras la noche envuelve el «Campus» de la Misericordia. 

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