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Sacerdotes entre los eritreos en los campos para refugiados

Vatican Insider - publicado el 16/07/16

En donde se encuentren, en los campos para refugiados del norte de Etiopía, en los centros de acogida en Roma, en Sicilia, o en las capitales europeas, los eritreos transmiten un sentido de dignidad. No parece que provienen de un país que está batiendo todos los récords negativos, situándose en el mundo como uno de los peores lugares en el que nacer y vivir. Las tendencias inicialmente autocráticas de su paranoico presidente y primer ministro Isaías Afewerki (que llegó al poder con el referéndum de para obtener la independencia de Etiopía de 1993) se han transformado en una dictadura, y siguen sembrando terror entre los poco más de 6 millones de habitantes. Eritrea es el 182º país de 187 en el Human Development Index; Eritrea es el país con menos libertad según el informe de 2015 del Committee to Protect Journalists (está incluso peor que Corea del Norte); Eritrea está de rodillas debido a políticas económicas absurdas y gastos en armas que han llegado a una cifra impresionante que representa el 20% del Producto Interno Bruto. 

El servicio militar, obligatorio para los hombres y para las mujeres de entre 18 y 50 años, es un espectro que acecha a toda la población.  

«Ustedes no pueden comprender qué significa el servicio militar aquí –explica Demsas, un chico de apenas 17 años que se encuentra en el campo para refugiados de Shimelba, en el extremo norte de Etiopía, a pocos kilómetros de Eritrea. Es algo que condiciona toda tu existencia. El salario es de hambre (unos 10 dólares al mes, ndr.), te vigilan siempre, no puedes trabajar en otra cosa, te obligan a hacer cosas horribles, pero, sobre todo, sabes que durará hasta el infinito. Y aunque acabara en cierto momento, sería demasiado tarde para construir un futuro». «Mientras más se va acercando la mayoría de edad –dice Robel, de 20 años y que vive desde hace 3 en Shimelba– más va creciendo el miedo. Pasé mis años más bellos pensando cómo evitar el servicio militar. Era como ir a la muerte. Y así, mis padres reunieron dinero y me escapé». 

Pero la foto más objetiva de la dramática situación que vive Eritrea es la que ofrece el informe que publicó la ONU en junio de 2015, al final de una larga investigación de más de un año y de la que se encargó una comisión especial. En este informe se habla de «sistemáticas y extendidas violaciones de los derechos humanos» y concluye que en el país «no rige ningún Estado de Derecho». La presidenta de la Comisión, Sheila B Keetharuth, declaró durante la presentación del informe: «Algunas de las violaciones pueden ser catalogadas como crímenes contra la humanidad». Más recientemente, en marzo de 2016 hablando sobre el aumento de los menores de edad que migran solos, subrayó que los niños «deciden cada vez más frecuentemente afrontar viajes dramáticos», habiendo experimentado desde la más tierna edad «todo tipo de violaciones de los derechos humanos». 

El corolario natural de una situación semejante es una hemorragia constante: según los últimos cálculos de las Naciones Unidas, más de 5000 personas abandonan el país, poniendo en riesgo la propia vida y las de sus familiares, con tal de buscar un futuro mejor en cualquier otra parte del planeta. 

El padre Hagos Hagdu, sacerdote católico etíope, visita una vez a la semana desde hace años y con otros religiosos los campos para refugiados de Shimelba y Mai-Aini, en la Etiopía septentrional, para llevar a cabo actividades pastorales y sociales. En Shiré, el primer centro urbano al volver de la frontera con Eritrea, nos dijo: «Es penoso ver este éxodo y sentirse impotentes. En los campos hay cada vez más niños, algunos tienen apenas 5 o 6 años. Se ven obligados a huir. Y luego, no crean que una vez superada la frontera (los militares eritreos tienen la orden de disparar contra los fugitivos y los etíopes tienen la orden de responder al fuego, ndr.) comienza la vida que tanto desean. Una parte de los migrantes prosigue el peligrosísimo viaje hacia Europa, otra parte es distribuida entre los campos para refugiados, en los que comienza un segundo “viaje” de espera, que puede revelarse mucho más peligroso y fatigoso que el primero». 

En los últimos dos años el número de migrantes que llegan a Etiopía a crecido exponencialmente, convirtiendo al país en uno de los que más migrantes reciben en el mundo. Las veinte estructuras que albergan a los más de 730 mil prófugos (principalmente eritreos, somalíes y sudaneses) se ocupan de acogerlos con muchas dificultades y con mucha lentitud. «Las condiciones de vida en los campos –explica el padre Hagos– son verdaderamente difíciles. A las cuestiones relacionadas con la subsistencia hay que añadir la incertidumbre y la espera. Hay personas, familias enteras, que esperan su reubicación desde hace 6 o 7 años. Me acuerdo de una mujer que, después de años de estar esperando, no fue reubicada porque en ese periodo estaba enferma (las buenas condiciones de salud son un requisito, ndr.). Quien no lo logra, viendo cancelada cualquier posibilidad de futuro, se quita la vida o trata de huir, corriendo tristísimos riesgos en los viajes hacia el Mediterráneo». 

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