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«Me gustaría estar un poco cerca de cada niño enfermo y guardar silencio»

Vatican Insider - publicado el 29/07/16

«Me gustaría poder estar un poco cerca de cada niño enfermo, junto a su cama, abrazarlos uno a uno, escuchar por un momento a cada uno de vosotros y juntos guardar silencio ante las preguntas para las que no existen respuestas inmediatas…». Para Francisco es la jornada de las emociones y del dolor. Por la terrible tragedia de la Shoah. Por los pequeños crucificados de hoy, niños y chicos gravemente enfermos. El Viernes de pasión de Bergoglio lo lleva al hospital infantil universitario de Prokocim. Como en Auschwitz también aquí el Papa fue recibido por la Primera ministra Beata Maria Szydło. 

En 1991 san Juan Pablo II vivitó el mismo hospital, y ahora algunas reliquias del Pontífice polaco se conservan en la pequeña iglesia en su interior. El capellán, el padre Lucjan Szczepniak, recibió hace algunos años el título de «samaritano de la misericordia», por sus actividades con los niños. En el atrio Francisco fue acogido por 50 pequeños pacientes, acompañados por sus padres. 

Los niños y las niñas estaban sentados en sillas de ruedas, muchos de ellos llevan en los rostros las señales inconfundibles de los tratamientos contra el cáncer. 

Después de saludar a la Primera ministra, el Papa tomó la palabra para decir que «no podía faltar» durante su viaje a Cracovia un encuentro como este. Dijo que le gustaría poder quedarse en silencio, por lo menos por un poco, al lado de cada uno de los pequeños enfermos, guardando silencio «ante las preguntas para las que no existen respuestas inmediatas. Y rezar». 

El Papa recordó que en muchas veces Jesús se encontró con los enfermos, los acogió y fue a su encuentro; los veía «como una madre mira al hijo que no está bien, siente vibrar dentro de ella la compasión». 

«Cómo quisiera –dijo Francisco– que, como cristianos, fuésemos capaces de estar al lado de los enfermos como Jesús, con el silencio, con una caricia, con la oración. Nuestra sociedad, por desgracia, está contaminada por la cultura del “descarte”, que es lo contrario de la cultura de la acogida. Y las víctimas de la cultura del descarte son precisamente las personas más débiles, más frágiles; esto es una crueldad. Sin embargo es hermoso ver que, en este hospital, los más pequeños y necesitados son acogidos y cuidados. Gracias por este signo de amor que nos ofrecen. Este es el signo de la verdadera civilización, humana y cristiana: poner en el centro de la atención social y política las personas más desfavorecidas». 

Bergoglio dijo que a veces las familias se encuentran solas al encargarse de ellos. «¿Qué hacer? Desde este lugar, donde se ve el amor concreto, diría: multipliquemos las obras de la cultura de la acogida, obras animadas por el amor cristiano, el amor a Jesús crucificado, a la carne de Cristo. Servir con amor y ternura a las personas que necesitan ayuda nos hace crecer a todos en humanidad; y nos abre el camino a la vida eterna: quien practica las obras de misericordia, no tiene miedo de la muerte». 

«Animo –concluyó el Papa– a todos los que han hecho de la invitación evangélica a “visitar a los enfermos” una opción personal de vida: médicos, enfermeros, todos los trabajadores de la salud, así como los capellanes y voluntarios. Que el Señor les ayude a realizar bien su trabajo, en este como en cualquier otro hospital del mundo. Y les recompense dándoles paz interior y un corazón siempre capaz de ternura». 

Bergoglio saludó uno por uno a los pequeños que escucharon sus palabras, les acarició los rostros y los bendijo. Una niña le regaló al Papa un dibujo. Al final, Francisco prosiguió su visita, de manera privada, por los corredores de la sección de Emergencias. Antes de abandonar la estructura se detuvo en la capilla a rezar en silencio ante el Santísimo Sacramento. 

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