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Tres Papas en Auschwitz y Birkenau

Vatican Insider - publicado el 21/07/16

La visita peregrinaje de Papa Francisco a Auschwitz – Birkenau, prevista el viernes 29 de julio por la mañana, ha suscitado (como había que esperarse) mucho interés en la prensa a pocas horas de su anuncio oficial. El Santo Padre se dirigirá en peregrinaje de oración, en silencio, a este sagrario del dolor 37 años después de la primera visita de un Papa (Juan Pablo II, el 7 de junio de 1979) y 10 años después de la segunda visita de un Pontífice, la de Benedicto XVI (el 28 de mayo de 2006). Tres Papas, tres biografías, tres caminos pastorales y tres estilos en el ejercicio del ministerio episcopal; sin embargo, el mismo gesto de dolor, de consternación y de absoluta cercanía no solo a un pueblo (el pueblo hebraico) que fue exterminado, sino una reflexión en el lugar en donde el hombre tocó su miseria y la maldad más horrible, en donde la aniquilación del «otro» (hebreo, adversario político, homosexual o gitano) fue ejecutada con lucidez y frialdad metódicas.

Juan Pablo II

San Juan Pablo II, Papa polaco, celebró la Eucaristía y pronunció una conmovedora homilía en Auschwitz – Birkenau. Comenzó con estas palabras: « Un lugar que fue construido sobre la crueldad. Conduce a él una puerta, que todavía existe, sobre la cual se puso una inscripción “Arbeit macht frei”, que suena a mofa, porque su contenido se contradecía radicalmente con lo que ocurría dentro». Después, Karol Wojtyla observó con fuerza: «¿Puede todavía extrañarse alguien de que el Papa, nacido y educado en esta tierra; el Papa que ha ido a la Sede de San Pedro desde la diócesis en cuyo territorio se halla el campo de Auschwitz, haya comenzado su primera Encíclica con las palabras Redemptor hominis y que la haya dedicado en conjunto a la causa del hombre, a la dignidad del hombre, a las amenazas contra él y, en fin, a sus derechos? ¡Derechos inalienables que tan fácilmente pueden ser pisoteados y aniquilados por… el ser humano! Es suficiente revestir al hombre de un uniforme diverso, armarlo con instrumentos de violencia, basta imponerle la ideología en la que los derechos del hombre quedan sometidos a las exigencias del sistema… completamente sometidos, de modo que, de hecho, dejan de existir».

Benedicto XVI

En 2006, Papa Benedicto XVI, Papa alemán, prefirió, en lugar de la Santa Misa, un momento de oración y después pronunció uno de sus discursos más fuertes y conmovedores. « El Papa Juan Pablo II estaba aquí como hijo del pueblo polaco», dijo Joseph Ratzinger. Y después añadió: «Yo estoy hoy aquí como hijo del pueblo alemán, y precisamente por esto debo y puedo decir como él:  No podía por menos de venir aquí. Debía venir. Era y es un deber ante la verdad y ante el derecho de todos los que han sufrido, un deber ante Dios, estar aquí como sucesor de Juan Pablo II y como hijo del pueblo alemán, como hijo del pueblo sobre el cual un grupo de criminales alcanzó el poder mediante promesas mentirosas, en nombre de perspectivas de grandeza, de recuperación del honor de la nación y de su importancia, con previsiones de bienestar, y también con la fuerza del terror y de la intimidación; así, usaron y abusaron de nuestro pueblo como instrumento de su frenesí de destrucción y dominio. Sí, no podía por menos de venir aquí». Después añadió: «Nosotros no podemos escrutar el secreto de Dios. Sólo vemos fragmentos y nos equivocamos si queremos hacernos jueces de Dios y de la historia. En ese caso, no defenderíamos al hombre, sino que contribuiríamos sólo a su destrucción. No; en definitiva, debemos seguir elevando, con humildad pero con perseverancia, ese grito a Dios:  «Levántate. No te olvides de tu criatura, el hombre». Y el grito que elevamos a Dios debe ser, a la vez, un grito que penetre nuestro mismo corazón, para que se despierte en nosotros la presencia escondida de Dios, para que el poder que Dios ha depositado en nuestro corazón no quede cubierto y ahogado en nosotros por el fango del egoísmo, del miedo a los hombres, de la indiferencia y del oportunismo».

Francisco

Dentro de pocos días será la visita de Papa Francisco y se llevará a cabo con modalidades diferentes de las que tuvieron las dos visitas anteriores. No habrá ninguna homilía ni un discurso. El Santo Padre, que inicialmente había pensado en una alocución, aclaró recientemente, respondiendo a una pregunta que le hizo el padre Federico Lombardi durante la conferencia de prensa que ofreció en el vuelo de Armenia a Roma (el pasado 26 de junio): «Yo quisiera ir a aquel sitio de horror sin discursos, sin gente, solo los pocos necesarios… ¡Pero los periodistas seguro que estarán! Pero sin saludar a este y a este… No, no. Solo, entrar, rezar… Y que el Señor me dé la gracia de llorar».

De esta manera, Papa Francisco cerrará una especie de catequesis Pontificia sobre el Holocausto: oración, reflexión y silencio en los lugares, no los únicos, que se han convertido en el simbolo de una de las páginas más negras de la humanidad, del arbitrio y del poder de muerte absoluto del hombre sobre el hombre. No fue casual que el el Yad Vashen, el 26 de mayo de 2014, el Santo Padre dijera: «En este lugar, memorial de la Shoah, escuchamos resonar esta pregunta de Dios; ‘¿Adán, dónde estás?’. En esta pregunta está todo el dolor del Padre que ha perdido al hijo. El padre conocía el peligro de la libertad; sabía que el hijo habría podido perderse… ¡pero tal vez ni siquiera el Padre podía imaginar tal caída, tal abismo! Ese grito: ‘¿Dónde estás?’, aquí, frente a la tragedia inconmensurable del Holocausto, resuena como una voz que se pierde en un abismo sin fondo…».


***  

Karol Wojtyla: «Auschwitz es un testimonio de la guerra» (1979)

«Auschwitz es una cuenta con la conciencia de la humanidad mediante estas lápidas que dan testimonio de las víctimas que habían perdido las naciones. Auschwitz es un lugar que no basta solo visitarlo. Durante la visita hay que pensar con temor dónde están las fronteras del odio. Auschwitz es un testimonio de la guerra. La guerra lleva consigo un desmedido crecimiento del odio, de la destrucción, de la crueldad. Y si no se puede negar que manifiesta también nuevas posibilidades de la valentía humana, del heroísmo, del patriotismo, queda sin embargo el hecho de que en ella prevalece la cuenta de las pérdidas. Prevalece tanto más, cuanto más la guerra se convierte en el juego de la bien calculada técnica de la destrucción. De la guerra son responsables no sólo los que la causan directamente, sino también aquellos que no hacen todo lo posible por impedirla.

Por esto, séame permitido repetir en este lugar las palabras que Pablo VI pronunció ante la Organización de las Naciones Unidas: “Basta recordar que la sangre de millones de hombres, que inauditos e innumerables sufrimientos, inútiles matanzas y espantosas ruinas, sancionan el pacto que os une con un juramento que debe cambiar la historia futura del mundo: No más la guerra, no más la guerra. Es la paz, solo la paz, la que debe guiar el destino de los pueblos y de toda la humanidad” (AAS 57, 1965, p. 881).

Mas si esta gran llamada de Auschwitz, el grito del hombre aquí martirizado, ha de dar frutos para Europa (y también para el mundo), es necesario sacar todas las consecuencias de la Declaración de los Derechos Humanos, como exhortaba a hacerlo Juan XXIII en la Encíclica Pacem in terris. En ella, en efecto, leemos: ‘La Declaración reconoce solemnemente a todos los hombres sin excepción la dignidad de la persona humana y se afirman todos los derechos que todo hombre tiene a buscar libremente la verdad, respetar las normas morales, cumplir los deberes de la justicia, exigir condiciones de vida dignas del hombre; estos derechos son universales, inviolables e inmutables’ (Juan XXIII, Pacem in terris IV; AAS 55, 1963, pp. 295-296).

Y yo volvería todavía a la sabiduría del viejo maestro Pawe? W?odkowic, rector de la Universidad Jagellónica en el siglo XV. Afirmaba él que era necesario garantizar los siguientes derechos de las naciones: a la existencia, a la libertad, a la independencia, a la propia cultura, al desarrollo digno. Escribe W?odkowic: “Donde el poder actúa más que el amor, allí se buscan los intereses propios y no los de Jesucristo, y por eso es más fácil alejarse de la norma de la ley divina (…). Sin embargo, todas las leyes condenan a los que invaden a cuantos quieren vivir en paz: tanto la ley natural que dice: ‘lo que quieras para ti hazlo al otro’, como también la ley divina que condena todo robo mediante la prohibición ‘no robarás’, y toda violencia mediante el mandamiento ‘no matarás’” (Pawe? W?odkowic, Saevientibus [1415], Tract. II, Salutio quest. IV; cf. L. Ehrlich, Pisma Wybrane Paw?a W?odkowica, Varsovia 1968, t. 1. pp. 61, 58-59).

Y no sólo se trata aquí de la ley, sino también y sobre todo del amor. Ese amor del prójimo en el cual se manifiesta y se traduce el amor de Dios que Cristo ha proclamado como su mandamiento. Y que es también el mandamiento que cada hombre lleva escrito en su corazón, esculpido por el Creador mismo. Ese mandamiento se concreta también en el respeto del otro, de su personalidad, de su conciencia; se concreta en el diálogo con el otro, en saber buscar y reconocer todo lo que puede haber de bueno y de positivo también en quien tiene ideas diversas de las nuestras, e incluso en quien, en su buena fe – yerra….

Jamás una nación puede desarrollarse a costa de otra, a precio de servidumbre del otro, a precio de conquista, de ultraje, de explotación y de muerte».


Joseph Ratzinger: «¿Por qué, Señor, permaneciste callado?» (2006)  

«Tomar la palabra en este lugar de horror, de acumulación de crímenes contra Dios y contra el hombre que no tiene parangón en la historia, es casi imposible; y es particularmente difícil y deprimente para un cristiano, para un Papa que proviene de Alemania. En un lugar como este se queda uno sin palabras; en el fondo sólo se puede guardar un silencio de estupor, un silencio que es un grito interior dirigido a Dios:  ¿Por qué, Señor, callaste? ¿Por qué toleraste todo esto? Con esta actitud de silencio nos inclinamos profundamente en nuestro interior ante las innumerables personas que aquí sufrieron y murieron. Sin embargo, este silencio se transforma en petición de perdón y reconciliación, hecha en voz alta, un grito al Dios vivo para que no vuelva a permitir jamás algo semejante.

Hace veintisiete años, el 7 de junio de 1979, se encontraba aquí el Papa Juan Pablo II; y en esa ocasión dijo:  «Vengo aquí hoy como peregrino. Se sabe que he estado aquí muchas veces… ¡Cuántas veces! Y muchas veces he bajado a la celda de la muerte de Maximiliano Kolbe y me he parado ante el muro del exterminio y he pasado entre las escorias de los hornos crematorios de Birkenau. No podía menos de venir aquí como Papa» (Homilía en el campo de concentración de Auschwitz, n. 2:  L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 17 de junio de 1979, p. 13).

El Papa Juan Pablo II estaba aquí como hijo del pueblo que, juntamente con el pueblo judío, tuvo que sufrir más en este lugar y, en general, a lo largo de la guerra:  «Son seis millones de polacos los que perdieron la vida durante la segunda guerra mundial:  la quinta parte de la nación», recordó entonces el Papa (ib.). Luego aquí hizo el solemne llamamiento al respeto de los derechos del hombre y de las naciones, que anteriormente habían hecho al mundo sus predecesores Juan XXIII y Pablo VI, y añadió:  «Pronuncia estas palabras (…) el hijo de la nación que en su historia remota y más reciente ha sufrido de parte de los demás múltiples tribulaciones. Y no lo dice para acusar, sino para recordar. Habla en nombre de todas las naciones, cuyos derechos son violados y olvidados» (ib., n. 3).

El Papa Juan Pablo II estaba aquí como hijo del pueblo polaco. Yo estoy hoy aquí como hijo del pueblo alemán, y precisamente por esto debo y puedo decir como él:  No podía por menos de venir aquí. Debía venir. Era y es un deber ante la verdad y ante el derecho de todos los que han sufrido, un deber ante Dios, estar aquí como sucesor de Juan Pablo II y como hijo del pueblo alemán, como hijo del pueblo sobre el cual un grupo de criminales alcanzó el poder mediante promesas mentirosas, en nombre de perspectivas de grandeza, de recuperación del honor de la nación y de su importancia, con previsiones de bienestar, y también con la fuerza del terror y de la intimidación; así, usaron y abusaron de nuestro pueblo como instrumento de su frenesí de destrucción y dominio.

Sí, no podía por menos de venir aquí. El 7 de junio de 1979 yo me encontraba aquí, como arzobispo de Munich-Freising, entre los numerosos obispos que acompañaban al Papa, que lo escuchaban y oraban juntamente con él. En 1980 volví una vez más a este lugar de horror con una delegación de obispos alemanes, turbado a causa del mal y agradecido por el hecho de que sobre estas tinieblas había surgido la estrella de la reconciliación.

Esta es también la finalidad por la que me encuentro hoy aquí:  para implorar la gracia de la reconciliación; ante todo, a Dios, el único que puede abrir y purificar nuestro corazón; luego, a los hombres que aquí sufrieron; y, por último, la gracia de la reconciliación para todos los que, en este momento de nuestra historia, sufren de modo nuevo bajo el poder del odio y bajo la violencia fomentada por el odio.

¡Cuántas preguntas se nos imponen en este lugar! Siempre surge de nuevo la pregunta:  ¿Dónde estaba Dios en esos días? ¿Por qué permaneció callado? ¿Cómo pudo tolerar este exceso de destrucción, este triunfo del mal?

Nos vienen a la mente las palabras del salmo 44, la lamentación del Israel doliente:  «Tú nos arrojaste a un lugar de chacales y nos cubriste de tinieblas. (…) Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza. Despierta, Señor, ¿por qué duermes? Levántate, no nos rechaces más. ¿Por qué nos escondes tu rostro y olvidas nuestra desgracia y nuestra opresión?

Nuestro aliento se hunde en el polvo, nuestro vientre está pegado al suelo. Levántate a socorrernos, redímenos por tu misericordia» (Sal 44, 20. 23-27). Este grito de angustia que el Israel doliente eleva a Dios en tiempos de suma angustia es a la vez el grito de ayuda de todos los que a lo largo de la historia —ayer, hoy y mañana— han sufrido por amor a Dios, por amor a la verdad y al bien; y hay muchos también hoy».

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