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Los primeros refugiados climáticos son… ¡americanos!

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En la isla de Jean Charles, que se oculta al sur de Luisiana

El 18 de junio de 2015 el Papa publicaba la encíclica Laudato Si, que comenzaba con la oración de san Francisco de Asís exhortando a los cristianos a defender, a través de sus oraciones y sus obras, la integridad de la naturaleza contra la explotación irracional de la que el ser humano es culpable.

Un paraíso autárquico

La isla de Jean Charles se oculta al sur de Luisiana, Estados Unidos, en mitad de una inmensa llanura donde el agua y la tierra se envuelven mutuamente formando la pantanosa región que conocemos como el Bayou.

Allí, los pantanos se extienden más allá del horizonte, con grandes cipreses que se alzan entre los meandros, con el aire pesado sobre la espalda como una cota de malla, con la vida animal y vegetal prosperando sin límites.

Esta región de la isla de Jean Charles da cobijo a la tribu de los Biloxi-Chitimacha-Choctaw, un pueblo indígena católico donde cada familia cuenta con un nombre francés. Esta franja de tierra lleva además el nombre de Jean-Charles Naquin, compañero del pirata Jean Lafitte, cuyos descendientes aún son notables miembros de la tribu.

Tras ser expulsados por el gobierno federal durante la década de 1830 de sus tierras ancestrales, situadas mucho más al norte, los Biloxi-Chitimacha-Choctaw recrearon un pequeño paraíso aislado del mundo en el que la caza, la pesca y la agricultura bastaban para cubrir las necesidades esenciales.

Una desaparición programada

Sin embargo, como bien sabemos por el paso de Moisés a través del mar Rojo, las aguas fuente de vida pueden ser también el azote de la muerte, y ahora se ciernen sobre la isla de Jean Charles.

La tierra va sumergiéndose poco a poco en el fondo de la laguna que, a su vez, es devorada por el mar.

Desde los años 1950 han perdido más del 90% de su superficie: de los otrora 150 km2 quedan apenas unos 3. El resto se ha ido inundando progresivamente.

De los 400 habitantes autosuficientes han pasado a ser unos cincuenta, abastecidos por el supermercado de la ciudad más próxima.

El gobierno federal ha asignado (el 21 de enero de 2016) 48 millones de dólares para reubicarles de nuevo, esta vez para su bien. Bajo las aguas dejarán sus tradiciones, sus recuerdos, su cultura y sus esperanzas.

El foco sobre las compañías de gas y petróleo

La causa: los repetidos huracanes que han ido barriendo la región con una violencia inédita entre 2005 y 2009, así como la subida del nivel del mar.

Pero la mayor parte del problema la representan las compañías de gas y petróleo.

Desde la década de los cincuenta, han estado trazando con tiralíneas el paso de interminables canales y gasoductos que abren grandes avenidas entre las aguas del delta, donde los pantanos y los bancos de tierra absorbían las crecidas de agua.

Practican sobre todo el dragado, es decir, que unos grandes barcos excavan los fondos lacustres y los vuelcan donde sea, mar o tierra; en última instancia, el lecho es trasladado de forma tal que, a la fuerza, las aguas ocupan el espacio de islas como la de Juan Carlos.

En realidad nadie se atreve a actuar, puesto que la industria de los hidrocarburos es prácticamente la única que da trabajo al Estado.

La gran refinería de Bâton-Rouge se yergue orgullosa, visible a diez kilómetros a la redonda arrojando al cielo sus humos grises, pareciera un templo siniestro de energías telúricas.

De sus chirridos y vapores depende la prosperidad de miles de familias endeudadas más allá de toda solvencia, es decir, ahogadas en el confort pero potencialmente en la calle.

Los Biloxi-Chitimacha-Choctaw son sólo los primeros: 200 millones de personas en el mundo se arriesgan a correr la misma suerte. Quizás estos cristianos tengan que servir de ejemplo, marcharse primero antes que los otros para “preparar el lugar” para ellos.

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